A través de la radio, 50 comunidades de Riobamba aprenden a optimizar sus cultivos.
En sus manos las grietas del tiempo han encontrado una guarida. Sus dedos parecen hechos a la medida de las labores de la tierra. De su tierra, de esa que le exige estudiarla a diario y de la que no quiere desprenderse por más negro que se pinten los días por venir.
Con la convicción de que el campo es lo suyo, José Manuel Nauyua cultiva su terreno con el mismo afán que heredó de sus tatarabuelos.
Él vive en Cecel, una de las 50 comunidades riobambeñas que escucha el programa Yachag Raimi, producido por la Fundación Escuelas Radiofónicas Populares del Ecuador (ERPE). A través del dial 710 en AM y 91.7 en FM, los dueños de terrenos que no van más allá de los 400 metros de extensión aprenden a optimizar recursos y sembrar orgánicamente.
Este medio ha motivado la resistencia y el apego a sus territorios. Pese a que la carencia de un sistema de riego y la falta de lluvias los han llevado a redoblar sus esfuerzos para arrancarle a la tierra uno que otro fruto, ellos se aferran a sus conocimientos ancestrales y a las directrices que reciben por las ondas radiofónicas. Y continúan dando la pelea.
“Hay bonos del Gobierno y restricciones en las ciudades para evitar la migración interna, pero la solución está en incentivar la producción en el campo”, dice con la voz firme Enrique Muyulema. Él es uno de los radioescuchas de ERPE.
Según dice, él y sus compañeros tienen en la radio un medio para aprender a mejorar los recursos con los que cuentan. “Sabemos que para sembrar orgánicamente el terreno no debió haber sido cultivado con químicos, por lo menos tres años antes del nuevo cultivo”, dice como quien recita una lección bien aprendida.
Los responsables de la producción de Yachag Raimi son dos ingenieros agrónomos que durante media hora desarrollan un temario. “Dependiendo del producto del que vayamos a tratar, les damos indicaciones que van desde cómo preparar el suelo hasta qué tipo de plantas pueden sembrar de acuerdo con el mes y la estación”, explica Álex Noriega.
Sumaklife es la fundación que se encarga de la exportación de la quinua a mercados como el europeo...
Pero la asesoría de los técnicos agrónomos va más allá de las recomendaciones que dan en el matutino informativo. Periódicamente realizan visitas a los cultivos de las poblaciones para comprobar que la siembra esté siendo “bien llevada”.
Mientras esperan la visita de los agrónomos, los pobladores cuentan con un facilitador que generalmente es un chacrero curtido en el oficio de labrar la tierra. Nauyua es uno de esos “sabios” que da una que otra recomendación a quien tenga problemas con sus plantas.
Una vez que la quinua, el maíz, las habas y otros productos hayan sido ya cosechados, los pobladores les venden lo que han obtenido a Sumaklife. Esta es una fundación que asocia a cerca de 200 comunidades indígenas y que es la encargada de exportar la quinua y buscar nuevos mercados.
Sumaklife fue creada en 2006 y desde entonces ha comercializado un aproximado de 1.000 toneladas del cereal. Alrededor del 80% se exporta a Europa y otros países de América.
“Antes trabajaban a pérdida, ahora los productores invierten 50 dólares en la producción de cada saco de quinua y lo venden en 100”, recalca Juan Pérez, presidente de ERPE.
En la zona la deforestación se hace evidente. Los árboles escasean tanto como las lluvias. La falta de agua hace que la quinua no crezca lo suficiente.
“A la gente le vienen a comprar sus terrenos para talar lo que más puedan. Si antes podíamos interpretar el tiempo según la dirección del viento, ahora es casi imposible porque ventea para todos lados por la falta de árboles”, asegura Muyulema.
Él es el representante de la escuela de Cecel, Mushuk Pakani. Esquiva el título de director porque en realidad más que un guía es un acompañante de los cerca de 80 niños que van al centro de estudios.
Los pequeños, hijos de padres agricultores, no llevan uniformes. Unos cubren sus pies con zapatos hechos de un plástico duro. Y otros asoman sus dedos por las rendijas del calzado con el que tantas veces han jugado al fútbol. De las bocas de los pequeños cuelgan globos de colores con los que esperan la llegada del carnaval mientras mojan a uno que otro compañero.
Los hijos de agricultores ayudan a sus padres a trabajar la tierra. Los más pequeños juegan mientras deshierban una que otra hilera. Los “mayorcitos” tratan de aprender de sus padres las labores “más pesadas”.
Por estos días las faenas de los pequeños tienen un nuevo componente que los lleva a estar horas de horas ‘pegados’ a la pantalla de un computador.
A su pueblo llegó Llaktanet, una red de telecentros comunitarios que -según sus impulsadores de ERPE- pretende ser un espacio en el que se pueda ver desde un video en Youtube, hasta hacer consultas de temas vinculados a las formas de optimizar los sembríos orgánicos.
Rocío Ortiz es una de las menores de edad a quienes el telecentro de su comunidad le permite intercambiar chistes e información a través del correo electrónico.
Una vez que la campana impone la hora de marcharse a casa, Ortiz y un grupo de compañeros prefieren quedarse en la escuela. Lo hacen para administrar el centro de computación. “Son muy responsables. Les pago cinco dólares semanales y sus padres están contentos porque el dinero les ayuda en los gastos de la casa”, afirma Muyulema.
A pesar de que -según Juan Pérez- a los adultos les resulta más complicado aprender a manejar programas de computación, ellos también se acercan a las máquinas en busca de información sobre los cultivos y las formas en que se siembra en otros países.
Pérez manifiesta que desde ERPE se ha planteado el proyecto de conectar los telecentros a través de una intranet a la que se subirán contenidos como salud y conocimientos ancestrales.
“También colocaremos una base de datos para que los agricultores puedan escribir sus experiencias y estas puedan ser leídas por otras personas que necesiten asesoría sobre el tema de la siembra”, sostiene Pérez.
Pronto cae la tarde y José Manuel Nauyua debe volver a recorrer los campos. Antes revisa sus plantas. Hay algunas quinuas que no van a dar la cosecha esperada. No se apura, confía en que el buen tiempo vendrá y él lo recibirá en su tierra.