Lunes, 17 Octubre 2016 00:00 Cartón Piedra

Letras

Fragmentos históricos de un discurso amoroso

Fragmentos históricos de un discurso amoroso
Marcelo Báez Meza, Escritor ecuatoriano

El perpetuo exiliado (Bogotá, Random House, 2016) de Raúl Vallejo Corral ganó la Bienal Internacional de Novela «Héctor Rojas Herazo» (edición 2015) convocada por la Unión de Escritores de Sucre y el Fondo mixto para la promoción de la Cultura y las Artes de Sucre. En su veredicto, el jurado (conformado por el poeta y dramaturgo José Ramón Mercado Romero, el escritor José Luis Garcés González y el novelista y periodista Hernán Estupiñán Mojica, Jefe de Noticias del canal RCN, de Colombia) destacó que «al premiar dicha obra se está galardonando la fuerza de su argumento y su extraordinaria investigación, toda vez que ella en sí es un tratado de literatura y geopolítica. La novela aborda un tema vigente en la literatura hispanoamericana —el de las dictaduras— y es una narración juiciosa y bien estructurada».

El perpetuo exiliado es José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador y derrocado cuatro veces. La novela usa el recurso de presentar cartas entre el estadista y su esposa Corina Parral, poeta y artista argentina, fallecida en Buenos Aires en 1979 cuando el bus al que intentaba subirse la arrolló. La narración empieza con este accidente y termina con el regreso de Velasco meses después de enviudar. Los tres exilios fundamentales del político son diseccionados por Raúl Vallejo: el primero, el del municipio colombiano de Sevilla, Valle del Cauca, entre 1935 y 1936, periodo en que se desempeñó como rector del colegio de varones del Sevilla, hoy Colegio General Santander; y los posteriores exilios en Buenos Aires y Santiago de Chile.

El artificio cervantino del manuscrito encontrado (al que después recurrirán Borges y Eco) es utilizado con la transcripción de los diarios del exilio de Corina Parral que son encontrados en el mercado de San Telmo en Buenos Aires, más unos manuscritos entregados por César Corral, abuelo del autor, y con el diario personal de la primera dama facilitado por el casero del departamento donde habitó la pareja presidencial.

El perpetuo exiliado es una novela de 440 páginas que se divide en siete capítulos. Cada episodio está interpolado por un interludio autobiográfico. La narración interpola cartas de amor entre Corina y José María y todos los entretelones de los cinco periodos presidenciales.

Este palimpsesto de géneros como el epistolar, el poético, el histórico y el novelesco es catalogado de la siguiente manera en uno de los interludios: «La novela, entretejido de manuscritos de orígenes diversos, es una historia que se enlaza con otra como los eslabones de una pulsera de incrustaciones con mensajes cifrados; una escritura sobre otra, amalgamada como los metales en joyas de bisutería; un texto que se difumina en otro texto, fundidos ambos como los colores de la tierra en el horizonte del mediodía». Esta reflexión calza perfectamente dentro de toda la bibliografía de Vallejo, muy acostumbrado a insertar un arte poética en cada una de las obras que presenta.

Son seis los breves interludios, interpolados entre capítulo y capítulo, que a la manera de una Bildungsroman narran la formación política de un Yo que desde niño presencia una serie de hechos impactantes que habrán de marcarlo. En estos microcapítulos, que son como el making of de la novela que estamos leyendo, se habla del abuelo del narrador, gobernador de Manabí, y del hallazgo de unos manuscritos que obligan en algún momento a decir a la voz narrativa: «Otra vez el artificio del manuscrito encontrado y la retórica de los autores ficticios».

Como se puede apreciar, estamos ante un texto que inteligentemente presenta sus propias coartadas. Un narrador que reflexiona sobre el arte de la novela y que al mismo tiempo es un saqueador de la Historia. Dentro de esta tónica, el subtítulo de «novela collage» nos retrotrae al concepto cubista de «técnica pictórica que consiste en pegar sobre una tela, papel u otra superficie otros materiales, como papel, tela, fotografías, etc.». Esta técnica, aplicada al arte de la novela, se traduce en el uso de cartas, entrevistas, ensayos académicos, diarios, informes, misivas, recortes de prensa. De esta manera, Vallejo ve a la novela como el lienzo que se debe llenar con cuarenta años de historia del Ecuador. En este sentido resulta elucidante leer las apostillas tituladas «Materiales usados en esta novela collage», en las que el autor paga sus deudas consignando los títulos de algunas novelas sobre dictadores, y tantos otros libros, que le sirvieron en su investigación literaria. Lo más importante, como ya dijo el autor la noche del lanzamiento de la reciente FIL de Guayaquil, es que «los materiales utilizados para el collage novelístico también son textos que pertenecen al estatus de la ficción, es decir, son escritura del propio autor».

En otro de los interludios, la voz narrativa plantea que los escritores son saqueadores de literatura. El personaje Velasco Ibarra va más allá cuando en una de sus cartas dice lo siguiente:

Pero los que se llaman a sí mismos “intelectuales” de mi país son un fiasco. Ellos imaginan que la humanidad entera está a la espera de lo que opinen sobre esto o sobre aquello. Nuestros intelectuales creen, vanitas vanitatis et omnia vanitas, que la gente se siente satisfecha con ser espectadores de las ideas supuestamente brillantes de las que ellos hacen gala, pues se llenan la boca de citas de libros que no han digerido en su cerebro. Repiten ideas de otros y las erigen en verdades bíblicas, nombran a ciertos autores como si fueran dioses y han formado una mancomunidad que logra que sus miembros se citen y se aplaudan entre sí.

La ironía está clara pues El perpetuo exiliado está lleno de citas de esos dioses que forman parte del acervo literario como Jorge Luis Borges que se cita con Velasco Ibarra en la cafetería Richmond de Buenos Aires. Este encuentro habla de la habilidad del novelista para interpolar frases tomadas de entrevistas y discursos públicos de ambos personajes históricos.

El perpetuo exiliado es también una novela que pone en el reflector a la mujer que acompaña al político. Aparte de su poesía (la obra lírica completa fue publicada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1969), el autor tuvo acceso a cartas de la exprimera dama para construir su discurso de manera verosímil. Para un escritor que realizó en Acoso textual (1999) la construcción de una suerte de habla andrógina, este nuevo desafío narrativo significó una empresa de mayor envergadura: poner a dialogar lo femenino con lo masculino.

Dentro de este diálogo destaca el detalle minucioso del rol de la mujer en la dinámica del poder. Sobre esto, Corina Parral dice en una de sus cartas lo siguiente:

La mujer de un político debe ser el sostén oculto de la acción de dicho político. Sin protagonismo en el escenario, ella debe de estar tras el telón, en silencio, pero atenta a todos los movimientos de la tramoya para que su marido se luzca bajo los reflectores. Apenas si habrá de salir para agradecer los aplausos de la sala. De igual manera, ella debe de estar en guardia para que, ante cualquier fracaso, ordene que caiga el telón para evitar un daño mayor a su hombre y que cuando él esté de rodillas en el escenario, derrotado, huérfano, la sienta protectora como el manto de una madre, incondicional como el beso de una amante. Yo consagraré mi vida a ese lugar invisible en el teatro de la vida para que tú puedas cumplir aquello que ha dispuesto para ti nuestro Señor.

Las epístolas que intercambian José María y Corina, en el teatro del amor, cumplen con la figura de El ausente que tan bien describió Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso: «Todo episodio de lenguaje que pone en escena la ausencia del objeto amado y tiende a transformar esta ausencia en prueba de abandono». El semiólogo francés apunta que históricamente la ausencia es una puesta en escena realizada siempre desde el punto de vista de la mujer. El perpetuo exiliado no opera en este sentido pues permite el intercambio discursivo fluido e incesante, generando una ficción epistolar que ocupa tanto el discurso del «ausentado» como el de la «ausentada». La doble vía de la comunicación epistolar es la base de la construcción novelística. La misiva, como la plantea Barthes en su clásico diccionario de retórica amatoria, es «la figura que enfoca la dialéctica particular de la carta de amor, a la vez vacía (codificada) y expresiva (cargada de ganas de significar el deseo)». Este deseo comienza a generar sus ganas de significación desde el capítulo 2, titulado ‘El vacío íntimo de mi espíritu solo lo llenas tú’, en el que empiezan a aparecer las largas cartas que intercambian los protagonistas.

Velasco Ibarra es uno de los personajes que ha generado más libros biográficos, estudios sociológicos y ensayos políticos publicados tanto dentro como fuera del Ecuador. Hacía falta un texto que desde la literatura lo deconstruyera y reconstruyera. Solo había un antecedente, el de El pueblo soy yo (1976), de Pedro Jorge Vera, una novela en clave esperpéntica, dice la voz narrativa, escrita desde una posición antivelasquista.

En El perpetuo exiliado se ofrece un retrato completo y humano que se va en contra de la hagiografía del estadista y que se inscribe dentro de la tradición de las novelas sobre el dictador que ha dado América Latina, develando la estatua completa del político populista que incorporó al discurso cotidiano los conceptos de pueblo y oligarquía.

Vallejo se erige como un historiador literario que parece haber encontrado la combinación del candado de esa «inteligencia alborotada», como le llamaba el historiador Federico González Suárez a Velasco Ibarra. La meticulosa investigación resulta tan eficiente que permite romper mitos y leyendas sobre el político que dijo «Dadme un balcón en cada pueblo y seré presidente». En el prefacio que García Márquez escribió para el libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles (1976) del dibujante guatemalteco Arnoldo Ramírez Amaya, hay una frase que bien se le puede endosar a Raúl Vallejo: «Con esta obra nos ha hecho el inmenso favor de ponernos en guardia contra el olvido».

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