Sábado, 19 Noviembre 2016 00:00 Regional Sur

Aún quedan en cuenca 3 personas que se dedican a cuidar y ‘dar vida’ a estas piezas de paja toquilla

Hábiles manos tejen y cuidan los sombreros

Patricio Albarracín trabaja 19 años arreglando sombreros de paja toquilla junto a su padre.
Patricio Albarracín trabaja 19 años arreglando sombreros de paja toquilla junto a su padre. Foto: Fernando Machado / El Telégrafo

Los habitantes de la provincia del Azuay no dejan de tejer, el oficio es una fuente de empleo y un aporte económico para el hogar, aunque las artesanas piensan que su oficio no es bien valorado.

Rodrigo Matute Torres

Cuenca.-

María Loja nació en su querida parroquia San Bartolo, en la provincia del Azuay hace 42 años, desde los 8 comenzó a tejer el sombrero de paja toquilla.

Su vida pasó entre el hogar, el jugar y utilizar la paja. Sus abuelos y padre se dedicaron toda la vida a este negocio. “Esa ha sido mi fuente de trabajo”, indica la mujer, que orgullosamente dice que esta labor le permite solventar los estudios de su hijo, Luis, que está siguiendo la carrera de Derecho.

Recuerda que sus padres se levantaban a las 4:00, en la madrugada, para tejer los sombreros, pues tenían entregas que atender en Cuenca y se hacía difícil su traslado hasta la ciudad, pues allá en los años setenta casi no había transporte desde San Bartolo, por eso muchas las veces preferían ir al cantón Sigsig que está más cerca que la gran ciudad.

Su padre, Ángel María Loja, trabajaba todos los días, como lo hace ella, tejía no menos de 6 sombreros a la semana, pero el precio no recompensaba su esfuerzo. “En ese entonces se vendía en 30 reales un sombrero, siempre fuimos mal pagados”, recuerda.

“Nuestro trabajo es muy difícil”, señala la mujer que, mientras conversa, deja ver la habilidad en sus manos, son tan ágiles que saben perfectamente cómo tiene que ir cada hebra de paja.

“Mi hijo es el único que ha heredado, ahora que estudia a distancia tiene tiempo y se dedica al sombrero para sus propias golosinas”, señala, mientras recuerda cómo su padre se esforzaba para venderlos. “Él iba de almacén en almacén, siempre querían que les den a precios bajos, sobre todo los sombreros finos, que son los más costosos y los que más esfuerzo nos toman”, señala.

La mujer indica que este trabajo, por ahora no le ha traído molestias en su salud, como dolores de los riñones por estar sentada todo el tiempo, aunque explica que no le gusta trabajar en paja negra, “porque es un peligro para la vista”.

A un lado está Ana Román, recién comenzó a tejer un nuevo sombrero. Ella lleva 10 años en este trabajo, aprendió el oficio en la Casa del Sombrero, donde se dieron unos talleres y le pareció “muy bueno” como una fuente de empleo. “Hago unos 3 a la semana y con eso me ayudo en la casa”, dice.

Ella tiene sombreros de exhibición para cuando lleguen los extranjeros que son quienes más adquieren los productos. “Hay de 2 precios: unos de $ 25 y otros de $ 50, depende”, indica la mujer. Los más caros son los sombreros más finos o de una sola hebra.

“Estos sombreros (finos) son muy delicados, pero son hermosos”, señala e indica que la confección de uno de ellos le toma un día entero, “pero descansando, descansado” será unos 2 días”.

Con el dinero que obtiene por la venta de sus artesanías, la mujer ha podido atender su hogar, pero señala que aún no está bien valorado el trabajo, porque las grandes empresas luego de comprar lo que ellas producen, venden sobre los $ 60, lo que, según ella, es un perjuicio por el trabajo y el esfuerzo que realizan.

Toda esta labor comienza con la compra de la materia prima. Todos los jueves y domingos desde las 6:00 ya están instalados los vendedores de paja toquilla en los alrededores del mercado 9 de Octubre de Cuenca.

Rosa Quilambaqui trabaja en este negocio desde hace 16 años. Cada semana llega con la paja, pues ya tiene sus clientes fijos. “A mí me entregan desde Manglaralto”, manifiesta la mujer, mientras está pendiente de que los miembros de la Guardia Ciudadana no le decomisen la materia prima, ya que ella —como muchos otros— no tiene permiso para trabajar en este sitio, “pero sí queremos que nos den un lugar”, señala agregando que la venta de la paja toquilla ha disminuido, pues cree que la confección del sombrero no está valorada.

En la Casa del Sombrero de Cuenca, se dictan talleres contínuos y allí acuden muchas personas para aprender este oficio, que luego se transforma en un sustento. Foto: Fernando Machado/ El Telégrafo

Los sombreros, aún tienen quien les cuide

En la calle La Condamine, en el sector El Vado, quedan solo 3 personas que arreglan sombreros de paja toquilla, los demás han desaparecido, han viajado o han muerto. Patricio Albarracín señala que antes arreglaba un promedio de 50 sombreros de paja toquilla, pero ahora llega apenas 12 por semana, “sí nos preocupa la situación porque es el único oficio que tenemos”, indica. Él se encarga de dar mantenimiento o cuidado a los sombreros. “Aquí les dejamos como nuevos”, señala el artesano. (I)

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