“Maldita gripe” cambia hábitos en Argentina
El Ministerio de Salud, que reconoce 100.000 casos por la influenza y 70 muertes, decretó feriado sanitario para mañana.
BUENOS AIRES/ARGENTINA
La moda ha cambiado en Buenos Aires. Palermo Soho, el barrio donde los diseñadores de ropa expresan su arte en las calles, trasluce una preocupación que ha envuelto la vida cotidiana de la ciudad. En el 1415 de la calle Serrano, una vidriera sirve de protesta por el cambio de hábitos derivado de la pandemia de la influenza. Dos maniquíes amordazados con barbijos llevan una inscripción que condensa el sentimiento colectivo: “Maldita gripe”.
La mirada petrificada de esos muñecos no difiere mucho de la que se encuentra en los ojos de los asustadizos habitantes de esta megápolis de tres millones de almas. La vertiginosa expansión de la Gripe A/H1N1 ha trastocado el paisaje urbano. Según el Ministerio de Salud, la influenza ha provocado en Argentina 100.000 contagios y más de 70 muertes, con lo que se convierte en el tercer país con más víctimas mortales (Estados Unidos,170 y México,119).
El Telégrafo se sumergió en la ciudad y registró cómo los porteños han reaccionado ante la proliferación del virus, qué medidas de prevención han tomado y por qué los sociólogos han dicho que el comportamiento de la ciudadanía ante la epidemia es el ideal de un régimen totalitario. Los porteños pasan los días recluidos en sus casas, sin reunirse con amigos, sin concurrir a eventos sociales, como bajo un toque de queda. El mate, esa infusión criolla que es un gesto de amistad argentina, ha sido desaconsejado. El Ministerio de Salud decretó feriado sanitario para mañana. Las iglesias no celebran cultos. Los edificios escolares, universitarios y judiciales han sido cerrados. No se puede ir al teatro. El Congreso no sesiona. Los médicos recomiendan no hojear diarios o libros y evitar manipular dinero, porque el virus vive hasta diez horas en el papel. Dar la mano o un beso al saludar es un lujo que podría costar caro. La mayoría obedece.
Los epidemiólogos, intempestivos rectores de la vida social, también señalaron que el transporte público es uno de los vectores de la pandemia, por la concentración de personas. Recomendaron que allí deben extremarse los recaudos. El Telégrafo abordó la línea roja (B) del subterráneo porteño, una de las cinco que trasladan diariamente 1’400.000 pasajeros. El viaje se extendió desde la estación Ángel Gallardo, en el comercial barrio de Villa Crespo, lindero con Palermo, hasta la estación Florida, en el corazón financiero de Buenos Aires, donde la velocidad de circulación del dinero tiene ahora competencia.
Aquí, a unos diez metros bajo tierra, los túneles del metro parecen un enorme hospital móvil. El aire está impregnado de un olor acre. Miles de personas se refriegan las manos en forma frenética con alcohol y se cubren el rostro con paños blancos, en medio de un hastío general. Los médicos han dicho que los barbijos no son necesarios para las personas sanas, pero funcionan como un placebo en momentos de incertidumbre e inseguridad, como el voto a un político conservador.
“Cualquiera puede tener el virus, incluso uno mismo”, explica a este diario un pasajero que lleva uno de esos barbijos que utilizan los obreros que pintan con aerosol. A su lado, una joven rubia extrema las medidas y se cubre con una bufanda roja la nariz y la boca, aunque su método no tiene ninguna eficacia probada.
El subte es un tren fantasma. Una tras otra se suceden las estaciones: Carlos Gardel... Pasteur... Uruguay… Miríadas de pasajeros abandonan y arriban las formaciones en los andenes, rozándose los cuerpos, tomándose de los pasamanos, respirándose cara a cara con la mirada tiesa. Aquél que estornuda es un hereje, el que tose se arriesga a recibir una reprimenda. La paranoia colectiva hace que el otro sea una amenaza en potencia. Uno mira con suspicacia a su compañero y éste a un tercero, en una cadena de sospechas que enhebra la fila de vagones de principio a fin. Todo sucede en un silencio escénico.
La escalera de salida de la estación que da a la peatonal Florida es un alivio. Se ve el cielo desde abajo, algo alentador para la gente, porque los especialistas han dicho por televisión que el virus de la influenza pierde fuerza en espacios abiertos. Los padres pasean a sus niños como cachorros con bozales blancos.
A metros de allí, un grupo de personas con barbijos se abroquela frente a la vidriera de una farmacia que vende los últimos envases del ansiado alcohol en gel. El reflejo les devuelve una imagen espectral, de efímeros maniquíes. Maldita gripe, parecen decir.
JUAN COCCO
Periodista argentino. Licenciado en comunicación y máster en Periodismo. Preceptor literario. Escribe desde Buenos Aires.