El Día de la Alegría, sin que nadie sepa por qué, si por las brujas, por halloween, por el Escudo Nacional o qué otro misterioso evento.
En un país donde la muerte de un jirafa macho (¿un jirafo?) es noticia de primera plana en el diario de mayor circulación nacional, no es nada raro que su jet set esté conformado por mediocres “figuras” de la pantalla chica –cómicos descangallados, conductoras de programas de farándula o cocina –da lo mismo-, feos con entusiasmo, dados a galanes; cronistas de “gente” que no tienen la menor idea de la gente, y así sucesivamente (para que rime), o por peluconcitos de pacotilla que llenan las páginas de sociales (al mismo tiempo de farándula y cultura) con sus fiestas de disfraces codeándose con presentaciones de libros sin condumio y tristes chismes de alcoba de poca monta o sin monta.
Este jet set de tercer (o cuarto) mundo es tan ridículo como los sobrenombres que acostumbra dar a sus ciudades: Perla del Pacífico, Atenas del Ecuador, Luz de América, Sultana de los Andes, Capital Mundial del Banano, de Los Reales Tamarindos, de las Frutas y las Flores, Centinela del Sur, Ciudad Blanca, o a sus héroes populares: el chasqui y el zurdo de oro, Pata e’ loro Segura, lo máximo del tenis ecuatoriano (ahora es ciudadano norteamericano y habla con acento gringo), Julio Jaramillo (J.J. el Ruiseñor de América), el Manco Unamuno y el Cojo Villagómez (integrantes de la selección de fútbol del Ecuador, atípica en la historia de este deporte: tenía también un sordo y un mudo entre sus titulares, pero de lejos no se les notaba), “golpe de ala” Sandiford (basquetbolista: mareaba a cualquiera), y muchísimos más que no desentonan.
Pero resulta que entonces leo algo que me saca de onda, y cambio de tema, aunque solo relativamente. Se trata de una (¿discutible?) lúcida (¿alcohólica?) afirmación de Edgar Allan Poe quien, en “Los asesinatos de la calle Morgue”, escribe: “(…) calcular no es en sí mismo analizar. Por ejemplo, un jugador de ajedrez hace lo primero, sin esforzarse en lo segundo. Por tanto el juego de ajedrez es considerado erróneamente en cuanto a sus efectos en la naturaleza de la inteligencia. No estoy escribiendo un tratado, sino simplemente me limito a dar un prólogo a una narración algo especial, mediante observaciones azarosas. Por tanto aprovecharé la oportunidad para asegurar que los poderes más altos de la inteligencia reflexiva se aplican más claramente y con más utilidad en el poco ostentoso juego de damas que en la elaborada frivolidad del ajedrez. En este último, en que las piezas tienen movimientos diferentes y extraños, con valores diversos y variables, lo cual lo hace solo más complejo, se malinterpreta como algo más profundo (lo que es un error bastante común)”.
Como lo anticipé, el cambio de tema es solo relativo, pasa de lo grandilocuente (Sultana de los Andes, etc.) a lo complejo (ajedrez, etc.) como ejemplos de lo inteligente y profundo, con lo que no concuerda Poe porque todo queda inserto en el disfraz de subjetividad que hace de un discurso enredado y complejo, propositivamente oscuro, un discurso inteligente porque quien lo lee –que no entiende un carajo- cree que entiende y se considera tan brillante como el que escribió eso tan “profundo”.
Además, hay que considerar la afirmación en los términos del decreto que establece que el 31 de octubre –que celebra halloween, las brujas y el Escudo Nacional– es, a partir de este año, El Día de la Alegría, sin que nadie sepa por qué, si por las brujas, por halloween, por el Escudo Nacional o qué otro misterioso evento (recordemos que evento proviene de eventual, es decir, de lo que puede ser y no ser) que nos colme de alegría.
Aquí se nos plantea la pregunta del millón: ¿qué es la alegría? Al mataburros, exclaman los testigos, y no hay de otra, el Pequeño Larousse Ilustrado, abierto en las primeras páginas de la sección no enciclopédica nos muestra la palabra. Pese a su resplandor, leemos: “Alegría: sentimiento de placer originado generalmente por una viva satisfacción que por lo común se manifiesta con signos exteriores como la risa o la sonrisa”.
La alegría, entonces, se siente, es un sentimiento placentero que responde a un estímulo: la viva satisfacción de algo. No puede, por lo tanto, decretársela, no existe en abstracto, su existencia está ligada al deseo y a su satisfacción, en cualquier orden de la vida: comer, realizar una buena acción, leer un buen libro, hacer el amor, sentir la brisa de la mañana, reconocernos justos y solidarios, ver que el bien nos rodea, en fin, todo lo que nuestra sociedad injusta y egoísta nos niega.
Sin embargo, se establece como el Día de la Alegría a la antevíspera del día de los muertos, a la celebración de las brujas, el halloween y el Escudo Nacional, día en que deberemos reír como la hiena.
Porque, de qué o, mejor, ¿por qué se ríe la hiena? Sarcásticamente podría reírse de muchas cosas, empezando por el Día de la Alegría, pero de satisfacción no hay nada que justifique su risa, pobre animal que se alimenta de excrementos y hace el amor una vez al año. Y todavía se ríe.
Nada nos quedará sino reír como la hiena cada vez que celebremos el Día de la Alegría, porque alegría habemus, compatriotas, vía la mejor buena voluntad, ¿o no?