Tomada de la edición impresa del 20 de julio del 2008

Localívoros

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.


En 2004, Barbara Kingsolver y Steven Hopp decidieron hacer un alto en el camino para lanzarse a un proyecto vivencial que rumiaban desde hacía tiempo. Tras vender su casa en la desértica ciudad de Tucson, en Arizona, el matrimonio puso rumbo al frondoso territorio de Virginia, donde eran propietarios de una granja que supusieron como el emplazamiento idóneo para enfrentar su plan de “aprender a comer deliberadamente”.

El propósito de Kingsolver y Hopp, una escritora de éxito y un profesor de estudios medioambientales, consistía en abstenerse de consumir durante al menos doce meses cualquier clase de alimento “procesado”. Para ello, este matrimonio de cincuentones, padres de dos hijas, pensaba cultivar un huerto y completar la “autoproducción” hogareña con la compra exclusiva de aquellos productos de temporada que encontrasen en las despensas vecinas.

Las vicisitudes de ese intenso año, en el que los neoagricultores obtuvieron con sus sudores tres cuartas partes de las viandas que pusieron sobre el mantel, han quedado documentadas en un luminoso ensayo cuyo título juega con la rima irreproducible que en inglés crean las palabras animal, vegetal y milagro (Animal, Vegetable, Miracle). Un libro miscelánea que puede leerse, indistintamente, como una obra de divulgación sobre dietética, un manual de economía doméstica, una novela de aventuras o un volumen de memorias.

Aunque en su insólita resolución pesaron razones biográficas, con su programa de agricultura a pequeña escala los Kingsolver-Hopp pretendieron hacer un gesto de insumisión contra la tiranía de una industria alimentaria que, además de diseminar una pandemia feroz de obesidad y diabetes, está desbaratando en los cinco continentes el modus vivendi tradicional en los entornos rurales y contribuyendo significativamente, con el dispendio energético que acarrea el muchas veces caprichoso transporte de mercancías, a la contaminación del planeta.

“Buscábamos placeres tangibles y saludables, un poco como quien decide boicotear a las tabacaleras teniendo la satisfacción de saber que le está negando su dinero a Philip Morris”, ha explicado Kingsolver, autora de una docena de títulos de narrativa y poesía.

“Confiábamos en que unos meses al margen de los alimentos industriales sabrían particularmente bien”.

Lejos de constituir un episodio de militancia ecologista extrema o una excentricidad, la historia de los Kingsolver-Hopp representa algo así como la punta de lanza de una moda en auge que, en los Estados Unidos, preconiza el regreso a los viejos hábitos en el comer y, al mismo tiempo, promueve la rehabilitación del comercio minorista local frente a la cultura empobrecedora del shopping center.

En esta conversión norteamericana al credo “localívoro”, favorecida por la trepidante alza mundial en el precio de los alimentos y los combustibles, juega un papel clave un incipiente  modelo socioeconómico de producción que cabría traducir como “agricultura sostenida por la comunidad” (community-supported agriculture, o CSA).

Tras lo tosco de la expresión, anida una propuesta que vincula, aprovechando los lazos de vecindad y proximidad geográfica, a los pequeños agricultores con los consumidores.

Explicada la cosa muy sumariamente, los emprendimientos de CSA funcionan como una suerte de club de compradores, en los cuales cada integrante hace un aporte monetario fijo al mes que luego se le retribuye en especies con el envío semanal de una cesta de frutas y verduras frescas.

Se trata de un esquema en el que los agricultores trabajan con la despreocupación de saber que la venta de sus cosechas no dependerá de los imponderables del mercado o de las condiciones abusivas que les impongan los distribuidores. A cambio, las familias, que en ocasiones adquieren el derecho a faenar ellas mismas la tierra, reciben alimentos con el márchamo de orgánicos y la recompensa de ayudar al fortalecimiento de las economías comarcales.

Para muchos de los “localívoros”, la apuesta por un cambio de paradigma hacia un consumo más consciente encierra, de hecho, un “componente moral”. Pero sobre todo, supone una defensa de las texturas, las calidades, los colores y los aromas primarios.
 
Una reivindicación del gusto, para que se entienda, por los tomates carnosos que saben a tomates y el pan que huele a hogaza recién horneada.

Por ahí es por donde le ganan a uno para la causa.

Rss
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