Tomada de la edición impresa del 19 de octubre del 2008

‘Limits’: la turbia humanidad del don

  | FOTO: CORTESÍA Mireia Mateoateo

FOTO: CORTESÍA Mireia Mateoateo


 

En la Espai Pere Pruna, de Barcelona, fue clausurada hace poco la exposición ‘Limits’ (‘Límites’), de la artista catalana Mireia Mateo. Se trataba sólo de una obra, una instalación compuesta de más de doscientos cincuenta piezas de cristal, largos, delgados y frágiles elementos que colgaban de una red y se prolongaban verticalmente, solitarios, o reunidos como hacen los árboles cuando hablan en el bosque, o abrazándose, enredándose, atándose unos con otros con furor. El suelo, en que algunas de estas piezas de cristal se hundían, y otras rozaban y la mayoría apenas si se contemplaban a distancia corta o media, era de arena, y en él se distinguían pasos de un ir y venir confuso, indescifrable. La iluminación creaba un conjunto lleno de misterio: la luz natural del cristal se veía interceptada por vaharadas de sombra que proyectaban sobre las paredes figuras inquietantes. En un rincón, casi desapercibido, figuraba un cuadro, todo blanco, con un delicado relieve, una especie de cuerda también blanca que parecía flotar abrazada a su blancor, violentamente confrontado al poderoso espectáculo de luces y sombras de la obra mayor.


Los asistentes a la exposición parecían desconcertados. ¿Es que se puede, hoy, proponer un misterio? ¿Hemos de explorarlo, nosotros, hombres y mujeres compelidos por el tiempo a la claridad? No estamos aquí para descifrar misterios, sino para vivir, se podría responder. No existen en nuestras vidas oráculos que puedan absolver interrogantes que sobrepasan la pobre capacidad de percepción y comprensión de que estamos dotados los seres de hoy… O quizá no; quizá la respuesta pueda ser distinta. Quizá éste sea sólo el comienzo. En todo caso, he ahí una artista, y una gran pieza de siginifición desconocida planteándonos un enigma. ¿Qué es esto?, parecían decir los espectadores la noche de la inauguración. El cristal en su transparencia, y el juego cromático, y esa voz blanca, silenciosa, que hablaba desde un rincón, no podían ser obviados. ¿Ramas translúcidas, sin hojas, de un árbol que fuera frondoso y hoy, sin follaje, sin florear, se ofrece?; ¿restos óseos fantasmagóricos?; ¿rayos extraviados de un sol blanco, libre y benéfico?; ¿lágrimas, acaso, de un cielo abandonado?; ¿venas desgajadas de un ser, acaso dios, destruido?; ¿lluvia, tal vez, de un abecedario inédito, de obstinados, prolongados vocablos que buscan pronunciar una palabra difícil?; ¿hombre y mujeres figurando en su desnudez esencial, sufriendo su soledad, su compañía, amando, amándose, de una manera pura, desesperada, perversa? No importa. Importa el don, sea lo que fuere. Importa porque nos viene de lo alto, de una altura humana, de la historia nuestra; importa porque es un legado: es de una red, de los nudos de sus hilos, que invoca los oficios de la vida, de donde acude el don.


Importa el don, repito, imprevisto y gratuito, como todo lo que nos concierne profundamente, lo que atañe a nuestro destino. El don, este don, nada tiene que ver con los regalos que generosa o interesadamente parece darnos la vida. El don de que hablamos, de que habla, creo, esta obra, no es un presente; no está a nuestro alcance; no puede ser tocado sin antes percibir y reconocer la verdad de su presencia: no comparece aquí con su extrema fragilidad para obsequiarnos; no existe en una dimensión objetiva, ni subjetiva. Como toda obra de arte, Limits, su vislumbre, aunque proviene del tiempo y acaso hasta pueda fecundarlo, se sitúa fuera de él.


Y sin embargo, lo que nos propone Limits no pertenece del todo al mundo ideal. Ese don, llegado de lo alto, viene impregnado de una vocación que se adivina en cuanto nos acercamos a él: no se suspende lejos de los accidentes de la vida; se acerca a nuestro mundo, el mundo de todos los días, el mundo de Eros y Thanatos, de Dédalo y Polemos, de Cronos y Manía. Este don que viene, tal vez, de lo intrínsicamente nuestro, de lo que hemos hecho y perdido, de lo que hacemos y esperamos, se convierte, en la proximidad, en algo distinto, en algo impuro: aquí, en el mundo humano, aquel don etéreo, de luz, se fecunda, ¡Oh contradicción!, con las sombras, con la materia luctuosa, y es así como llega, al fin a la atmósfera, al horizonte en que se despliega nuestra existencia.


Aunque parezca extraño, ninguna luz es suficiente: puede alumbrar ideas y sentimientos puros o maculados, puede iluminar nuestra más granítica oscuridad, pero eso no basta aún para vivir. Íntimamente, lo sabemos. Es sólo en un trenzarse apasionado con su opuesta la sombra que la luz fructifica, que el don adquiere su verdadero vigor, es entonces que florece su ser. La sombra no acarrea su destrucción, no la degrada. Polèmos, deidad pasional, hace con ella y con todo conflicto un acto de fecundación y germinación: sí, en Limits, la sombra sale al paso de la luz y la fertiliza, y sólo entonces ésta deja de ser materia aséptica para convertirse en presencia benevolente.


He aquí pues al don cerca de nuestro andar, de nuestro errático deambular pasado y presente, iluminándolo; he aquí el don aceptando la conminación a convertirse en algo humano, a adoptar formas más ciertas, turbiamente humanas. ¿Qué haremos ahora con este don impuro, nosotros, hombres y mujeres de la luz –artificial- o de la sombra que nos conduce a la constricción, habituados a vivir en la encarnación precisa de los objetos, de espaldas a lo invisible? Si mañana el don, éste u otro don, se hiciera presente en la vida de todos, o en la de cada uno, ¿podríamos reconocerlo? ¿Tendremos la humildad suficiente para aceptar su gratuita magnificencia y su fecunda turbiedad, edificados como hemos sido sobre la base del honor del precio, del comercio de lo humano? ¿Hay algo más perentorio en nuestras vidas que buscar un lugar para el don, cuidar de que no desaparezca, si acaso existe, o procurar su gestación, si no existe?

¿Qué hicimos con aquellos dones que tal vez llegaron y no supimos darnos cuenta, con aquellos que tal vez nos ofrecieron los días pasados, todos los días de nuestra vida? ¿Hemos de buscar la respuesta entre esos pasos anónimos en la arena? ¿Por allí se fueron? ¿Por allí, quizás, algún día volverán?

Mario Campaña

Escritor
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