En Baltimore, repentinamente descubre el sol el viejo y pulcro cementerio de la ciudad, donde la iglesia intimida todavía a las almas. Lápidas hundidas, húmedas, trabajadas por el musgo, rinden “Homenaje al Mayor Steve Ridell”, inmortalizan “Recuerdos al Coronel O’Jara”. Junto a la indiscutible gloria de esos héroes acampados apaciblemente en una orilla desconocida, una tumba oculta tras cristales tampoco resplandecía este año, el 31 de octubre, día de la celebración de un hallowen. Muchos jóvenes de la ciudad, como cada año, han visitado ya, truculentamente disfrazados, la tumba de Edgar Allan Poe. Hay cognac y rosas, que no sobrevivirán por muchos días; hay coronas, ramas de vid o de un olmo viejo, y están secas.
En sus cuatro libros de poemas, una novela de aventuras, setenta u ochenta relatos breves y 855 artículos y reseñas periodísticas, Edgar Allan Poe proyectó una luz desconocida que bastó para que Baudelaire, Mallarmé, Dostoievski, Lautréamont, Artaud le profesaran un culto fogoso y lo convirtieran en fuente de reflexión e inspiración. Los discursos y las acciones de sus personajes revelan una convicción acerca del dominio del mal en el corazón humano, pero si alguien contempla los hechos de su vida y recuerda anécdotas, escenas y personajes que han popularizado su nombre como entre los jóvenes de Baltimore, inscribiéndolo en el campo de lo macabro, tendría dificultades para imaginar cómo pudo ejercer un amplio magisterio intelectual y artístico en los siglos XIX y XX. Fue Baudelaire, que lo tradujo al francés y escribió dos largas notas biográficas sobre él, el primero en interpretar esos hechos de un modo que convirtió a un hombre lastimado, ambicioso y brillante en el poeta maldito de Estados Unidos.
Su eterna circunspección, evidente en sus retratos, no es difícil de imaginar. Más que un “gentleman”, adjetivo que suele usarse para evocar su figura, Poe debió de tener la elegancia magnética que despide la inteligencia meditativa y concentrada, a la que un pesar remoto pero vivo abate sorda y soterradamente. Algunos de quienes lo conocieron lo describieron como un hombre de mirada triste y melancólica, cabellos largos, piel blanca olivácea, muy delgado; de paso rápido, elegante, reservado; de maneras aristocráticas; de voz muy modulada y musical. Celoso, intenso, tierno, siempre vestido de negro, con el botón abrochado hasta el cuello.
Buena parte de la obra de Poe constituye en sí mismo una prueba de que el uso de una fórmula y el interés por el éxito no suponen necesariamente una degradación de la literatura o del periodismo. Su fórmula para triunfar era utilizar “lo ridículo elevado a lo grotesco; lo espantoso llevado hasta lo horrible; lo cómico exagerado hasta lo burlesco; lo singular llevado a lo extraño y lo místico”. Cuando esto escribió, Poe hablaba de sus relatos pero aplicó esas ideas, con las variantes del caso, en todos los terrenos, también en el periodístico. Lo que podía producir aparatosos pastiches en manos de otros, en las de Poe fue la base de una teoría estética y de varios géneros modernos: lo real maravilloso, el cuento detectivesco, el periodismo sensacionalista nacen de su pluma. Esa misma estrategia, unida al deseo de poder y la necesidad de incrementar sus ingresos y adquirir renombre, le indujeron a aplicar su talento como periodista y crítico literario contra víctimas elegidas cuidadosamente, con criterios estéticos y morales: la mayoría de las veces, arribistas sin talento pero de gran reputación y poder en el norte, en New York y Boston, las capitales del poder literario de Estados Unidos.
Los criterios morales, la honestidad, la elegancia, la utilidad –reglas implícitas en los críticos de la primera mitad del siglo– son rechazados como extraños a la crítica literaria”; de acuerdo con el profesor Claude Richard: “[Para Poe] la única función legítima de la crítica aparece claramente como un examen riguroso de los procedimientos constitutivos de la obra literaria: las ideas u “opiniones” contenidas en la obra no son de incumbencia de la crítica sino en el modo de adaptación de la idea a la arquitectura de la obra.
En varias ocasiones Poe puso de manifiesto su sagacidad comercial, su claridad en la apreciación de los intereses del público, y una audacia ilimitada para llamar con orgullo la atención de todos. En 1844 escribió una crónica sensacionalista de un suceso no realizado pero de tumultuoso interés. Hoy forma parte de sus cuentos, porque así lo decidió el mismo Poe con ocasión de la edición de sus obras de 1845. Se titula The Baloon Hoax, o El Camelo del Globo. Es la crónica falsaria de un viaje en globo en tres días desde Inglaterra hasta la costa atlántica de Estados Unidos. Poe la envió al periódico ‘New Yok Sun’ con indicaciones precisas para su publicación. Siguiendo la táctica ideada por Poe, el ‘Sun’, en su edición matutina de 13 de abril, anunció con gruesos caracteres la noticia de una hazaña: “¡El Atlántico atravesado en tres días!”. Poco más decía el diario, pero prometía la primicia, un relato completo, en una edición especial que iba a aparecer a las diez de la mañana. El público picó. Creyó en la sensacional novedad, de la cual el ‘New York Sun’ daba la noticia en exclusiva. A las diez las multitudes neoyorquinas llenaban la plaza en que se encontraba la sede del periódico, esperando el ejemplar con las noticias.
El relato completo, escrito por Edgar Poe, apareció a mediodía. El periódico se vendió a ritmo vertiginoso; la gente se arranchaba los ejemplares de las manos. En enero de 1845 publicó en el ‘New York Evening Mirror’ su ahora conocidísimo poema El Cuervo, por el que recibió quince dólares. Era un poema dramático enteramente basado en una estrategia compositiva cumplida con estricto rigor. El alma de Poe sin duda se expresaba en esos versos en su más desgarrado dolor; en las últimas líneas, el sujeto poético quiere librarse del cuervo y le dice, con fuerza angustiosa: “¡vuelve a la tempestad y a la costa plutoniana de la noche!/¡No dejes ninguna pluma negra como muestra de la mentira que tu alma ha dicho/ ... //¡Saca tu pico de mi corazón y llévate tu forma de mi puerta! / Dijo el cuervo: Nunca más”.
El impacto del poema fue enorme; los derechos de publicación se vendieron enseguida a numerosos periódicos y revistas. El 1 de febrero lo republicó la ‘American Review’, el 3 de febrero el ‘Morning New York’; el 4 de febrero, el ‘Daily Tribune’; el 8 apareció a la vez en el ‘Brodway Journal’, en el ‘Weekly Mirror’, el ‘Weekly News’ y el ‘Weekly Tribune’; el 15 de febrero en el ‘Ellicotts’, de Maryland y en el ‘Pennsylvania Enquiry’. Todo el año 1845 siguió publicándose, en todo el país, después en Inglaterra y luego en el mundo entero. “Jamás un poema –dice Claude Richard– ha contribuido tan rápidamente a la gloria de un poeta”.
Y sin embargo, según el autor, el éxito de El Cuervo era fruto de un cálculo. “El Cuervo ha funcionado muy bien, Thomas –escribió a un amigo– pero lo he escrito precisamente para que funcione, como escribí El Escarabajo de Oro”. He aquí al Rey Midas de la literatura verificando una vez más sus teorías: un hombre cuya sagacidad le permite adivinar los mecanismos del éxito literario y tiene la capacidad suficiente para alcanzarlo con enorme dignidad. Esa voluntad podría haber hecho algo vulgar con los mismos ingredientes, pero en manos de Poe el fruto de la ‘fórmula’ fue un poema que ha embrujado a muchas generaciones.
No hay que pensar por lo dicho que Poe era un hombre frívolo. No hay duda de que su mente era una de las más brillantes de su país y de su época y su espíritu alcanzaba una insondable y dolorosa profundidad. En julio de 1845 publicó en el ‘Graham’s Magazine’ un cuento llamado El Demonio de la Perversidad, excitada exposición de una vieja convicción que vibraba en él a flor de piel: la perversidad –dice el cuento– es un “principio innato y primitivo de la acción humana”, del hombre como un ser que sufre “una invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo”: “Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical”, dice. ¿Por qué?, se pregunta después el narrador: “No hay respuesta”, es la respuesta. Es una tendencia que se opone a nuestra noción del deber. “Luchamos en vano”, dice el narrador: “Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad”.
Pese a su éxito Poe, huérfano de padre y madre desde tierna edad, fue siempre pobre desde que abandonó la casa de sus padres adoptivos. El banco de la fama le hizo no pocos préstamos salvadores pero humillantes. Sus numerosos enemigos nunca le perdonaron una audacia excesiva para sus fuerzas al fin y al cabo limitadas. Cuando, hacia el final de su vida, se vio en la obligación de dar explicaciones acerca de sus enemistades, respondió -en una carta de 18 de octubre de 1848- con una verdad que constituye su más sentida confesión : “Basta decir que he tenido la audacia de permanecer pobre; que puedo mantener mi independencia, pese a lo cual, hasta cierto punto y en algunos aspectos, he tenido ‘éxito’; he sido un crítico inescrupulosamente honesto y sin duda en muchos casos muy duro; he atacado siempre, si acaso he atacado, a aquellos que han estado en el más alto lugar del poder y de las influencias y, tanto en literatura como en la sociedad, sólo por excepción me he abstenido de expresar, directa o indirectamente, todo el desprecio que las pretensiones de la ignorancia, arrogancia o imbecilidad me han inspirado”.
Viudo y solo, Poe pasó sus últimos años viviendo la vida de un hombre irreal, zarandeado de modo demasiado violento para mantenerse en pie mucho tiempo. El 3 de octubre de 1849 lo encontraron tirado en una calle de un barrio pobre de Baltimore.
Tenía cuarenta años de edad, estaba borracho y vestía ropas que no eran las suyas: ropas sucias y desgarradas. Llevaba consigo un bastón. Era un día de elecciones para el congreso y la cámara de diputados del estado de Maryland y hay quien sospecha que el poeta fue víctima de las sórdidas campañas de los políticos que embriagaban a los parroquianos para sumarlos como votantes. Murió solo, entre desconocidos. En un momento de lucidez, en medio del delirio, lanzó un grito: sería mejor –dijo– que me hicieran saltar los sesos. Después llamó a Reynols, el explorador de los mares del sur, a quien, desde luego, nunca conoció. Aquello fue el 7 de octubre de 1849, en Baltimore.