Lunes, 10 Octubre 2016 00:00 Cartón Piedra

Enfoque

Carretera al sol

Carretera al sol
Daniela Alcívar Bellolio. Escritora y crítica literaria

Habían transitado por un par de calles ya. Perfectamente podrían haber creído que aquel pueblo estaba desierto. En algún momento, aquellas casas habían ostentado colores brillantes, pero el sostenido sol las había decolorado; las paredes parecían mil veces lavadas por el tiempo y el polvo. No habían visto a ser humano alguno asomarse a las ventanas, entrar o salir de ninguna edificación. Encontraron aspersores encendidos en un par de casas. «A deshoras», hizo notar la Sra. Lehman […]

Sandra Araya, La familia del Dr. Lehman

El terror en la superficie soleada de un pueblo genérico: el efecto de crispación de La familia del Dr. Lehman no se produce mejor en las escenas genésicas o apocalípticas (en este libro no existe diferencia entre inicio y final, porque esa lógica está cuestionada y abolida: ese es, de hecho, el tema del libro, el horror que puede encerrar la ausencia de la muerte, la utopía del tiempo inagotable), escenas que son nocturnas y lluviosas, sino en la tranquilidad anónima de un pueblo sin nombre que se repite sin fin, en la línea recta de una carretera polvorienta sobre la que cae una luz que no se agota.

El paisaje es sencillo: rocas inmensas que forman montañas a los lados de una carretera que no termina, que se pierde en el horizonte brumoso de un mediodía y un verano eternos, las calles tranquilas de un pueblo de casas bajas y jardines resecos que se tuestan al sol en una ambigua desolación que esconde presencias evanescentes. En ese panorama del que la sombra parece haber sido desterrada, nace y crece una extrañeza difícil de asir, como si las ausencias que pueblan esos territorios soleados estuvieran todo el tiempo a punto de aparecer y trastornar su calma engañosa.

El derrocamiento de la linealidad del tiempo se piensa en esta novela según otra abolición: la de la organicidad del espacio, y según la indiferenciación del lenguaje. Araya acude a una lengua imprecisa, extraña por lo neutra, que se mimetiza con el tiempo que se repite (que nunca acabará) y con el espacio interminable; es notable el modo como pone en acto un efecto de eternidad en la extensión acotada de unas pocas páginas, como si, con el recurso de la repetición y de la luz absurda de tan constante fuera posible volver a pensar la forma del infierno.

El sol, la luz, la calma y la eternidad están despojados de sus tradicionales connotaciones positivas; muestran poco a poco, en su quietud pasmosa, como el efecto de observar algo hasta la extenuación, leves indicios de lo que oculta su propio rostro en apariencia prístino. Muestra lo que bulle, caótico, del otro lado de un día soleado en el que el viento agita el polvo. Muestra lo que ocurre con las enormes rocas que forman las montañas cuando son reducidas a arena por millones de años de viento y destrucción —el objeto de estudio de la geología: otro rostro impersonal del tiempo inagotable, cuando entran en forma de polvo a las casas y a los cuerpos hacen presente un fragmento de eternidad, la muestra de que, como repite el personaje hija/esposa del Dr. Lehman: «quizá no haya nada más que esto»—. Eso que a Borges no le convencía de la teología con respecto a la eternidad del infierno (le parecía demasiado difícil de imaginar como para que pudiera ser cierto) en esta novela se hace textura y material de un horror modesto aunque penetrante: una exploración en el género que se aplica a dibujar —tarea ardua en la época de la mediatización de todos los horrores— otra imagen del miedo.

Notas

Sandra Araya (Quito, 1980). Ha publicado las novelas Orange (2014), Quito: Antropófago y La familia del Dr. Lehman (2015), Quito: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el libro y la lectura.

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Lunes, 10 Octubre 2016 01:02

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