Tomada de la edición impresa del 16 de noviembre del 2008

Rimbaud, la negación y el pensamiento constitutivo

    | ILUSTRACIÓN: CARLOS PROAÑO / El Telégrafo

ILUSTRACIÓN: CARLOS PROAÑO / El Telégrafo

En 1873, Rimbaud escribió Una temporada en el infierno, un violento ajuste de cuentas con su vida y su obra, que tanto admiramos hoy.



A mediados de octubre estuve en Charleville, la ciudad natal de Arthur Rimbaud, tal vez el más legendario poeta moderno, el hombre a quien el premio Nobel  Albert Camus calificó de “oráculo fulgurante” que “dio a la rebelión el lenguaje más extrañamente justo que jamás haya recibido”. El de Charleville era un homenaje internacional: poetas de África (donde Rimbaud pasó los últimos once años de su vida), China, Francia, Suiza, Holanda, Luxemburgo, Canadá, etc., leímos poemas, visitamos su casa natal, hoy convertida en museo, visitamos su tumba y depositamos en ella nuestros recuerdos más caros. Escuchar aquellos discursos, aquellos poemas, y recordar versos de Una temporada en el infierno, el único libro que Rimbaud publicara en vida, me devolvió a décadas pasadas, a mis años mozos, a mi vida en Guayaquil. Tenía en mis manos, comprada en días anteriores, una edición facsimilar de la original de Una temporada, ese texto que la enciclopedia británica no duda en llamar “el adiós a la visionaria, apocalíptica escritura de un vidente”. La edición original tenía apenas 53 páginas, catorce de ellas en blanco, que Rimbaud, tal vez ingenuamente, se me ocurrió en esos momentos, quiso intercalar entre cada una de las secciones de su poema. 

Cuando Rimbaud escribió ese libro, entre abril y agosto de 1873, ya había escrito más de sesenta poemas embebidos del espíritu de la negación. En ‘La orgía parisina o París se repuebla’, escribió: “El poeta hará suyo el sollozo de los Infames, /el odio de los Forzados, el clamor de los Malditos”. En ‘El barco ebrio’, tal vez su poema más famoso, expresaba el sufrimiento ocasionado por la vida tal y como se exigía de los ciudadanos de entonces: “Las albas son dolorosas. / Toda luna es atroz y todo sol amargo”. En el poema ‘Corazón mío, que nos importan…’  fue rotundo en su ataque a los poderes: “Industriales, príncipes, senados /pereced. ¡Abajo el poder, la justicia, la historia/…Sangre, Sangre, la llama de oro // Alma mía: todo por la guerra, la venganza y el terror…pasad /repúblicas de este mundo. Basta / de emperadores, regimientos, colonos, pueblos”.  

Son ejemplos tomados al azar. Rimbaud llenó su obra diamantina de versos explosivos, de una belleza irreductible. Adolescente insumiso, tampoco transigía en su vida práctica; actuaba conforme a sus creencias más profundas: se fugó tres veces de la casa familiar; en la primera salida llegó a París, donde fue apresado; en la segunda recorrió a pie los caminos que lo llevarían desde su pueblo, Charleville, a Viraux, Fumay, Givet, Charleroi y Bruselas; en la tercera, volvió a París. Es posible que estuviera en la espectacular revuelta llamada La Comuna de París, en la que, según un informe policial, habría hecho de francotirador. Entre un viaje y otro sembraba la alarma en su pueblo, redactaba los principios de una “constitución comunista”, se ponía a favor de la derrota de su país, Francia, en la guerra contra Prusia: la resistencia le parecía inútil y la derrota ejemplarizadora; como un viejo patriarca, como un estratega de la vida, del país, del mundo, el adolescente de 17 años razonaba diciendo que la derrota libera de prejuicios estúpidos: transforma y salva. De París volvió a Charleville, recorriendo a pie 240 kilómetros.

Pero dos años después, en 1873, Rimbaud escribió Una temporada en el infierno, un violento ajuste de cuentas con su vida y su obra, que tanto admiramos hoy. Aún no se había desprendido del espíritu de la negación y sus versos son una desgarradora diatriba lanzada contra la civilización europea; un sostenido repudio de la familia (“padres, habéis causado mi desgracia y habéis causado la vuestra”) y la vida que habían instaurado los dominadores; un ataque irresistible contra los valores burgueses: “Soy un animal, un negro. Pero puedo ser salvado. Vosotros sois falsos negros, sois maníacos, feroces, avaros.

Comerciante, eres negro; magistrado, eres negro; general, eres negro; emperador, viejo picor, eres negro: has bebido un licor de contrabando, de la fábrica de Satán. –Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer”. Pero son también –y no debería pesarnos, hoy, después de tanta agua sucia pasada bajo los puentes– un doloroso, un hermético discurso contra el nihilismo, contra el espíritu de la negación: “Una tarde senté a la belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.// Me armé contra la justicia.// Me di a la fuga. Brujas, miseria, odio: mi tesoro os he confiado. […] Llamé a los verdugos […] llamé a la catástrofe, para ahogarme en la arena, la sangre. […] la desdicha fue mi Dios. […] me cegué al aire de un crimen”. 

Una temporada en el infierno es un libro que demanda una profunda meditación de todos aquellos interesados en la transformación del mundo. Si en 1871, con 17 años de edad, Rimbaud escribía versos como los citados, y fue a vivir a París, donde su talento prodigioso le dio acceso inmediato a los más elevados círculos literarios de la capital francesa, y su escandalosa vida y sus amores y fugas rocambolescas con Paul Verlaine a Bélgica e Inglaterra fueron materia de numerosísimas, terribles anécdotas, dos años después parecía arrepentido. Porque Una temporada en el infierno es sobre todo la retractación del poeta maldito. En la sección llamada ‘Delirios’, habla, en efecto, de sus ‘delirios’, de los “sofismas de la locura”. Es así, ‘locuras’, como llama a sus convicciones de antes, cuando “creía en toda suerte de hechizos”. “Acabó por parecerme sagrado el desorden de mi espíritu” dice en la  misma sección. “Pediré perdón por haberme alimentado de mentiras”, confiesa en uno de los últimos versos.

Una temporada en el infierno es un libro señalado en la educación sentimental y literaria de muchas generaciones, y también de la que yo formo parte, aquella que en Ecuador y en Hispanoamérica empezó a publicar en los años ochenta del siglo XX. Apocalípticos fuimos, en efecto, muchos de nosotros, a consecuencia de esa literatura y del furor de la época que nos tocó vivir, en la que no era difícil vislumbrar la gran tragedia que se cernía sobre el país, que terminó por expulsar de sus hogares y de su tierra, en las décadas siguientes, a más de dos millones de ecuatorianos. Negativo fue nuestro pensamiento y la crisis fue nuestro espacio. Digo que fuimos apocalípticos y que nuestro pensamiento fue negativo pero sé que debo corregir de inmediato; algunos de nuestros contemporáneos se mantuvieron en un terreno distinto: son los patriotas que  luchan aún, desde instancias gubernamentales o fuera de ellas, por un tiempo distinto. Aún creo que el pensamiento negativo favorece la transformación, pues en tanto desgarramiento tiene fuerza revolucionaria. Sin embargo, la necesidad de pasar a un pensamiento constitutivo o reconstructivo me parece hoy ineludible. Este momento demanda de todos nosotros, de todos los que un día quisimos el cambio, una rigurosa autocrítica.

No estoy simplemente rompiendo una lanza a favor de la reconciliación: todo pensamiento constitutivo necesita no de una fase sino de un trabajo consciente, radical y simultáneo de negación, de derrumbamiento. ¿Lo estamos haciendo? ¿Lo están haciendo nuestros hermanos que se afanan en las labores públicas? Sin la negación, el pensamiento constitutivo no será capaz de resolver la esencia de la dominación; y sin lo constitutivo el pensamiento negativo siempre terminará siendo un subordinado y un aliado de los dominadores, que tanto dolor han causado a millones de personas. Pero ésta, la dominación, puede sobrevivir a cualquier régimen político, social y económico: “La emancipación del hombre será total o no será”, escribió el novelista checo Milan Kundera.

Necesitamos de un amplio debate intelectual que vaya más allá de la superficie de los hechos, que aúne el pensamiento negativo y el constitutivo y busque la transformación profunda de las bases de nuestra vida. Una gran tarea es la que tiene delante el Ministerio de Cultura, llamado a liderar este movimiento. Contra la cultura del amo y del siervo, hemos de luchar por la de la igualdad de los ciudadanos; contra la del machismo, la de la igualdad de los géneros; contra la doble moral y la mentira, la verdad; contra la violencia, el diálogo; contra la cultura del lucro y el individualismo, la del bien común y la solidaridad. Todo esto parece muy repetido, manido y por eso mismo banal. Ineficaz. Y sin embargo, hemos de luchar por ello. Como dice el poeta Tomás Segovia, “todo lo que ya sabemos hemos todavía de aprenderlo”.
Mario Campaña

Escritor
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