Lunes, 10 Octubre 2016 00:00 Cartón Piedra

Narrativa

Del silencio y sus alrededores

Del silencio y sus alrededores
Sandra Araya Morales. Escritora

Figúrese una ciudad que olvida todo, como si tuviera fallos en la memoria,
o como si fuera un viejo que recuerda a intervalos su pasado.
¿Qué se puede esperar entonces de ella?

 

Pues qué más: silencio. Aquel silencio tan potente que prefigura algo a su alrededor. Y es del olvido, de la imposibilidad de decir, que nace el discurso, el texto, tejido en los intersticios donde se produce la conjetura, la adivinación, imágenes palpadas en la oscuridad. Es decir, es necesario que haya silencio para que se escuche todo lo imaginable, la materia de la creación, para vislumbrar lo que se pierde entre el ruido.

Esta es la propuesta de Hoteles del silencio (Pre-textos, 2016), la última novela de Javier Vásconez, que retoma la historia de Jorge, protagonista de La piel del miedo, un joven quiteño que sufre ataques de epilepsia desde pequeño, aterrorizado por los conflictos que caen sobre su familia. Pero ese miedo que Jorge conserva consigo, lejos de hacerlo vulnerable, a la larga le ha servido para presuponer situaciones, para estar ‘listo’ cuando algún peligro se acerque; o por lo menos, para cuestionarse, una y otra vez, en qué mundo vive y por qué a veces le toca encontrarse con ciertos personajes.

A la vida de Jorge llega Loreta, una joven que desde pequeña vivió en Madrid, hija de una migrante que trató de inculcarle a su hija el hábito de la invisibilidad. Durante los días y las noches, Jorge le pide a Loreta que le cuente sobre Madrid, sobre su relación con Tito, el amante de ella allá, y el padre del hijo que espera. Pero los relatos de Loreta, con toda la subjetividad posible, omiten detalles, llegan a cierto límite que Jorge no puede traspasar con su imaginación, acicateada por sus celos, y entonces el silencio con que Loreta se defiende se convierte en un monstruo para Jorge. ¿Qué puede decir de su ciudad uno de sus habitantes condenado a la invisibilidad y perdido entre muchos otros migrantes anónimos?

Al tiempo que esta relación transcurre en una casa que casi se cae a pedazos, en la ciudad donde la lluvia cae imperturbable empiezan a desaparecer niños cuyos cadáveres son encontrados sin ojos. Un silencio pesa sobre la ciudad: hay rumores, temor, pero nada cierto, solo la imagen, borrosa, quizá conjetural, de que los culpables visten abrigos negros y gorras de béisbol. Alrededor de este conocimiento impreciso es que se va tejiendo el texto de la novela, la figura de una ciudad presa del pánico y la angustia, de habitantes que miran con desconfianza hacia todos lados. ¿Qué más les queda sino la duda?

Queda también la conjetura, la de Jorge, quien teme, intuye, tantea, poco a poco, la ciudad de Madrid, husmeándola un poco en Quito, en esos relatos incompletos de Loreta, y también trata de pescar información sobre las desapariciones de los niños, datos que se escapan entre la gente a saltos, como los misteriosos hombres que secuestran a los pequeños. Y esa porción del discurso es la que nos llega a los lectores: suposiciones, el embrujo del mundo de Jorge, deslumbrante gracias a su temor: «Pero ¿qué podía hacer yo si sólo soy el que cuenta la historia?» (Vásconez, 2016).

El resto, más allá de las conjeturas, es silencio.

Y lo es todo, a su vez.

El universo contenido en el capítulo 13

Hace años, Vásconez anduvo divagando sobre cómo incluir a sus personajes, a todos, en una obra que mostrase, de forma gráfica, cómo transitaban estos por la ciudad —imaginada o sobredimensionada, un Quito mítico—, y cómo sus rostros formaban ya parte indefectible del paisaje de esta urbe andina, a los pies de un volcán. Había pensado Vásconez, en ese entonces, en un mapa interactivo de la ciudad donde sus personajes pudieran moverse y los usuarios o espectadores pudieran desplegar parte de su historia. Pero el proyecto era muy costoso, poco viable. Entonces, seguramente el autor ideó esta nueva forma en la que, así de frente, se muestran al lector todos los personajes del universo vasconiano, gracias a un álbum de familia, porque después de todo, esos seres de tinta —o de sombra, como los muertos en esta novela— seguramente serán más cercanos para algunos que sus propios parientes.

Jorge llega al departamento de Félix Gutiérrez, fotógrafo, y uno de los ya conocidos personajes de Vásconez. Gutiérrez conserva los retratos que ha hecho de los personajes ilustres de la ciudad, algunos macabros, es cierto, como Roldán, el asesino en muletas que le disparó a un jockey en plena carrera; un expresidente que fingía leer entre montones de libros; un poeta de mirada perdida por la morfina; un crítico y un político, este último de los personajes más siniestros que puedan salir de la imaginación, o de la realidad, porque como Vásconez dice siempre, esta es más delirante que la ficción.

Y en esa línea más que frágil que divide a la realidad de la ficción, Jorge, de visita, indagando sobre los hombres que raptan niños —al parecer Gutiérrez logró captar a una de esas aves urbanas de rapiña—, contempla el retrato del escritor J. Vásconez, autor personificado en un acto de desdoblamiento y reflexión sobre el silencio y sobre su obra:

Debido al lugar donde estaba sentado, no resultaba fácil distinguir con claridad los rasgos de J. Vásconez. Me dio la impresión de que algo había cambiado en él. Lo miré detenidamente, buscando algún indicio que me ayudara a revelar lo más recóndito del escritor, algo que me permitiera vincularlo con la ciudad y la silueta del hombre casi invisible que corría por las calles con un niño en brazos. Como en la mayoría de aquellos retratos, algo había colapsado, algo había sido sustituido en el rostro taciturno de J. Vásconez. Quizás tenía que ver con el paso del tiempo y con la violencia padecida por los habitantes de la ciudad y su forma peculiar de ir destruyéndolos. O quizá podía ser interpretado como una actitud de impotencia ante la muerte (Vásconez, 2016).

Hay en este capítulo, sobre todo en este párrafo, una reflexión sobre la imposibilidad del discurso, sobre lo efímero del arte, de la vida, en general, pues todo, al final, quedará reducido a sonidos, a furia. Y luego de eso, el silencio solamente, el que antecede a las tormentas, el único rezago que queda de las tragedias consumadas.

Quito es, entonces, el escenario perfecto, real o ficticio —ficcionado—, para desarrollar una tragedia.

Todo padre debe morir

En algún momento, queremos creer que Loreta es mala, que está utilizando a Jorge hasta que encuentre a Tito, el hombre que realmente ama y que es el padre de su hijo. Pero la verdad es que Loreta necesita a Jorge, porque más allá de su búsqueda, él la hace visible gracias a su deseo. Jorge la descubre en cada gesto, la mira bailar, escucha sus palabras, la toca, pero aun así no logra poseerla sino cuando ella habla, aunque sea para contarle sobre las caricias de otro hombre.

Cuando Jorge indaga por la vida de Loreta con Tito, si bien esto inflama sus celos, también logra así poseerla de alguna forma, y también poseer a ese niño que se mueve dentro de ella. ¿Quiere Jorge ser padre? Quizá no lo sepa a ciencia cierta, como no lo sabe ningún hombre que espera un hijo, pero sí se preocupa por la madre, la mantiene cómoda, sabe que algo crece dentro de ella y entiende que esa relación es un conflicto para Loreta, que está atada aún a Tito. Por el recuerdo, por el hijo, por la ausencia de este.

Pero Loreta comienza a dejarlo ir, después de todo, como si luego de que este huyera de un parque, descalzo e indocumentado, no hubiese vuelto a aparecer. Es Jorge quien no permite que la figura de Tito se desvanezca, que se quede en los umbrales como un fantasma que fisgonea su intimidad, una relación hurtada a su verdadero dueño. Para Jorge, dejar ir a Tito es casi tan difícil como soltar la imagen de su padre, el hombre que vive como un indigente en un molino abandonado, junto al río. Un hombre que ya no es un hombre, sino el compañero ideal de los insectos y los marginados.

Jorge camina con pesar cada semana hacia donde su padre, porque se siente responsable por él y por parte de su historia, el heroísmo de este cuando comió excremento por un artículo contra el presidente, cuando huyó, perseguido por los esbirros del poder. Un día incluso le dice a Loreta que va a jubilarse de ese trabajo, el de ser responsable de un hombre que siempre vivirá en su memoria como un monstruo.

¿Deseaba Jorge la muerte de su padre o tenía la esperanza puesta en un acto de rebeldía/valentía que lo liberara de todo su pasado? Para su suerte, hasta los mitos se derrumban y el padre le confiesa que su desaparición, más allá de la persecución política, se debió en realidad a que se había largado con otra mujer a París. Y desde allí, el padre le enviaba a la madre, cruel, postales, mostrando su felicidad. Es entonces, en medio de este acto de desnudarse, que Jorge encuentra la paz: qué mito ni qué ocho cuartos, su padre no había sido un periodista perseguido, sino un vulgar hombre que dejó a su esposa e hijos por una amante. Y que luego se quedó sin pan ni pedazo. Un hombre que huyó. Como Tito. Hombres que corren y que no se quedaron a afrontar las sombras. Que se merecen el silencio.

Cuando el padre de Jorge desaparece de la escena, este puede por fin tomar de cierta forma las riendas de su vida, incluso se somete a la posibilidad de que Loreta lo deje: las cosas sucederán cuando deban suceder, el niño debe nacer, y Tito, perdido quién sabe dónde, debe dejar de ser un espectro. Como su padre. Ya el mundo en el que viven es demasiado tortuoso como para invocar a espectros del pasado.

De hecho, el mundo en el que habita Jorge, y él lo sabe mejor que nadie, es un territorio de sombras, de imprecisiones, un paraje que perfectamente podría ser el escenario de una novela, así como ellos podrían no ser sino solo personajes. Entonces, todos son espectros, fantasmas en una ciudad que parece ser un asentamiento clandestino a las faldas de un volcán, una ciudad que se reinventa a sí misma y que a su vez, olvida a cada momento.

El resto —la literatura, el miedo, la imagen reflejada de la urbe, el frío, la conjetura— no es más que silencio.

El resto es silencio.

Y lo es todo, en realidad.

ENLACE CORTO
Lectura estimada:
Contiene: palabras
Modificado por última vez:
Lunes, 10 Octubre 2016 01:00

Twitter

Google Adsense