Tomada de la edición impresa del 02 de diciembre del 2008

Los nutrientes de la palabra

Rodolfo Hinostroza, poeta, narrador, dramaturgo, traductor, periodista peruano, fue uno de los ‘platos fuertes’ de la Feria del Libro; primero en Guayaquil y luego en Quito.



“Disculpa, ¿dónde compraste ese libro?”, pregunta el poeta. Aquí, contesta el reportero. “Préstamelo, es que no traje”, dice entonces el primero, y la escena se torna surrealista:   Rodolfo Hinostroza, uno de los escritores más importantes del Perú contemporáneo, pide su propia antología para dar comienzo al recital que ha organizado en Guayaquil el Ministerio de Cultura, en el marco de la Feria del Libro. “No lo conseguí por ningún lado”, explica, a pesar de que se trata de una conocida edición española. Distraído y descomplicado, es, al mismo tiempo, de una enérgica agudeza, traducida en frontalidad y humor.

Desde Consejero del lobo (1965), se advierte la connotación, aunque nunca panfletaria, política de su poesía. Usted ha dicho, después, en Contra Natura (1971): “Los imbéciles han renunciado al poder: yo me confieso imbécil”. Pero nunca se renuncia a hablar del poder…
Pero se trata de un punto de vista meta-político, que es, realmente, lo que le conviene al poeta y al artista en general; ya que éste no debe articularse a la militancia partidista, sino a la reflexión independiente, asunto indispensable para la construcción de una conciencia. No se puede prescindir de la política, pero sí se puede –y se debe- tomar cierta distancia de ella. Acerca de lo que dices, debo acotar que hay una diferencia entre el primero y el segundo libro en cuanto al tratamiento de este tema, porque para Contra Natura yo ya había atravesado, en carne propia, la experiencia, digamos, liberadora de Mayo del 68, en París; y en su momento me identifiqué fuertemente con aquella revuelta que apuntaba su vehemencia, justamente, contra los rasgos del poder autoritario…  

… Pero usted algo de autoritarismo ya había experimentado, en Cuba…
Claro, claro, yo salí de Cuba después de vivir dos años allí. Es más, Consejero del lobo, el poemario que mencionabas, se publicó en la isla… Pero con el fortalecimiento del castrismo no me quedó otra opción que enfrentarme a un poder al que consideraba muy autoritario, y creo que la historia me ha dado la razón en eso. A finales de la década regresé a Perú. Al poco tiempo me fui a Francia, quizá todavía huyendo de la política, y en su expresión más tensa, ya que había en mi país una serie de guerrillas y conflictos en los que, incluso, terminaron muertos muchos amigos míos. Entonces tomé un barco, y cuando atraqué puerto, me encontré una vez más con un momento de efervescencia. Claro, este me interesó porque la visión de la política que el movimiento juvenil representaba prometía mucho, por lo menos en ese instante. Era, obviamente, una visión muy distinta de la que yo había vivido en Cuba.

El artista, en política, no debe articularse a la militancia partidista, sino a la reflexión independiente

En ese sentido, quisiera  su juicio acerca de ciertas coyunturas en el plano político actual, por ejemplo, el supuesto fortalecimiento regional de América Latina, el golpe de timón hacia la izquierda en los últimos años…
Bueno, hoy hay que preguntarse qué es derecha y qué es izquierda… Pero creo que todo se trata, se resume, más bien, en la recuperación de un derecho: el de los países pequeños a no dejarse explotar de manera tan atroz como lo han sido. Recuperar el respeto por sus recursos. Ojalá algo así ocurriera en el Perú, porque lo están vendiendo a retazos… Claro, hay que reconocer de todas formas que, en estas nuevas tentativas políticas, existe una noción autoritaria, una idea personalista del poder, específicamente apuntalada por Chávez… existe una especie de paranoia. Pero me gusta lo que está ocurriendo aquí con Correa, y siento por Evo una honda simpatía, porque conozco mucho Bolivia, las condiciones en las que han vivido las mayorías, y ahora me parece que se experimenta un proceso hacia la dignidad.

Volvamos a su literatura y a sus ‘herramientas de construcción’ del poema. Usted le ha dicho al crítico Paolo de Lima que le interesan, sobre todo, los primeros y los últimos versos. Los primeros en el sentido de que son un arranque dictado por Apolo; los últimos, porque hay que trabajarlos, afilarlos para la última incisión…
Es verdad, es verdad… los primeros son un arranque de súbita fuerza, casi espontánea, los últimos deben ser un golpe inapelable, concluyente, para quien frente al texto se encuentre.

Después de leer un poema suyo titulado Los orígenes de la sublimación, me preguntaba cuánta influencia puede haber tenido el psicoanálisis en esta parte de su escritura… la utilización de matemas en sus textos, por ejemplo, puede sugerir que ha leído a Lacan…
No solamente lo leí, sino que acudí a uno de sus seminarios, en París. Además, me hice psicoanalizar durante siete años, y luego publiqué un libro titulado Aprendizaje de la limpieza –editado en España por Tusquets-, donde cuento mi psicoanálisis… crudamente lo cuento… Conozco mucho el asunto, por eso no es extraño que esté presente en mi poesía y en otros registros de mi escritura.

¿Y el misticismo?
Bueno, me ha interesado siempre la mística cristiana, además de los postulados sobre el amor de pensadores como Igor Caruso.

34 años después de Contra Natura,  libro en el que aparecen expresiones en distintas lenguas, fórmulas matemáticas, el horóscopo; se edita Memorial de casa grande (2007), donde se advierte el uso de un lenguaje muy sencillo, coloquial, ¿cómo se suscitó esa transición?
Debes recordar que, como he dicho en varias ocasiones, no es que no haya hecho nada entre libro y libro. Entre libro y libro he hecho libros, pero no necesariamente de poesía. He escrito cuentos, novelas, ensayos, teatro, gastronomía… de todo. En esos 34 años publiqué un montón, entonces no es que estuve retirado, calculando concientemente la necesidad de un cambio de estilo, de talante. Pero quizá lo que me hizo acercarme a ese tono más íntimo, más familiar, es que uno de los clásicos reproches que en mi país se me hacían era ser un poeta cosmopolita, pendiente  siempre de otras culturas. Era cierto, pero aquello no desvirtuaba para nada el hecho de que tenía –y tengo- un arraigo peruano, muy pasional, que por fin pudo ser expresado de manera franca en mis últimas obras, no solamente en Memorial, sino en los libros de cocina peruana que he publicado en España…

… todo está vulgarmente ‘marqueteado’. La poesía se ha salvado por una razón paradójica: no la lee nadie

Bueno, Mutis decía que se resistió a ir al colegio porque su tiempo libre, cuando no leía a los clásicos franceses, lo dedicaba al billar, ya que se parecía mucho a hacer un poema… ¿no encuentra usted algunas analogías entre la preparación de un texto y de un plato?
No, no, no (ríe y, a pesar de la gripe que lo agobia, toma un sorbo de su cerveza), ¡un plato es más rico que un poema!... y Mutis nunca me ha gustado mucho. Quizá le salían las carambolas en el billar, porque en los poemas no. Pero déjame completarte mi respuesta anterior: creo que la poesía no es un oficio de tiempo completo; en México, por ejemplo, donde viví unos meses, hay muchos poetas de veinte años que ya tienen veinte libros, y viven inmersos, todo el tiempo, en la poesía… o en lo que ellos creen que es poesía. Claro, la mayoría de las veces no dejan ningún rastro memorable. Yo he utilizado mi tiempo bien: entre poemario y poemario no solo escribí otras cosas, sino que aprendí cocina, ajedrez... y esas “otras” cosas terminan por nutrir el discurso. Hay que desconfiar del poeta que no sale de su jaula académica.

Usted ha dicho, también en conversación con de Lima, que Memorial de casa grande no es un libro ni narrativo ni coloquial, sino dramático, y que cada poema se monta un poco sobre el otro como esa sintaxis de Tarantino en Pulp Fiction. ¿Qué tanto impacto ha tenido el cine en su propuesta?
No creo que exista una influencia conciente, pero conozco mucho de cine, frecuenté durante años la Cinemateca Nacional y descubrí maestros como Orson Welles y Hitchcock, que me fascinaron.

Le preguntaba porque usted hace algo que también ha hecho Pasolini: tomar personajes de la mitología o la literatura clásica y ubicarlos en ambientes modernos. Usted lo ha hecho, por ejemplo, con Lisístrata; Pasolini, con Edipo...
Es que esos personajes sintetizan, precisamente, esencias de la condición humana que trascienden épocas, que se repiten. Yo considero los mitos una fuente de la que hay que beber una y otra vez. Hubo, además, en mi vida, una experiencia que intensificó mi fascinación por la mitología: haber vivido en Mallorca e intercambiado ideas con Robert Graves.

Usted, como narrador, obtuvo el Premio Juan Rulfo de cuento, y ha dicho que para Memorial  le interesaron ciertas estructuras de Faulkner. Las grandes novelas, ¿son una especie en vías de extinción?
Lo que ocurre es que se ha vuelto todo muy ligh, todo está vulgarmente ‘marqueteado’. La poesía, sin mencionar los inevitables casos de esnobismo, se ha salvado por una razón paradójica: no la lee nadie (vuelve a reír y a empuñar su cerveza). Aún es como un templo en silencio.
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador