Tomada de la edición impresa del 29 de junio del 2009

Sobre la regulación (II)

Héctor Chiriboga
Licenciado en Sociología por la Universidad de Guayaquil (1990), Diplomado en Estudios Amerindios (1994). Docente en la carrera de Comunicación de la U. Católica.
hchiribogalban@yahoo.com

 
¿Qué tan serio es el trabajo del Conartel? ¿Las objeciones sobre las series animadas en qué se fundamentan? Los estudios sobre la relación directa entre comportamiento violento y contenidos mediáticos, no establecen resultados concluyentes. En otros  se anota que las historias familiares, condiciones educativas y sociales, los contextos en suma, más que la exposición a la televisión, tienen un rol protagónico en los  síntomas sociales e individuales.


Parte de la formación de una ciudadanía implica asumir la discusión pública, seria e informada sobre las diversas responsabilidades en torno a los contenidos. Los medios son responsables en parte pues producen o contratan contenidos… pero los consumimos. En algún lugar hay un empate. Las actitudes y posiciones que criticamos en los productos mediáticos, están presentes en la sociedad. No podemos negarlo, una buena parte de la población gusta de Mi Recinto, aunque no lo admita públicamente; a otra seguro le importa un comino, pero lo condena como parte de un discurso moral; mientras una minoría lo critica y condena, tal vez desde una reflexión basada en parámetros políticos y académicos. Sin embargo, surge la pregunta relativa a la audiencia que mantiene ese y otros programas: ¿se la ha estudiado? ¿Es ese público capaz de pronunciarse sobre algo que le afecta?


Los ciudadanos no hemos generado procesos que permitan dilucidar nuestros intereses y posteriormente impulsarlos más o menos organizadamente, reconociendo la precariedad de todo esfuerzo colectivo. Más bien ha sido el Estado, en complicidad con las burocracias corporativas, empresariales y políticas de todo signo, las que comandan los procesos. En el camino, nos quedamos viendo y aceptando.


Los Simpsom y Dragon Ball Z, y otros entretenimientos nos hablan de la época que vivimos, de cómo una parte de la sociedad mira a la otra. Claro, para quienes puedan leer algo más allá del goce momentáneo de la imagen y las sensaciones que despiertan.


Cambiar de horarios, suprimir programación o cualquier otra medida que no involucre una discusión racional y abierta de la ciudadanía, sólo induce a una buena parte de la población a aceptar las razones de  la autoridad y por consiguiente a reforzar en unos la propensión al autoritarismo, uniformemente distribuida en la sociedad ecuatoriana, mientras en otros contribuye a su victimización.