Tomada de la edición impresa del 26 de octubre del 2008

Temor reverencial y encubrimiento, Pablo Palacio una vez más y el ideario novelístico de este y Macedonio Fernández

    | ILUSTRACIÓN: KLÉBER FLORES / El Telégrafo

ILUSTRACIÓN: KLÉBER FLORES / El Telégrafo

Pablo Palacio llega a la literatura ecuatoriana cuando la nación iniciaba su lucha contra la fragmentación geográfica, económica y cultural.



Revisando libros, apuntes y lecturas encuentro cosas raras, una de ellas, supongo que por temor reverencial (el más peligroso de todos), es la que aparece en el tomo seis (2007) de la ambiciosa Historia de las literaturas del Ecuador, donde leemos (pág. 223) que es “inexplicable” que Aguilera Malta dijera en Retratos con jalalengua que Siete luna y siete serpientes apareció tres años antes que Cien años de soledad, cuando lo malicioso de su mentira es evidente; ridículo encubrimiento que no hace bien alguno.

Y esta nota suelta sobre Pablo Palacio, de la que lo mejor (ya lo verán) es su complemento: Llega a la literatura ecuatoriana cuando la nación iniciaba su lucha contra la fragmentación geográfica, económica y cultural, durante el proceso de formación de una frágil clase media y el proletariado era casi inexistente, consecuencia de la estructura básicamente agraria del país.

Al mismo tiempo, su aparición coincide con el crecimiento de las ciudades, resultado de la crisis exportadora y del éxodo de los campesinos a las zonas urbanas. Este entorno produjo una literatura como la de Palacio, que fortalece en el Ecuador el cuento y la novela citadinos en cuya estructura es visible la marca de lo social a través de muchas mediaciones, no como simple reflejo, Pablo Palacio fue un renovador de la prosa de ficción del país y de América hispana. Por desconocido es, según expresión de Jorge Ruffinelli, “un precursor maldito”, y “padre”-aunque sea putativo-, de la narrativa iberoamericana actual, como lo señala Hernán Lavín Cerda, chileno este y uruguayo el anterior.

La primera propuesta de Palacio es la de verticalizar el discurso. Por eso sus unidades narrativas operan más a un nivel integrativo que distributivo, por lo que leerlo consiste en atravesar el texto, no en linealizarlo. Interesa más lo que dice que lo que cuenta. Su vía comunicativa es la connotación, con lo que hace que el lector entre a cumplir su función narrativa dentro del signo literario, es decir la de completador de su dimensión significativa, esto es, su papel de narratario.

Pablo Palacio, por lo demás, no tiene problema en recalcar que la literatura es un artificio, una construcción verbal, un mundo de palabras que ni refleja con exactitud la realidad ni la sustituye –tampoco la cambia de manera directa ni inmediata-, aunque proviene siempre de ella.

Nuestro autor hace también un cuestionamiento al realismo, y nos invita a trabajar uno más profundo (y abierto), que no se quede en la piel de la realidad, que es solo una apariencia, sino que llegue a sus elementos más profundos y contradictorios, en virtud de los cuales se mueve. En otras palabras, nos desafía a dar una visión dialéctica de lo que es la materia de escritura.

Reflexión complementaria: De las ideas literarias de Pablo Palacio (1906-1947) he hablado en varios libros: en el prólogo de Vida del ahorcado (México DF., 1982) en Nuevo realismo ecuatoriano (Quito, 1984), Los grandes de la década del 30 (Quito, 1985) y Valoración Múltiple de Pablo Palacio (La Habana, 1987), por ejemplo; las que, planteadas entre 1927 y 1932, podrían resumirse en: 1. Verticalización del discurso, que adquiere así un carácter situacional, restándole significación a lo anecdótico; 2. Importancia del lector como integrante del signo literario y conformador, con su lectura, de los múltiples sentidos del texto; 3.

La literatura es un artificio; 4. La novela realista miente en su empeño de sustituir la realidad; 5. Lo que cabe es desacreditarla, no imitarla; y 6. Hay que romper el tiempo y el espacio para dar la sensación de lo simultáneo; de lo que transcurre y siempre recomienza, jamás finaliza.

Las propuestas de Macedonio Fernández (1874-1952) -aplicadas fielmente en sus libros No todo es vigilia la de los ojos abiertos (1928) y Papeles de Recienvenido (1929)- aparecen en Museo de la novela de la Eterna (1967) texto que publicado quince años después de su muerte es, según Emir Rodríguez Monegal, “un experimento decisivo para la evolución de la narrativa argentina de este siglo”.

Con palabras del propio novelista, estas son sus propuestas fundamentales: 1. “La tentativa estética presente es una provocación a la escuela realista, un programa total de desacreditamiento de la verdad o realidad de lo que cuenta la novela”; 2. “Es decir que todo lo que hay son imágenes, unas voluntarias, otras involuntarias, sueño y realidad entremezclándose; 3. “El que busca leyendo la solución final, busca lo que el arte no debe dar (…) solo el que no busca una solución es el lector artista”; 4. “El ‘asunto’ en arte carece de valor artístico (…) la ejecución es todo el valor del arte”; y 5. La obra de arte-espejo se dice realista e intercepta nuestra mirada a la realidad interponiendo una copia. Yo agrego –y esto tiene que ver con la condición renovadora de Palacio a nivel continental- que dentro de la literatura latinoamericana en general, nuestros Romanticismo y Modernismo fueron muy tardíos, y ya a finales de los años 20 y principios de los 30 del siglo pasado se forjaron el realismo social –representado por el Grupo de Guayaquil y el indigenismo- y las vanguardias de la primera postguerra representadas, con gran carga local, lo que le da una tesitura muy nueva, por Pablo Palacio.
 

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