Verónica Garcés Riera, periodista y seguidora: Aquella vez en casa del genio
Fue en 2005. Otoño, jueves, 20h00. Copi y yo estábamos frente a su edificio de Santa Fe y Pueyrredón, junto a un teléfono público. No nos atrevíamos a timbrar, así que llamamos. Copi marcó. Contestó la ‘prima’ de Charly. Dijo que él no recibía a nadie. Ya lo sabíamos, pero teníamos una estrategia. Los aliados Say no more nos habían revelado el secreto: “Tenés que ser mina y decir que le querés dar un regalo”. Estábamos preparadas. Le llevábamos una camiseta negra con un “Say no more” plateado que Copi había pintado. Se lo dijimos a la ‘prima’. Dijo que debía consultar, que llamáramos después.
Su cuarto era todo lo que Charly podía ser, tal como lo había visto en las revistas, tal como quería que fuese el mío. Pensamientos escritos en las paredes, películas tiradas por todas partes, revistas, teclados, micrófonos, guitarras, cables, ropa, vasos, cigarrillos, un televisor… No nos atrevíamos a mirar mucho, tampoco a movernos demasiado, menos a hablar. Estábamos en la casa del rey y no queríamos perturbarlo. “¿Eso es para mí?”, preguntó. Copi dijo sí y extendió su brazo tembloroso para darle nuestro regalo. Él sonrió y yo pensé que me iba a morir del amor en ese momento. Lo abrió y con su voz carrasposa dijo: “Me gusta”. Se quitó la camiseta que tenía puesta y se puso la nuestra.
Nos invitó a sentarnos al otro lado de su cama de plaza y media. Nosotras seguíamos sin poder hablar, con el corazón en las manos. No hubo conversación trascendental ni palabras de fans enamoradas. Él tomó un sorbo de whisky, tomó el control del DVD y puso play. Apareció una escena de Kill Bill. Tres segundos después la paró. Sus dedos de alambre con uñas rojas de aerosol empezaron a componer sobre el teclado. Ese día juré seguirlo hasta el fin, sin condiciones, sin lamentos, sin reproches. Ese día me convertí en una Say no more.