La dirección de The Boston Globe, una de las cabeceras más influyentes de los Estados Unidos y propiedad desde hace una década y media de la editora de The New York Times, lleva semanas amagando con parar indefinidamente las rotativas. Su envite está dirigido a los gremios, a quienes trata de presionar para que asuman una rebaja de salarios próxima al 20%.
El recorte de sueldos, junto a ciertas renuncias contractuales, es la única alternativa al cierre que baraja la gerencia de este diario fundado en 1872, que cuenta con una redacción de 600 periodistas. Con ella, sus directivos pretenden taponar una hemorragia de 85 millones de dólares en pérdidas previstas para 2009 (tras los 60 millones en números rojos que ya figuraban en el balance del anterior ejercicio).
El Globe no es, ni mucho menos, el único entre los ilustres de la prensa yankee que se encuentra braceando en un mar de incertidumbre económica.
El Times de Los Ángeles y el Chicago Tribune, dos de los diarios más reputados del país, pertenecientes al mismo grupo empresario, tuvieron que ampararse hace unos meses en la ley de quiebras para voltear una situación financiera cercana al desahucio.
Para un histórico como el San Francisco Chronicle, noqueado al igual que el resto de la industria por la fuga de lectores y el bajón de ingresos, ni siquiera la bancarrota constituye una posibilidad. Sus dueños deshojan estos días la margarita del cierre.
Si hacía rato que Internet había puesto en una difícil tesitura al periodismo de papel al desplazarlo como el principal difusor de noticias entre las clases digitales, la hoy ubicua y tan cacareada crisis no ha hecho más que agravar la situación.
Animados por lo revuelto que baja el río, los más agoreros anticipan, algunos con indisimulado regocijo, la fecha de defunción de los diarios. El año 2020.
En la vereda opuesta, algunas voces entendidas reparten consuelo argumentando que el desarrollo de nuevos medios siempre condiciona los anteriores, aunque sin suplantarlos. Dicho en cristiano: si la radio resistió a la tele, los diarios resistirán a Internet.
El suyo es, entonces, un pronóstico de supervivencia (aunque penosa y a través de una senda desbrozada a base de palos de ciego).
De momento, lo único inapelable es el panorama dulce que parecería abrirse, a pesar de la brumosa coyuntura, ante el negocio de la información.
Nunca antes había existido, ni remotamente, un público tan pendiente de recibir y airear informaciones como la audiencia que integran los nativos digitales. (Y tan dispuesta a pagar; ya que aunque reacios a desembolsar un importe por los contenidos on line, los usuarios pagan religiosamente a las compañías telefónicas para tener acceso continuo a Internet).
Una legión de consumidores y productores compulsivos de tecnología que han convertido a las wikipedias, los twitter, los picasas, los facebook o los myspaces en el inexplorado continente en el que se redactan, desde hace tiempo, varios capítulos de la historia contemporánea.
A ellos han de conseguir seducir otra vez los atribulados empresarios de la prensa. Si no para garantizar la pervivencia de los diarios, al menos para dar larga vida al periodismo.
Sólo hace falta un poco de inventiva y perspicacia, porque las tendencias del mercado estadounidense comienzan a blanquear pistas. El futuro, al menos en lo inmediato, se adivina tan móvil como la telefonía.
El pasado abril, 60 millones de visitas al The New York Times se efectuaron desde dispositivos portátiles como la BlackBerry o el iPhone. El doble que hace un año.
Lo dicho: para salvar el oficio sólo hace falta inventiva y buenos reflejos. Descontada, por supuesto, la ración diaria de historias apasionantes.