Breves datos sobre la Feria del Libro de Caracas, novelas breves del Ecuador, ridiculeces ginecológicas y otras no membretadas
Si a alguien le cae el guante, que se lo chante, y me perdone, pues, como diría el chavo del ocho, “fue sin querer queriendo”.
Estuve en la Feria del Libro de Caracas (lo hice del 11 al 17 del mes en curso), que se realizó en honor al Ecuador. No por invitación del comandante Chávez, como ha asegurado un retrasado mental no del cerecate sino por el atraso de sus ideas, es decir, por sus ideoteces, invitación que tampoco habría sido un pecado mortal, ni mucho menos.
Pero sigamos con estos breves datos, que ampliaré en un próximo artículo. Decía que la feria estaba dedicada al Ecuador, con dos invitados especiales de Monte Avila, Jorge Enrique Adoum, con stand propio y yo, nómada como un tuareg pero con varios camellos (léase libros en la muestra).
En efecto, tres camélidos míos estuvieron: Cuento ecuatoriano contemporáneo (1927/2008), antología encargada y editada por Monte Avila, de la que no pude conseguir ni un solo libro; un volumen de la Biblioteca Ayacucho sobre dos novelas de Adalberto Ortiz, en cuya cubierta me cambian el nombre y aparezco como José Donoso Pareja; y Novelas breves del Ecuador, cuyos pocos ejemplares que llevé tuve que regalarlos (se trata de un libro que rescata la autoría de un trabajo que realicé para Editorial El Conejo en 1984, publicado el mismo año bajo el título general de Joyas Literarias, novelas breves del Ecuador, con mi nombre en tanto responsable y coordinador de la serie).
Los estudios introductorios (¡qué expresión más erótica!) de cada uno de los textos (no sexos, léase bien) doce en total aparecen en este volumen, con los ajustes necesarios, dándole al lector una visión sencilla y clara del subgénero narrativo de la novela corta a lo largo del tiempo en nuestro país, desde La emancipada, de Miguel Riofrío, y Un matrimonio inconveniente, de Juan León Mera, hasta El lagarto en la mano, de Juan Andrade Heymann, y Ciudad de invierno, de Abdón Ubidia, pasando por las altamente notables Vida del ahorcado, de Pablo Palacio, y Mama Pacha, de Jorge Icaza, entre otras igualmente valiosas. De las doce noveletas (¿nivolas o novelinas?), cinco habían sido publicadas en colecciones de cuentos y consideradas como tales, siendo por su estructura, no por su extensión, novelas cortas y no cuentos largos.
En probable conexión con esto –sin intención consciente, pues- usé un epígrafe de Marx y Engels (Sobre la literatura y el arte) que ahora me parece pertinente y muy decidor, que manifiesta: “Los eruditos profesionales, patentados, privilegiados, los doctores y otros pontífices (…) se interpusieron (¿se interponen?) entre el pueblo y el espíritu, entre la vida y la ciencia, entre la libertad y el hombre. Son los escritores no autorizados los que han creado nuestra literatura”.
Si a alguien le cae el guante, que se lo chante, y me perdone, pues, como diría el chavo del ocho, “fue sin querer queriendo”.
Y nada que agregar, salvo que la organización fue bastante despelotada y en el viaje hubo de todo, hasta un muerto propio: a unos cuatro metros de donde estaba yo cayó fulminado, en pleno lobby del hotel, un señor mayor que después supimos que era uruguayo. Impresionante.
Paso ahora a la cultura genealógica, es decir ginecológica, porque desde los tiempos de la promiscuidad primitiva, hasta los de la promiscuidad globalizada, la única certeza de filiación es la madre aunque entonces ejerciera el poder patriarcal el tío materno (nunca un tío paterno), no hubiera nada más falso que un hidalgo de bragueta (¿cuántos de los hijos que daba al rey eran realmente suyos?) y ahora decida el ADN, que dizque no falla.
Palabras, palabras, palabras, diría el que sabemos, o words, words, words, que es lo mismo pero no da igual.
Hojeo un libro sobre las familias del Guayaquil colonial. Generalmente son originarias de Andalucía, algunas extremeñas, poquísimas castellanas (Marcos, por ejemplo), una que otra gallega (Noboa), cero catalanas (ahora mayoritarias, pero llegaron muchísimo después, a fines del siglo XIX y principios del XX), de repente alguna vasca o asturiana.
Llego a Pareja. No de casualidad sino porque busqué el apellido. Son un chingo de páginas, o sea que los Pareja llegaron “a millares surgir”. El tronco básico viene de Antequera, último reducto de los moros hasta el siglo XIV, cuando fueron derrotados por el conde de Pareja, descendiente de moros bereberes pero convertido en hidalgo (hijo de algo) español, según las malas y las buenas lenguas, aunque decir hidalgo español sea un pleonasmo porque hidalgos solo había en España a causa de los ocho siglos de dominación mora y sin que hubiera prueba del ADN.
Y he aquí que hubo un Blas de Pareja nacido en Antequera, descendiente del susodicho conde, que contrajo matrimonio con Isabel de la Huerta, nacida en el mismo pueblo pero domiciliada en Sevilla. Un hijo de estos fue el primer Pareja en llegar al Ecuador.
Voy a referirme a la palabra contraer y sus significados primarios, hasta llegar a matrimonio que, como todos sabemos, se contrae, como se contrae una enfermedad o un vicio.
Así lo dice el diccionario (también conocido como “el mataburros”): “Contraer: encoger o reducir a menor volumen o extensión. Adquirir una enfermedad, vicio, obligación, vínculo de parentezco (matrimonio, por ejemplo) o cosa parecida”.
Para terminar, dos boberías sin membrete: “resulta entonces que el resultado será el resultado final” (oído en Caracas) y “el ciego vio la realidad” (oído en un lugar no determinado).
Miguel Donoso Pareja
Escritor