Recuerdos de Jim Morrison
Jim Morrison fue acusado del delito mayor de conducta impúdica y obscena, y de exhibición indecente y ebriedad.
Un lector es como un viajero, como un verdadero viajero, uno de esos seres que, en ruta, desean que su destino, aquel lugar que los puso en el camino, se aleje; que sabe cuándo su viaje una travesía por un libro, por unas tierras, por el cielo- comienza, pero ignora cuándo ni cómo termina. Soy devoto de Joseph Conrad, y hace poco releí El corazón de las tinieblas; y volví a ver Apocalypse Now, la película que Francis Ford Coppola hiciera en 1979, basada en esa novela. Y esta vez no fue el maniático, el visionario Kurtz, ni los versos de Dylan Thomas recitados por Marlon Brando en las aguas oscuras de un río salvaje, lo que más cálidamente revivió en mi pecho. Esta vez, cosa de los años, lo más cruel fue la música, The End, la canción de Jim Morrison y The Doors, que volvió a grabar en mi memoria imágenes de bombas norteamericanas haciendo saltar por el aire pequeñas aldeas de campesinos pobres. Me vinieron recuerdos de Jim Morrison, ese joven tímido, vehemente, que lleva veintisiete años descansando en el cementerio parisino de Pere Lachaise, donde lo visitan a diario cientos de jóvenes de todo el mundo.
Jim Morrison fue el único intelectual de las grandes estrellas del rock. Vivió 27 años, como Jimy Hendrix y Janis Joplin. Lideró un espectacular experimento en la cultura popular moderna, el explosivo intento de concentrar, fusionadas, en actos y en acción subversiva, el teatro y la música, la rebelión política y la liberación del cuerpo, el aprovechamiento económico y la solidaridad, la manipulación mediática y la verdad personal, los rituales religiosos indígenas y las indagaciones de la psicología de masas y la psiquiatría modernas. Lejos de la sumisión y la complacencia, Jim interpelaba a su público, intentaba subvertirlo, lo desafiaba, incitándole a los viajes más inseguros: “Toma la autopista hacia el fondo de la noche/.../Haz un viaje a la medianoche luminosa/... /Algunos han nacido para la noche que no tiene fin”, decía en una canción.
Jim Morrison tenía visiones de artista y actitud de artista, es decir, el arresto suficiente para asir a aquéllas inmediatamente y comprometerse en su materialización. Una noche, en un concierto en el Wiskey a Go-go, un bar musical de Los Ángeles, sintió deseos de cantar The End, una gran canción, por la belleza melódica de las letras (This is the end, my only friend, the end), por la atmósfera turbadora, por sus estremecedoras insinuaciones sobre el mundo; una canción que hablaba de personas “desesperadamente ávidas de alguna mano extraña/en una tierra desesperada”. Aquella noche Jim cambió repentinamente la letra. “Algo hizo click en mi mente”, contó después. Improvisó una historia que tenía a la vez algo de sagrado y de siniestro; la historia de un asesino, un joven que vuelve a la casa familiar a medianoche, visita la habitación de su hermana, se acerca sigiloso hasta la puerta del dormitorio de sus padres y pregunta: “–¿Padre? // -Sí, hijo? /…/– “Quiero ma-tar-te”. Jim lo dijo lentamente. Después miró al frente, con rabia: “–Madre...-continuó- … quiero… / co-ger-teee”. El susurro melódico, la historia del parricidio y el incesto y el grito de Morrison produjeron un gran impacto en la audiencia: “El lugar entero enloqueció”, recuerda Ray Manzarek, uno de los fundadores de The Doors. La contra-cultura cristalizaba, y era asumida como una liberación.
La canción arremetía contra la familia como institución hipócrita y represora, pero el estribillo acerca del fin y la dolorosa interpretación de Morrison expandía su sentido -un sentido efectivamente apocalíptico-, hacia todo lo que formaba parte del mundo protegido y destruido por la guerra. En Apocalypse Now, con los acordes melódicos de esa canción explotan bombas, sobrevuelan helicópteros de combate y se incendian aldeas de campesinos inocentes; la canción une el horror de la guerra en los pequeños países agredidos a la desolación de las grandes ciudades y de las familias de Estados Unidos y el mundo entero. Entre sus líneas vibran diabólicas resonancias de todos los ámbitos de la vida.
Era eso, la turbadora presencia del mal en la vida, lo que ocurría en Morrison, que cantaba casi siempre en estado de ebriedad, arrojaba cigarrillos encendidos al público e insultaba a los jóvenes de la audiencia. En un concierto del 8 de junio, Morrison, en estado de rabia, pisoteó el micrófono hasta destrozarlo. Otra vez lanzó en el escenario un golpe de puño a Asher Dann, del equipo de Los Doors. En San Francisco, el 9 de junio, llegó tarde y borracho a un concierto en el Fillmore Auditorium; en cierto momento tomó un cable y con los ojos cerrados arrojó el micrófono y empezó a hacerlo rotar en círculo, como arma arrojadiza, casi rozando la cabeza de los espectadores: Bill Graham, productor del acto, corrió e intentó detenerlo pero solo consiguió que el micrófono golpeara rotundamente en su cabeza. Morrison cantaba, hablaba y actuaba en serio. En Long Beach, 17 de junio de 1967, estuvo bebiendo toda la tarde; cuando llegó el momento de cantar poco pudo hacer: cayó en “coma alcohólico” y tuvo que ser retirado del escenario. Según el barman, Morrison tomó esa tarde veintiséis vasos de whisky, ocho más que Dyland Thomas, que murió después de su proeza.
En julio de 1967 apareció el tercer álbum de The Doors, Waiting for the Sun (Esperando al Sol). Dos de las canciones trataban de la guerra. El Soldado Desconocido lo hacía con una fuerza dramática excepcional en la música popular, acercándose no sólo al teatro sino a la ópera y la danza contemporáneas. Jim escenificaba uno de los actos de suprema crueldad de la guerra: “Company, hat!”, ordenaba una voz marcial; “Present arms!”, continuaba. Sonaba una sirena. Se oían temibles redobles de tambores: alguien iba a ser ejecutado. Era Jim, quien se disponía a morir. Ray Manzarek se colocaba de espaldas al público, delante del prisionero; alzaba lentamente su brazo izquierdo, al ritmo de los tambores; de pronto, lo dejaba caer. Estrepitosa era la descarga de fusiles. Jim Morrison, el soldado desconocido, el ejecutado, caía penosamente y permanecía en el suelo durante unos minutos. Era un logro dramático. Estremecedor.
El 2 de agosto de 1968 The Doors dio un concierto en el estadio ‘Singer Bowl’, en New York. Jim empezó la noche con un grito feroz. Cantó con una fuerza y un dramatismo propio de un momento final. Danzó, agonizó, se aferró los genitales con las dos manos, cayó al suelo, con sus pantalones de cuero marrón, su camisa sucia y manchada; quedó en posición fetal. Inmóvil. Con los ojos cerrados, sostenía el micrófono con las dos manos. Se oía un sollozo. El público se sintió conmovido y se lanzó al escenario. Los policías intentaron impedirlo, pero tuvieron que ver cómo volaban sillas y otros objetos. El tumulto era enorme. No era raro. Los conciertos de The Doors solían terminar en gresca multitudinaria. Pocos días después, el 1 de marzo de 1968, tocaron en el ‘Dinner Key’, un auditorio municipal de Miami. Lo que allí ocurrió tal vez sea lo más extraordinario, lo más gozoso que haya ocurrido nunca en un concierto de música popular.
Jim Morrison lanzó entonces un discurso interrumpido e injurioso. Acusó con sarcasmos al público de una excesiva pasividad ante la manipulación de que era víctima. “Sois un atado de imbéciles”, les dijo. “¡Nada de límites, nada de leyes”, gritaba. En un momento pareció renunciar a todo con una exclamación más alta y más larga: “No quiero esta mierda. Idos a que os den por el culo”, se oyó. Parecía la frase final de la noche. Pero Jim no se marchó. La música continuó. Morrison pidió al público subir al escenario. Los policías se pusieron en guardia. Todo podía terminar mal, muy mal. Acudiendo al llamado, los jóvenes empezaron a avanzar. Entre canción y arenga, el cantante se había apoderado de ellos, y siguió provocándolos. La música continuaba. Jim se sacó la camiseta y empezó a hacerla ondular delante de sus piernas. Enseguida hizo ademanes de despojarse del pantalón. Más de cien jóvenes subieron al escenario. Jim siguió con la música, la perorata y sus movimientos agitados. En la confusión, consiguió apoderarse del casco de un policía y lo hizo volar sobre la multitud. En revancha, el policía arrancó el sombrero de Jim y lo lanzó también al público. Todo estaba trastornado. Era “el efecto Morrison”. Jim empezó a bailar con varias chicas. Hasta que todo estalló: una parte de la audiencia empezó a desvestirse, mientras el líder gesticulaba y empujaba a la gente. En esa barahúnda alguien, un karateca miembro del cuerpo de seguridad, confundiéndolo con algún miembro exaltado del público golpeó a Morrison y lo arrojó espectacularmente a la sala. Todos lo vieron dando volteretas en el aire y caer sobre la multitud. Después del golpe del karateca y de su aventura aérea, Jim se puso de pie y empezó a bailar de una manera alocada. Estaba poseído. Bailaba “con diez mil personas siguéndolo... la audiencia parecía un remolino gigante con Jim en el medio”, recuerda John Desmore, baterista del grupo. Fuera de sí, Jim corrió, arrastrando consigo a su público, como “un rabo de nube”. En el descontrolado tumulto, se perdió y reapareció después en un balcón; luego volvió a correr, a perderse y asomarse, hasta que finalmente desapareció. El chamán delirante había conseguido enloquecer a la tribu. Miles de botellas de vino y cerveza quedaron en el suelo, sembrado también de blusas, calzones, calcetines y sostenes, que el público había arrojado por doquier en esos momentos en que aceptó el desafío de liberación lanzado por Jim Morrison, un hombre dispuesto a vivir siempre en trance de subversión del mundo.
Jim Morrison fue acusado del delito mayor de conducta impúdica y obscena, y de exhibición indecente y ebriedad. La prensa lo llamó obseso sexual, “Rasputín del rock”. El FBI intervino, ideó una estrategia y acusó formalmente a Jim Morrison de haber ‘huido de la justicia’; uno de los agentes se presentó en el despacho de The Doors y entregó una orden de arresto contra Morrison.
Jim estaba en el límite. Ya no era capaz de seguir. En Miami, un juez lo declaró culpable. En 1970, se fue a París, donde tuvo una vida vacilante; caminaba, leía, intentaba en vano escribir. Se emborrachaba. No es suficiente cambiar de espacio para esquivar el fracaso; no cuando se trata de una pasión traicionada: Morrison deseaba profundamente ser poeta. Murió el 3 de julio de 1971. Atrás quedaron policías, periodistas falsarios, jueces y plumíferos que clamaban contra el “Rasputín del rock”.
Mario Campaña
Escritor