Tomada de la edición impresa del 23 de julio del 2008

Tres versiones de Cobos

JUAN COCCO
Periodista argentino. Licenciado en comunicación y máster en Periodismo. Preceptor literario. Escribe desde Buenos Aires.


La tarde del 17 de julio, mientras atravesaba de este a oeste todo el país, desde la ciudad de Buenos Aires hasta su Mendoza natal, Julio César Cleto Cobos atendió el teléfono y escuchó una voz que lo dejó atónito. Horas antes, el vicepresidente argentino había sepultado con su voto el resistido proyecto oficial para aumentar las retenciones a la exportación de granos, impulsado por la Jefa del Ejecutivo, Cristina Fernández, y su esposo, Néstor Kirchner.  Cobos colgó y soltó unas palabras: “Me acaba de llamar Diego Maradona, para felicitarme”.

La llamada del jugador argentino fue un indicio de lo que iba a venir para este hombre gris que se convirtió, de la noche a la mañana, en héroe y Judas, en justiciero y traidor, en ídolo popular y enemigo del poder.

A las 4.25 de la madrugada de aquel jueves y tras 129 días de conflicto entre el sector agropecuario y el Gobierno, Julio Cobos se rebeló al poder de los Kirchner con una declaración dramática. “Que la historia me juzgue, mi voto no es positivo”, dijo en la Cámara de Senadores. La frase se estampa hoy en las t-shirts y suena como ringtone en miles de teléfonos celulares. 

De ese modo, el ex gobernador de Mendoza, el hombre que fue expulsado de su partido por aliarse con el kirchnerismo, el político manso que desafió la autoridad, votó en contra de su propio gobierno, volcó la balanza en favor del campo y desató una onda expansiva que sacudió la unidad del histórico Partido Justicialista.

Las palabras de César Cobos, sin embargo, no fueron las únicas que tronaron en el recinto. En el momento agónico de la votación, tras dos empates en 36 votos, el vicepresidente pidió un cuarto intermedio para acercar posiciones, fiel a su estilo dialoguista. Pero el jefe del bloque justicialista en el Senado, Miguel Ángel Pichetto, lo presionó con otra frase que marcó a fuego la sesión: “Lo que haya que hacer hagámoslo rápido”. Estas palabras no fueron al azar, sino que están en el Nuevo Testamento (Juan 13, 27), y fueron dichas por Jesús en la Última Cena, a Judas.

Esta versión oficial del Cobos Iscariote, ratificada con la expulsión del Gobierno de los funcionarios afines al vicepresidente, fue acuñada al instante por los incondicionales seguidores del kirchnerismo. Procura contrarrestar el fervor popular y clima futbolero que acompaña al Cobos Salvador (todos saben, sin embargo, que lo que no perdona el peronismo no es la traición, sino la derrota).

La Historia y la literatura han reivindicado en el último siglo el papel de Judas y han reinterpretado su traición como una acción de sacrificio, sin la cual no se hubiese cumplido el destino señalado. “La traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención”, escribió Jorge Luis Borges en el cuento Tres versiones de Judas, de su célebre Ficciones. En Tema del traidor y del héroe, un relato del mismo libro, Borges descarta la hipótesis del mandato, pero con una ironía: “Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”.

Precisamente, la última versión, la de Cleto Cobos, es aquella que trasciende la coyuntura, una mirada antropológica que rescata al cachorro humano detrás del sujeto político. Es la versión trascendente del hombre de carne y hueso atravesado por el poder, la del sujeto que sufre esta forma opresiva e ineludible de la cultura, pero que a pesar de todo dice basta, se incorpora y recupera su humanidad.

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