Héroe o villano
JUAN COCCO
Periodista argentino. Licenciado en comunicación y máster en Periodismo. Preceptor literario. Escribe desde Buenos Aires.
La economía es algo muy serio como para dejarla en manos de los empresarios. Lo que parece una broma lo ha dicho un reputado economista británico, hace 72 años, para justificar el intervencionismo del Estado en épocas de profundas crisis y creciente desempleo, una situación que el mundo sufre por estos días.
“El deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías de seguridad en manos de los particulares”, escribió John Maynard Keynes en su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, allá por 1936.
No fue poco lo que Keynes, profesor en Cambridge y errático inversor bursátil, dijo con esas líneas. Por aquellos años, el marginalismo o la teoría neoclásica construida sobre la base de los documentos de William Jevons, León Walras y Karl Menger, y los textos de Alfred Marshall, era la ortodoxia.
Parados sobre la problemática de la “escasez” de David Ricardo, esos teóricos convirtieron al mercado en una combinación de abscisas, ordenadas, rectas de isobeneficio, curvas de indiferencia y puntos de equilibrio, donde el intercambio aparecía como la instancia única para la determinación del precio de los bienes.
A caballo del positivismo de finales del siglo XIX, los neoclásicos supusieron así que los mercados estaban dados, que los intercambios ocurrían en forma voluntaria y que la economía era una gran maquinaria de precisión: las personas constituían la unidad de ese engranaje. Los consumidores maximizaban su utilidad y los productores su beneficio: el punto de equilibrio constituía, por ende, el mejor de los mundos posibles.
La llamada Revolución marginalista tardó unos años en tener éxito, pero desde Marshall corrió como reguero de pólvora hasta constituirse en la teoría dominante.
Sin embargo, la aseveración de que la libertad del mercado era la única brújula que la economía debía seguir tuvo su primera gran colisión en la década de 1930, en los Estados Unidos. La teoría neoclásica, en especial su interesada perspectiva sobre el mercado de trabajo, quedó en jaque cuando la Gran Depresión elevó el desempleo de 7 a 28 por ciento y sumió a millones de norteamericanos en la miseria y la mendicidad.
¿Qué decían entonces los neoclásicos? Que la culpa del desempleo la tenían los trabajadores, quienes no aceptaban una rebaja de su salario real (“no trabaja el que no quiere”, se oye decir aún). Para ellos, el mercado de trabajo era un mercado como cualquier otro, donde se definía el salario real y el nivel de ocupación.
Keynes pateó ese tablero. El autor cuestionó ese postulado neoclásico y demostró que los trabajadores no tienen poder sobre sus salarios reales porque no lo tienen sobre los precios. Además, sacó de abajo de la alfombra neoclásica el desempleo involuntario, algo evidente en aquella época. A diferencia de la ortodoxia, que señalaba que el desempleo existía por causas exógenas al mercado, Keynes negó que el volumen de ocupación se determine en el mercado de trabajo y dijo que es la inversión la que lo fija.
Keynes explicó que en épocas de crisis, las malas expectativas hacen que los empresarios dejen de invertir, lo que provoca un desplome en la producción y el nivel de empleo, lo que a su vez derrumba el consumo y deprime la economía. Por eso Keynes promovió la demanda efectiva, la inversión desde el Estado para romper con ese círculo vicioso y despertar los “animals spirits” de los empresarios.
Esta teoría de Keynes es presentada por muchos como una ofensiva contra los neoclásicos, pero los más sagaces han arriesgado que no es más que la continuación de la ortodoxia, que necesita que el Estado auxilie a los empresarios en épocas signadas por la falta de oportunidades de negocios, y que se haga cargo de sus pérdidas. ¿Usted qué cree?