El fanatismo apela al llamado “instinto” de las masas, no a la voluntad conciente de las mismas, que haría de ellas una asociación de hombres libres.
En la revisión, a un tiempo aguda y dolida que, en su libro Lingua tertii imperii, Viktor Klemperer hace de las alteraciones que el habla consagrada por el movimiento nazi tendía a introducir en la lengua alemana, destaca aquella que pretendía alcanzar un cambio de valor de la palabra “fanatismo”, una resemantización de la misma.
De ser un recurso de autoafirmación condenable por violento, por incompatible con la vida civilizada –pues rechaza la intercomunicación dialógica con el otro y elige la imposición-, el fanatismo pasó a ser entre los nazis una muestra encomiable de fidelidad militante al führer y su movimiento; ser fanático, defensor obcecado de la verdad encarnada en ellos, era visto como una contribución al fortalecimiento del estado nazi en la aventura bélica -ya entonces denunciada como genocida y suicida- con la que hacía que el pueblo alemán le pagara el disfrute de los cinco años de realización de la utopía populista que “organizó” para él.
El fanatismo y su condición anímica exaltada y agresiva son indispensables para que una comunidad “cierre filas” en una situación límite, cuando su acción debe contrarrestar el peligro radical de la desaparición. Con su entrega al “énfasis romántico”, el fanatismo pone al entusiasmo avasallador en el lugar del convencimiento racional; lo que le falta de lógica lo sustituye con apasionamiento, y éste moviliza al “grupo en fusión”, mucho más eficazmente que ella.
El fanatismo apela al llamado “instinto” de las masas, no a la voluntad conciente de las mismas, que haría de ellas una asociación de hombres libres.
El fanatismo ha sido históricamente el recurso de autoafirmación propio de una autoridad despótico-teocrática. Emanada a su vez de una socialización religiosa, que gira en torno a la afirmación de que la fe ciega en un poder sobrehumano salvador, cuando es adoptada como núcleo aglutinante de la acción del grupo humano, es capaz de “mover montañas”, es una autoridad que se legitima precisamente a través de la reproducción de esta confianza fanática.
El elogio que los nazis hacían del fanatismo estaba dirigido a la capacidad de éste de obnubilar el entendimiento, de llevar a la gente a “comulgar con ruedas de molino”, a aceptar como racionalmente probables las estrategias absurdas de su führer, su sacerdote-gobernante, y a disponerse a aportar a la “victoria final” con un sacrificio físico y moral, el de su cuerpo en el campo de batalla y el de su “alma” en la complicidad con el genocidio “conocido a medias” del estado que la representaba.
El fanatismo es un síntoma de la entrega desesperada de una comunidad a la última opción que le queda para salir de una situación de miseria económica y política, experimentada como insoportable; una “vía de salvación” cuyo mínimo de probabilidades de éxito -que la lleva a los límites de lo ilusorio- ha sido convertido por las circunstancias en el único margen de posibilidad disponible e imaginable para la acción.
El fanatismo es indicativo de un estado de cosas en el que a un grupo no le es posible otra cosa que “jugarse el todo por el todo”, arriesgándose a una “flucht nach vorne”, a una huida que, en lugar de alejarlo del peligro, lo lleve a precipitarse en él.
Es claro que el fanatismo tiene que ser un recurso esencial en la autoafirmación de los movimientos populistas que irrumpen en los últimos años en la América Latina. Son movimientos surgidos del fracaso rotundo de las repúblicas montadas hace doscientos años, de la institucionalidad política de éstas, que debía ocultar la barbarie implícita en el carácter oligárquico de su constitución y alimentar entre los excluidos la ilusión de que “algún día” (“pronto”, dada la “aceleración indetenible del progreso”) serían admitidos en ellas y pasarían a gozar de los privilegios correspondientes.
Son movimientos que ven su última, muy poco probable, casi ilusoria oportunidad de salvación en un drástico “golpe de timón” en el gobierno de esas mismas repúblicas, en un milagroso giro de 180 grados en el funcionamiento de esas mismas instituciones democrático representativas; movimientos que creen que la probabilidad de esa salvación está garantizada por la presencia de un hombre providencial, entregado en cuerpo y alma a los intereses del pueblo, y dotado de facultades casi sobrehumanas.
El fanatismo resulta indispensable para estos movimientos porque sólo cegándose a la realidad revolucionaria que hay en ellos, solo aseverando contra toda lógica que la reconstrucción de lo obsoleto equivale a la construcción de algo nuevo, que la misma nave –solo que bien guiada- puede viajar en sentido contrario; sólo induciéndose a la fuerza la idea absurda de que algo radical puede cambiar sin que acontezca un cambio radical, están en capacidad de mantener su unidad y reunir la fuerza que necesitan para vencer en las plazas y en las urnas a sus únicos contrincantes: los poderosos defensores de un remozamiento “estructural” de las viejas repúblicas oligárquicas y sus instituciones.
Una de las tareas más importantes que se le imponen al político revolucionario en medio del “tsunami” populista de nuestros días es la de convertir lo que es un fanatismo espontáneo de masas desesperadas en el entusiasmo racional de una asamblea de ciudadanos. Se trata obviamente de una tarea casi imposible en las circunstancias actuales de la lucha política, dado que puede parecer no sólo innecesaria sino incluso contraproducente –puede traer consigo efectos “desmovilizadores”-.
“En caliente”, sin la influencia anticlimática y “congeladora” de la discusión racional –caricaturizada como “intelectualista”-, las medidas urgentes pueden tomarse de manera más expedita. Pero, más allá de estas condiciones adversas, se trata sin duda de una tarea esencial.
Bolívar Echeverría A.
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