Tomada de la edición impresa del 24 de junio del 2009

La política de la billetera

JUAN COCCO
Periodista argentino. Licenciado en comunicación y máster en Periodismo. Preceptor literario. Escribe desde Buenos Aires.


 Hay una expresión popular que dice “billetera mata galán”. Es un refrán que sirve para ilustrar el seductor poder del vil metal, que desplaza el talento bruto y logra convertir a un ricachón fulero en un príncipe de ensueños.

A cuatro días de las elecciones legislativas que marcarán a fuego la política en Argentina, la metáfora amorosa puede servir para explicar el derroche de recursos que realizan los candidatos a ocupar las bancas en el Congreso de la Nación, un lugar de privilegio donde el pueblo y las provincias deben estar representados.

La elección está tan reñida en la populosa provincia de Buenos Aires, donde fiel a su estilo el ex presidente Néstor Kirchner se juega a todo o nada, que los postulantes tienen previsto gastar unos 20 millones de dólares sólo en esta última semana de proselitismo. La cifra representa la mitad del gasto total en publicidad, según estimaciones privadas que no abarcan todos los desembolsos.

Las fórmulas preferidas para lograr la volátil adhesión de los ciudadanos indecisos son afiches que saturan la vía pública, ejércitos de punteros que reparten votos y billetes en el mismo sobre, pautas de 25 mil dólares por minuto en los horarios centrales de la tevé  y encuestas que se cotizan a 25 mil dólares cada una y que luego son difundidas en los medios de comunicación por los interesados.

El campeón de la chequera encantada es el empresario Francisco De Narváez, a quien la líder del Acuerdo Cívico, la Casandra argentina Elisa Carrió, denunció por gastar unos 20 millones de dólares sólo en propaganda. De Narváez, que se postula a diputado nacional por la línea conservadora Unión-Pro aunque se hace llamar peronista, se ha vanagloriado de su poder económico en una entrevista, al ser consultado sobre cuánto costaba su campaña: “Mucha, pero mucha plata, y toda, pero toda mía”, contestó sin sonrojarse.

La declaración del candidato es lujuriosa, pero no carece de argumento. La oportuna frase se la dedicó al oficialismo kirchnerista. Bajo las banderas de justicia social enarboladas hace 60 años por Juan D. Perón y Evita, también reparte dinero a troche y moche para hechizar con billetes a un electorado desinteresado por el proceso electoral, pero necesitado de recursos para sobrevivir y de estímulos para no caer en la abulia líquida de estos tiempos.

Claro que la ley argentina obliga a los aspirantes a informar a la justicia electoral el origen de las donaciones y cuánto gastarán en la campaña, pero es vox pópuli que lo reportado no refleja la ola de billetes que rompe en las costas porteñas y bonaerenses. 

La ley también prevé una veda electoral de 48 horas antes de cada elección, que esta vez renovará la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio de la de Senadores. La votación es clave porque podría cambiar el equilibrio de fuerzas en el Congreso, es decir que el oficialismo podría perder la ajustada mayoría que tiene en ambos recintos.

Sin embargo, no se trata sólo de legalidad, sino de legitimidad y dignidad. ¿Qué legitimidad tiene un candidato que llega a conquistar al electorado gracias a su perfumada billetera? ¿De qué dignidad goza un ciudadano que lo vota en estas condiciones? Cobra actualidad aquella insistencia kantiana de que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio.

El ingenioso Ambrose Bierce, que escribió en su Diccionario del Diablo que un legislador es una persona que va a la capital de su país para aumentar el propio, también bromeó con que una mujer sería encantadora si uno pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos. La política también lo sería.