Tomada de la edición impresa del 14 de septiembre del 2008

El Festival refrescó la escena teatral

Una escena de Gatomaquia del Grupo La Cuarta de Uruguay, obra con la que hoy se cierra el Festival de Artes Escénicas.  | FOTO: CORTESÍA

FOTO: CORTESÍA

Una escena de Gatomaquia del Grupo La Cuarta de Uruguay, obra con la que hoy se cierra el Festival de Artes Escénicas.

Un encuentro de teatro es siempre una fiesta, que renueva las estéticas.



La posibilidad de la confrontación entre varias poéticas, de intercambiar puntos de vista y más que nada la continua reunión de creadores y espectadores sustancian el día a día del evento.

El XI Festival internacional de Artes Escénicas de Guayaquil, que organiza la Compañía de Danza y Teatro Sarao, ha sido exitoso. Parte del séptimo circuito de presentaciones de  Red de Festivales de Artes Escénicas de Ecuador, la cita guayaquileña se sustenta en la solidez que distingue el proyecto cultural desarrollado por Sarao, que tiene entre sus principales valores el haber logrado conformar un público y el sostenido empeño por hacerlo crecer en cantidad y en capacidad de juicio y valoración.

Trece espectáculos de seis países conformaron esta vez la muestra que como ya es costumbre no se centró únicamente en el teatro sino que también convocó a la danza. Espectáculos de Argentina, Uruguay, Cuba, España, Suiza y del país anfitrión se presentaron en varios escenarios de la ciudad y llegaron incluso a los más jóvenes gracias a un proyecto que tiene como objetivo la creación de nuevos públicos y que es vital en la formación de mujeres y hombres sensibles capaces de comprender y asumir la existencia como un constante replanteo en pos de un mundo y una vida mejores.

Denominador común de las propuestas fue la reflexión en torno a la memoria acumulada y a su importancia en la construcción de discursos creadores que indagan en el presente desde la articulación de subjetividades e identidades. Patria, nación, individuo, cuerpo fueron temas abordados. Modelos distintos de producción, fuentes bien diferentes, obras que parten de textos no teatrales --tal es el caso de Visiones de la Cubanosofía, de Cuba; El florido pensil, de País Vasco, o el Diario de un loco, a cargo de la compañía anfitriona--, remontaje de obras clásicas, entre las que se encuentran El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, o de Gatomaquia, de Lope de Vega.

Balanceado en sus propuestas, riguroso a la hora de plantear una curaduría que valoriza al teatro nacional dentro de la muestra, abierto a espacios de encuentro, reflexión y ampliación de conocimientos, el XI Festival hizo coincidir obras experimentales junto a otras más tradicionales. Se presentaron piezas de teatro gestual, cabaret, danza, teatro de texto. Dentro de las propuestas extranjeras sobresalieron sin duda La familia Coleman, de Argentina, con un muy depurado trabajo de actuación y Gatomaquia, de Uruguay, una pues que recupera el valor del verso de Lope de Vega para la escena contemporánea.

Vitales fueron los encuentros de desmontajes, una extraordinaria posibilidad de profundizar en el trabajo creador de los colectivos que asistieron a la muestra; una estrategia de profundización y búsqueda de nuevos derroteros hacia el interior de la propia escena nacional, ávida de referentes y modelos que debatir y contrastar.

Un complemento fue el taller de dramaturgia de Arístides Vargas, líder de Malayerba, quien además asistió en el marco del festival al estreno de Flores arrancadas de la niebla, una de sus primeras obras, asumida por vez primera por el colectivo español Albanta y su director Pepe Bablé. En este sentido la ocasión fue también propicia para presentar la más reciente publicación de la Casa de las Américas, un volumen que contiene tres obras antológicas de Vargas. Por su parte, el maestro Gustavo Geirola dictó su taller Aproximación psicoanalítica al teatro.

Es importante atender el hecho de que este festival  tiene lugar justo a veinte años de la creación de la Compañía de Danza y Teatro Sarao, que ha defendido y defiende contra viento y marea un proyecto cultural que es parte inalienable de la vida de la ciudad y de sus habitantes.  En el festival Sarao reestrenó Diario de un loco, a partir de la narración de Gogol.

Páginas sueltas de una existencia mediocre, fragmentos de un rompecabezas aparentemente imposible, hoja clínica de fugas y pretextos de evasión, Diario de un loco, sigue dialogando con su público a quince años de su estreno. Con adaptación, dirección e interpretación de Lucho Mueckay, es ésta la obra con más funciones en los ya veinte años de vida de Sarao. La obra es la crónica de la esperanza en tierras de desaliento, parodia del poder burócrata, el espectáculo es pretexto para debatir problemas acuciantes, lo cual hace del teatro sitio ideal para una discusión que, anclada en lo particular, deviene metáfora sobre la humanidad toda y sus imponderables.

Sustentada fundamentalmente en el trabajo de los actores, la puesta entreteje hermosas imágenes, instantes de ensueño que contrastan con el espeluznante desamparo de estos seres, ambos –el loco y la enfermera— totalmente excluidos. Los desempeños actorales, a cargo del propio Mueckay y de la actriz Michelle Mena estuvieron a la vista. Destaca el excelente trabajo de caracterización de Mueckay, quien  presenta un loco candoroso, quien, aun sin renunciar del todo al esteriotipo, deviene una figura cercana y sin fisuras, capaz de mutar constantemente e incorporar nuevos roles sin perder la esencia del personaje.

Ese “extrañamiento”, brechtiano y también emparentado con el teatro más popular, permite al espectador ir más allá de la primera lectura e intentar revelar aquello que no se ha dicho, construir una biografía.

Michelle Mena, por su parte, sustenta su trabajo en la construcción de una máscara del horror que es signo de toda una vida de (auto) represión y que la connota como un personaje expresionista, simbólico. Así, la imagen ruda de la enfermera contrasta con el candor del loco y al mismo tiempo se presenta como su doble.

La obra está repleta de pequeños detalles; se estructura en escenas en las que nada se cuenta.  Los personajes se saben parte de una representación --cómo justificar si no el momento de la fonomímica, al mismo tiempo sarcástico con esa tradición de teatro comercial, vacío y antiespasmódico--, títeres de un sistema que constantemente los aniquila. Las ansias emancipación no cesan y es necesario intentar una y otra vez la fuga, la liberación.
Jaime Gómez Triana

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