Tomada de la edición impresa del 26 de octubre del 2008

El circuito de los titiriteros

Dos de los integrantes del grupo Abumbra muestran el manejo de sus títeres. Algunos son de espuma y otros son tradicionales. | FOTO: PILAR VERA / El Telégrafo

FOTO: PILAR VERA / El Telégrafo

Dos de los integrantes del grupo Abumbra muestran el manejo de sus títeres. Algunos son de espuma y otros son tradicionales.

Durante todo el año ellos sobreviven practicando un arte que ya no tiene la misma magia de antes.



Muñecos en miniatura o a escala humana, ataviados con el mismo cuidado como si se tratara de personas de carne y hueso, con rostros expresivos, listos para tomar vida por la gracia del hombre. Su historia es tan vieja como la civilización. Los títeres o marionetas  poseen una tradición milenaria que nos lleva a Egipto, Grecia y China.

¿Cómo es posible que hayan sobrevivido al tiempo? La respuesta es su propia génesis: la necesidad de comunicar, de contar, de fabular, de recrear, que tienen todos los seres humanos.

Las marionetas eran utilizadas para narrar una historia en una época en que una mayoría no sabía leer y menos escribir. Los títeres son vehículos o herramientas para decir la realidad o para soñarla.

Aunque en el Medioevo servían para contar historias religiosas, sus temáticas pronto se fueron desplazando hacia otros campos. El teatro de bunraku en Japón y el de joruri utilizan títeres y muñecos de medio cuerpo manipulados por cables o palancas accionados por personas vestidas de negro.  En el siglo XVIII se popularizaron tanto que se podría hablar de un siglo de auge titiritero.

Pero en la segunda mitad del siglo XX esta tradición había desparecido casi por completo, y lo que es peor, había sido circunscrita solamente al mundo infantil.

En Guayaquil, la precursora de los títiriteros es Ana von Buchwald, que después de haber visto una función de Podreca, un famoso titiritero italiano, quedó hechizada por la gracia de las figurillas de su teatrino. Luego conoció a Javier Villafañe, un argentino reconocido por esta labor. La idea de hacer sus propios títeres se fue gestando, hasta que en la década de los 80 se lanzó a ciegas, como ella dice. Así empezó una difusión y un trabajo sostenido que hoy reconocen sus seguidores y que ha dejado como saldo 421 marionetas elaboradas con mucha paciencia y retoques. Para El gigante egoísta, obra basada en el cuento de Oscar Wilde y  que aún no estrena, está elaborando 14 títeres desde el mes de abril.

Ana von Buchwald cree que en todas las artes siempre se hace la división entre trabajos mayores y menores, sobre todo relacionando esta última categoría a lo popular. “Los títeres se han hecho aquí de manera popular. No se han preocupado por cuidar la estética, la belleza del muñeco, la música”, afirma. Esa podría ser una de las causas para el desprestigio generalizado que tiene esta actividad en el medio.

Para ella, la funcionalidad de los títeres es esencialmente didáctica. Hoy, la Casa de la Cultura acoge a Ana von Buchwald en funciones dominicales. Las próximas serán el 9 y el 23 de noviembre a las 11 de la mañana y por un costo de 2 dólares. El 7 de diciembre será la última función de  temporada.

“El verdadero costo de la elaboración de los títeres es la inversión de tiempo y la dedicación que requiere cada uno”

Julio Huayamave tiene 29 años. Su vinculación con el arte vino por el teatro, los mimos, la elaboración de máscaras y títeres mientras estudiaba en la Facultad de Artes en Quito. En el año 2001 formaba parte del taller Los perros callejeros, que hacía funciones todos los domingos en el parque El Ejido. Cuando crea a sus personajes hace una lluvia de ideas que luego empata con imágenes que le vienen a la mente y  que le interesa trabajar. Lo suyo es la naturaleza como tema.

Además de la obra La danza de la serpiente, con la que ganaron el FAAL 2007, él y su compañera Mariuxi Ávila, del colectivo Thamé, -un término en las artes escénicas asiáticas que significa retener la energía para estar siempre encendidos-, presentaron en el FAAL de este año y continúan desarrollando la obra Recetas para una esquina, concebida con varios recursos del teatro de calle: máscaras, zancos, títeres con personajes de la vida cotidiana.

Huayamave no cree que lo correcto sea acumular y guardar títeres, sino considerarlos un actor más y, si es necesario, rehacerlos. La danza de la serpiente se ha presentado en la Plaza de la Música (Malecón del Salado), la Alianza Francesa, la Plaza de Artes y Oficios, una feria y 3 recintos de la costa de Esmeraldas.  “El verdadero costo de la elaboración de los títeres es la inversión de tiempo y la dedicación que requiere cada uno para hacerlos únicos y originales”, dice Julio, que ha utilizado  elementos reciclados de la naturaleza o con desechos del medio ambiente, como plásticos, botellas, periódicos, cartones, tapas y latas.

Damian Matailo tiene su taller en Babahoyo y 10 de Agosto. Es el centro de reunión de Abumbra, grupo al que también pertenecen Joan Álvarez, Lisette Mera y Darwin Rivera. Ellos están trabajando El mito del Minotauro. Los domingos presentan Una canción para el sol en La Garza roja, un complejo agroturístico, en el que hacen su función a partir de las 9:30. Lo de ellos es hacer títeres de espuma y títeres objeto.

Damian Matailo piensa que su arte no es solamente didáctica o aleccionamiento de valores. El trabajo es arduo; en su modalidad, primero se investiga, y mucho después empieza la etapa de la escritura de una obra. “Ante todo creemos en el juego porque en él hacemos nuestra propia ley”.

Karen Mendoza, del grupo Uh Manos, dice que el público se desarma frente a un pedazo de cartón y más aún de personas disfrazadas o de títeres. “El público está predispuesto. Le asusta un poco que se lo lleve a otra dimensión”.

Son 6 años de trabajo grupal sostenido y quince de trayectoria teatral personal. Antes que actríz se considera titiritera. Tomó talleres con Anita von Buchwald y asistía a las funciones que se daban en el Ballet Guayaquil Independiente, que hace 10 años quedaba en la calle Primero de Mayo. En esa época las presentaciones no se llenaban: había 5 personas por función.

Por ahora, el programa Cultura para todos, del Banco Central, acoge a Uh Manos, que en la Plataforma del MAAC y en el museo Presley Norton, escenifica la obra Amor de papagayo, los domingos a las once de la mañana, gratuitamente.
María Paulina Briones
mbriones@telegrafo.com.ec
Editora de Cultura
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