Andrango lleva 50 años en el oficio

"Soy peluquero de navaja y brocha; es mi opción de vida"

| 17 de Diciembre de 2016 - 00:00
El peluquero aprendió el oficio de su hermano; luego fue operario en varios locales del centro histórico. Atiende a hombres y mujeres.
FOTO: Foto: Daniel Molineros / El Telégrafo

En la Loma Grande se encuentra la Peluquería Americana. Roberto heredó la profesión de su hermano.

Un póster de Justin Bieber compite con uno de Jean-Claude Van Damme en una pared verde fosforescente. Estas peculiares imágenes —que fueron recortadas de periódicos y revistas— opacan a un pequeño cartel con letras multicolores, el cual, al igual que un rito, reza: “Aquí se atienden peinados y cortes ejecutivos. Estilo propio”.

Roberto Julio Andrango, de 66 años, toma una taza de café bien cargado. En el suelo, en donde colocó una lámina de plástico que simula a un piso de madera, hay restos de cabello negro. Respira antes de empezar con las tareas de limpieza. Toma sorbos de la bebida que ya no humea. En una columna de revistas apiladas reposa un pedazo de pan, envuelto en una servilleta. Andrango es, desde hace 32 años, el peluquero de la Loma Grande, barrio que se encuentra en el centro histórico, justo en la entrada al arco de Santo Domingo.

Es jueves al mediodía. Afuera, la calle Rocafuerte está abarrotada de ventas ambulantes de alverja, tomate, mote, habas... Sus vendedores —sentados en el piso— ocupan las angostas aceras. Hay que transitar por el lugar esquivándoles en zig zag. Se escucha el pito de los autos, los frenos a raya de las motos y el estruendo de los buses que mueven los vitrales. El sol pega con fuerza. Afuera hay bulla, pero, adentro, en la Peluquería Americana, hay silencio. La televisión a blanco y negro, marca Royal, está apagada. Al igual que la grabadora plateada Jwin.

Andrango silba, a ratos, pero lo hace cuando está dando forma a una cabeza con su tijera y navaja. Usa estas herramientas, al igual, que la brocha con loción —a base de jabón de tocador y agua calientita— para rasurar. Los adultos mayores son quienes más gustan de la técnica del rasurado con espuma, talco y navaja. Son ellos, también, quienes prefieren dejarse las patillas largas.

Mientras que los jóvenes optan por los peinados de moda. “Rasurado a las esquinas y los cabellos parados adelante”, cuenta.

Esa es la razón para tener varios recortes de periódicos y afiches pegados en la pared. Hay chicos con corte militar, punk, teñidos de colores el cabello. “El cliente escoge cuál quiere”.

Afeitado a $ 3,50 es la promoción del día. Afila la navaja con una piedra. “Soy peluquero de navaja y brocha; es mi opción de vida”, cuenta, a pesar de que confiesa que ninguno de sus hijos heredó el oficio.

Siempre a la moda

De un pequeño cuarto, que está separado por una cortina verde, saca una escoba y una pala. Él y sus 5 hermanos quedaron huérfanos cuando eran muy pequeños y por ello su hermano mayor —quien se quedó a cargo— le enseñó el oficio cuando tenía 15 años.

“A esa edad ya era buen peluquero, no porque lo diga yo, sino mis clientes”, afirma con la seguridad de 50 años en el oficio.

Su primera peluquería la montó en Chimbacalle, en el sur de Quito, pero le pidieron el local y optó por trabajar en las mejores peluquerías del centro. “Allí obtuve experiencia”. Luego decidió independizarse y montar su propio negocio en la Loma Grande.

Compró el local ya montado, con las grandes sillas móviles de metal, luces de neón y más de 5 espejos. “Mis clientes son exigentes y al final de cada corte les encanta verse”, justifica sobre la decoración.

A Andrango le gustar estar bien peinado. Cree que su imagen personal es la principal carta de presentación que tiene. Por ello, de vez en cuando, se queda mirando en el espejo, arregla su camisa, ajusta de nuevo su corbata.

Se queda más de 5 minutos frente al espejo. Frota con sus manos su cara. Se detiene en las arrugas. Al azar escoge una de las tres peinillas del bolsillo de su mandil celeste, que mandó a elaborar a su talla. Arremanga los puños y deja ver una gruesa pulsera de oro, que hace juego con el anillo de ese mismo material que tiene en el dedo índice.

Sillas de cuerina roja se extienden a lo largo del local, que no mide más de unos 10 metros de largo por 6 de ancho. En una esquina hay un viejo sofá, que deja ver los resortes y la espuma. La peluquería de Andrango se quedó en el Quito de centavos y sucres.

En un anaquel se colocaron varias revistas, entre ellas, Kalimán, que relata la historia del superhéroe y el pequeño Solín; algo así como Batman y Robin de esta época. “Alquilo y vendo revistas”, dice en un letrero. Confiesa que ya muy pocas personas las leen. Son sus recuerdos. “Antes solo se compraban y alquilaban las revistas por centavos; hace 30 años, costaban 3 sucres”. También alquila llamadas a $ 0,50 los 2 minutos.

’El Cantinflas’ ecuatoriano

La mayoría de sus clientes viven en la Loma Grande. En su peluquería se cortan el cabello los presidentes de barrio, así como las personas más antiguas del lugar. También ha arreglado el cabello de celebridades, entre ellas el ‘Cantinflas’ ecuatoriano, así como de artistas como Braulio Hito y los músicos de Don Medardo y sus players. “Tengo lo que el cliente pide”, dice.

Un corte de cabello cuesta $ 3. También atiende a los estudiantes del colegio Fernández Madrid. “Los chicos siempre prefieren los cortes de moda, me traen las fotos y les diseño igualitos; tengo técnica, no crea, a mí siempre me toca estar perfeccionándome”.

Sin embargo, Andrango no puede cortarse su propio cabello. Su hermano le ayuda. No se imagina en otra profesión que no sea la peluquería; quiere terminar su vida trabajando. Llega un cliente y se transforma. Mueve incesantemente las manos, crea, sueña. (I)