Tomada de la edición impresa del 02 de diciembre del 2008

Bibliotecas olvidadas

La pequeña Javiera juega entre los estantes del Centro Cultural Comunitario Joaquín Gallegos Lara en Stella Maris. |  FOTO: MARÍA PAULINA BRIONES

FOTO: MARÍA PAULINA BRIONES

La pequeña Javiera juega entre los estantes del Centro Cultural Comunitario Joaquín Gallegos Lara en Stella Maris.

Datos

Bibliotecas en cifras


•US$ 183.730,74 es la asignación inicial para el Sinab, que entrega el Ministerio de Educación. En este rubro está incluido el pago de servicios, de personal por contrato, fletes y maniobras; almacenamiento embalaje y envase; capacitación para elpersonal. Adecuación de locales y materiales de aseo, entre otros.


•El rubro de fondos propios contempla material de oficina, vehículos, viáticos, pasajes al interior, materiales didácticos, seguros, y es de US$ 20.500.


•Los sueldos para los asistentes administrativos y auxiliares de servicio
oscilan entre los US$445 y los US$ 495.


•Las bibliotecarias reciben US$150 y
no están afiliadas al Seguro Social. Algunas deben hacer actividades paralelas a su trabajo para subsistir.


•Algunos de estos centros cierran sus puertas temprano por la delincuencia.

La falta de recursos provoca que el material que poseen no se aproveche.

Antecedentes


Los locales del  Sistema Nacional de Bibliotecas (Sinab) están ubicados en todo el territorio nacional.
 
En la actualidad hay  544 bibliotecas comunitarias en zonas urbanomarginales del  Ecuador; y solamente 11 de ellas están en el cantón Guayaquil.


La coordinación de esta entidad ocupa hoy el piso 3 del Ministerio del Litoral, en donde funcionará una gran biblioteca con sala de proyección audiovisual para dictar talleres y charlas, además de una sección para libros infantiles. El fondo editorial será de más de 3.000 libros.



Las bibliotecas del Sinab en Guayaquil están aisladas, no tienen recursos económicos ni técnicos, muy pocos las visitan y cuando lo hacen no pueden pedir libros prestados porque no está establecido un sistema de préstamos externo. Se llaman centros culturales comunitarios, pero un nombre no es suficiente para que lo sean.

Flavio Hidalgo acaba de estrenarse como coordinador del Sinab en Guayaquil. Todos los días, de 8:00 a 17:00, trabaja en el tercer piso del edificio del Gobierno del Litoral. Para llegar hasta él tiene que atravesar salas enormes, aún vacías, que aguardan el nuevo mobiliario que será parte de la biblioteca sede de otras más pequeñas, ubicadas en áreas urbanomarginales de la ciudad.

 “Cada biblioteca empieza con un fondo de 500 libros, algunos comprados por el Sinab y otros donados por personas naturales o instituciones”, explica Hidalgo, que además dice que la idea que tienen es que “se hagan bibliotecas comunitarias”. El coordinador corrobora que no hay un sistema de préstamos, “pero cada uno de estos centros establece un acuerdo tácito entre el bibliotecario y el lector que quiere leer un libro”.

Recién se propuso elaborar un reglamento para funcionamiento de biblioteca con sistema de préstamo a domicilio, informa el funcionario. Las bibliotecas comunitarias fijan  sus horarios de acuerdo a la necesidad de los habitantes del sector; generalmente abren a las 8 de la mañana. Al principio de este proyecto de armar bibliotecas, “el Sinab pensó en un centro de investigación, que a medida que crece se convierte en biblioteca, y luego, en centros culturales, que son más completos y tienen más recursos”. 

Aunque la idea es interesante, la realidad es un puerto lejano, al menos por ahora.     Llegar a la biblioteca Joaquín Gallegos Lara, en la parroquia Ximena, en el Guasmo Sur de la ciudad, significa tomar varios buses o pagar un taxi de 8 dólares si se vive en el norte. Para los habitantes del sector el acceso es sencillo. La señal de que se ha llegado al lugar es la iglesia Stella Maris;  la calle tiene el mismo nombre, y se avanza por la avenida Domingo Comín. Exactamente frente a la iglesia está el Centro Cultural Comunitario.  Un PAI resguarda el parque solitario en donde hay canchas deportivas.  A las 9 de la mañana nadie juega en el lugar o lo atraviesa y las únicas voces audibles son las de Evelia Ramírez y los 9 niños que se reúnen todos los días para leer. Frente al parque está abierta la licorera Kelly,  un local para arreglo de bicicletas, y en la esquina, una picantería.

Una cartulina anuncia las clases de estimulación temprana de los martes y jueves, de 14:00 a 16:00; una vez adentro las mesas, las sillas y los estantes intentan proporcionar una calidez inexistente. En el fondo, los 9 pequeños de entre 3 y 4 años escuchan la historia de Bambi.  Hay una pizarra,  una grabadora y decenas de pupitres forrados con plástico que esperan el momento de servir en otras bibliotecas. También hay mucho polvo.

“¿Quiénes viven en el bosque?” “¡Los leones…!”, contestan en coro los niños. “¿Y quién  más vive en un bosque?” “¡Los chanchos….y el caballo!”,  dice otro niño.  Los pequeños disfrutan de la actividad, son muy despiertos y quieren seguir leyendo, pero Evelia, que hace este trabajo desde hace un año, sabe que no es suficiente con haber logrado la atención de los niños, así que les hace más preguntas. “¿El burro es un animal salvaje?”...

El centro comunitario Joaquín Gallegos Lara posee un jardín integrado (Los amigos pequeños) que recibe todas las mañanas a estos niños que se quedan hasta las 11:30.

“Necesitamos materiales”, reconoce esta maestra que probó suerte, envió su currículo al Sinab y fue contratada. Por la tarde ella tiene otro negocio, es vendedora de Yanbal, y así compensa los 150 dólares que gana en el Centro Cultural Comunitario.

Normalmente hay más movimiento, “organizamos concursos de pintura o de oratoria y las otras escuelas vienen para visitar este lugar”.

Varias de las bibliotecas de Guayaquil estaban en inventario y por eso su funcionamiento no era el mejor al momento de hacer este reportaje, pero quienes trabajan en ellas dieron un testimonio muy similar al que se encontró durante nuestra visita.

Ronald Cañizares tiene 38 años y vive con su familia en la cooperativa 12 de Octubre, aledaña al centro cultural comunitario. A él y a sus tres hijos les gusta pasear por el parque.  Mientras empuja el coche de la menor de sus hijas se detiene para conversar y dice que no viene mucho entre semana, pero es martes y él está ahí.  “Solo los fines de semana cuando hay mucha gente traigo a mis hijos, porque es menos peligroso”.

Él, al igual que otros transeúntes, no sabía que había una biblioteca dentro del parque.  Cuando sus hijos Kevin (14) y Gabriela (10) tienen que hacer una investigación usan un cyber.

Dustin Arteaga tiene 27 años y trabaja desde hace tres en la tienda de arreglo de bicicletas, frente al parque. Sabe que existe el centro cultural, pero no que funciona como biblioteca. Cree que la zona es segura porque hay un PAI.

La situación de la biblioteca Jaime Roldós Aguilera, que está en el sector Plan Piloto, calle P, entre la 24 y 26, no difiere mucho. 

 La Lcda. Matilde Víctores García es, desde hace 4 años, la bibliotecaria. Como están haciendo un inventario, también la acompaña el archivista John González  En otra época este local sirvió como sede coordinadora de las bibliotecas.

Aparentemente se trata de la biblioteca con mayores fondos. Son 4.000 libros en todas las áreas y está abierta desde las 9:00 hasta las  17:00.  De vez en cuando se hacen actividades culturales, se invita a las escuelas para la hora del cuento o de los títeres, explica la Lcda Víctores.

El techo de la biblioteca tiene serios problemas; una vez a la semana la señora que vive al lado y hace guardianía limpia el local.

“El resto de días nos turnamos para hacer la limpieza, y a veces tenemos que comprar el detergente, o el cloro con nuestros propios recursos”, dice la Lcda. Víctores, que añade: “Nosotras tenemos vídeos, material, pero no en dónde verlo,  para hacer las presentaciones o exposiciones. Simplemente lo hacemos a la antigua”.

La única computadora que hay es para uso administrativo, pero no está conectada a la Internet. Así, en lugar de que estos sitios tiendan puentes entre el barrio y el mundo, lo que hacen es construir muros.

Aunque la idea que sostiene la existencia de los centros culturales comunitarios es positiva, la realidad indica que su nombre se queda solo como una mera etiqueta, que funciona con la buena voluntad de las personas dedicadas a su comunidad.

La página web del Sistema Nacional de Bibliotecas revela que el presupuesto asignado anualmente es de 183.730,74 dólares, un rubro que debe cubrir los gastos y necesidades de las 544 bibliotecas que forman parte de este sistema. Jazmín Toala tiene 32 años y trabaja desde hace 8 en el centro comunitario Jaime Roldós en el Batallón del Suburbio. También gana 150 dólares mensuales. Al igual que Evelia Ramírez, tampoco recibe bonificaciones o tiene acceso al Seguro Social.

“Muchas veces mi  padre me ha dicho que cambie de trabajo, pero este me gusta y es para la comunidad”.

Al igual que los otros trabajadores de los centros, ella espera que todo avance.

JOHN GONZÁLEZ

Archivista profesional

“Se necesita mejorar la infraestructura, también hacen falta recursos técnicos, como televisores, dvds, pizarrones”.

MATILDE VÍCTORES

Bibliotecóloga

“La limpieza la hace la guardiana una vez por semana. Luego nos turnamos quién trae  el detergente y limpiamos nosotros”.

RONALD CAÑIZARES

Padre de familia, vive en la Coop. 12 de Octubre

“Cuando mis hijos tienen que hacer una investigación van a un cyber”.
María Paulina Briones
mbriones@telegrafo.com.ec
Editora de Cultura