El personaje

El betunero que quiso ser profesor

| 30 de Septiembre de 2017 - 00:00

Fausto Borga. Lustrabotas

Frente a Carondelet, en la Plaza Grande, Fausto Borja, un betunero corpulento y de tez morena, de 37 años, revisa la prensa; se detiene en la crónica roja. Le llama la atención el asesinato de una mujer en manos de su pareja. Femicidio. Vuelve a doblar el periódico. Aún no llegan los clientes. Son casi las 08:00 y el viento de la mañana está a punto de arrancarle el sombrero que lo protege del sol.

A su puesto de lustrabotas llegan primero los jubilados, después los concejales, los turistas, los funcionarios de la Presidencia, los sacerdotes con sus túnicas que rozan el suelo y los estudiantes de los colegios cercanos.

Si la universidad donde estudiaba no hubiera cerrado, su vida sería ahora menos sacrificada.

Cada día se levanta a las 05:00 para preparar los implementos a utilizar en su tarea de lustrabotas. Su tarea es sacrificada, pero es la única manera de ganarse la vida, sobre todo porque debe mantener a sus dos hijos y también a su esposa que, por el momento, está sin trabajo.  

Quería ser profesor y cursaba el segundo año de sus estudios en la Universidad Tecnológica América, uno de los centros que cerró tras un decreto presidencial.

Su universidad, como otras 20, no pasó las valoraciones realizadas por el Consejo de Evaluación, Acreditación y Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior.

El día en que cerraron las puertas de la institución, renunció a ser maestro de lenguaje y, por necesidad, se convirtió en betunero.

De la frustración pasó a la resignación. “Si no pude ser profesor, por algo será”. Desde su puesto de lustrabotas, dice él, tiene una vista privilegiada de la Plaza Grande: presencia el cambio de guardia, observa a los jubilados, disfruta de las ocurrencias de los borrachos y se indigna con los transeúntes que arrojan basura en las calles, lo que daña la imagen del Centro Histórico. (I)