Tomada de la edición impresa del 09 de noviembre del 2008

La espera es un delirio

  | FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

IMÁGENES

Datos

Trayectoria

•Fundador y director del grupo   quiteño El callejón del agua.


•El tema de la migración ha sido trabajado por este grupo en las obras: Con estos zapatos me quería comer el mundo, El pueblo de las mujeres solas y La noche de los tulipanes.


•El monólogo Diario de una dama neoyorkina contó con la asesoría de dirección de Miguel Issa, Leyson Ponce y Santiago Rodríguez.

Después de 11 años, el actor y director de teatro Jorge Mateus, regresó a Guayaquil con Diario de una dama neoyorkina.


 
 Tres sillas de madera; detrás de ellas el fondo es verde; sobre el piso una bandeja con un juego de plata para café, y  suspendida en el vacío la fotografía de un caballero.


Sentada en la silla, la dama espera. Antes de que pronuncie la primera palabra su atuendo y actitud la delatan: es vieja, es elegante, vive en la primera mitad del s. XX, y tiene “saudade”, ese estado con el que los brasileños definen a la tristeza intensa.


La voz empalagosa de April Stevens embarga el auditorio del MAAC con Teach me tiger... kiss me tiger (1959), el éxito que llevó a esta cantante neoyorkina a la cúspide por la sugestividad de la letra considerada tan sexual, que por décadas muchos fanáticos pensaron que se trataba de la voz de Marilyn Monroe.


De improviso empieza el delirio de la vieja dama,  que sentada en la silla central del escenario, diserta sobre el espanto que le producen los domingos, y los lunes y los martes y cualquier día de la semana.


El monólogo de Jorge Mateus es limpio. Basado en la instalación del norteamericano Eward Kienholz, The wair,  y en los textos de Roddy Doyle, María Amelia Mello, Dorothy Parker y Alberto Villareal Díaz, proyecta la situación de una mujer, que no es cualquier mujer. Se trata de una dama. ¿Quién es la dama? ¿Qué es una dama? Y sobre todo, comprender a una dama, que amparada en los años puede contarnos su desliz: un secreto de amores escondidos.


“Y si no viene yo alucino, ...la espera es un delirio”. Así como lo enuncia Roland Barthes en su célebre libro Fragmentos de un discurso amoroso, el monólogo de esta mujer, interpretado por Mateus, es parte de una espera que se traduce en rupturas, espacios,  silencios,  evocaciones y faltas.


La dinámica de este trabajo de dramaturgia se sostiene en la fuerza de las palabras que obliga a los espectadores  a “mirar donde el vestido se abre”, a convertir esa mirada en la propia instrospecciónque permite descubrir que los secretos de la vieja dama también son los nuestros o podrían serlo.


“Violar la correspondencia con la seguridad de los amantes” es otro de los enunciados de la dama que coincide con el hecho de que los límites en el amor se vuelven difusos. Todo es parte de un gran delirio que en algún momento se apaga. El de la dama es un recuerdo que ella revive para el público y aunque está cargado de dolor prefiere mantenerlo en su memoria que aceptar sus días presentes, anodinos y sin emociones.


En las propuestas de Jorge Mateus el humor siempre tiene un lugar trascendente al igual que la musicalización, al estilo de las rockolas populares. Para recordar basta nombrar El rincón de los amores inútiles, en donde La Lupe se luce con “Teatro, lo tuyo es puro teatro...falsedad bien engañada...” Diario de una dama neoyorkina no es la excepción. “Sigo pensando que los cigarrillos son sexis a pesar del hedor y el cáncer”. o hablar de su amante como “mi delincuente favorito” logran arrancar ciertas sonrisas al público, sin alejarlo del drama llevado hasta el melodrama de la mano de boleros como Contigo en la distancia o  Muñequita linda, de Nat King Cole, o la voz de la cantante K.D. Lang.


“Un hombre me ha robado el corazón y me ha encontrado vulnerable”, dice la dama que, cuando se pone seria, lleva su voz al registro ronco de la masculinidad, que se escabulle, a pesar de los trajes que la constriñen.


El trasfondo del monólogo es la sexualidad contenida, y finalmente revelada por una anciana anhelante de un encuentro cálido con otro cuerpo que ya no está ni estará. Que sea precisamente ella, la dama, la que delate esta pulsión es lo que la convierte en una mujer, como cualquiera; algo que social y culturalmente está negado en la vejez. “¿Por qué no vienes corazón y me entregas el paisaje de tu cuerpo?”, repite la dama usando un sinnúmero de metáforas durante los 55 minutos del monólogo.

María Paulina Briones
mbriones@telegrafo.com.ec
Editora de Cultura
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