Retazos de puro oropel
El más reciente estreno del cine nacional muestra un Guayaquil de cuento de hadas.
Rodeada de una impresionante aureola mediática, acompañada de tres hermosas mujeres en los roles principales, y dirigida por Viviana Cordero, una realizadora con oficio, llegó a las carteleras Retazos de vida. Pero no fue suficiente ni la alfombra roja con que se estrenó, ni la presencia de Éricka Velez, Giovanna Andrade y María Teresa Guerrero, ni la tan publicitada ambientación de la historia en Guayaquil para salvar una película que se presenta como un hito del cine nacional, pero que sólo queda en una colección de retazos mal hilvanados, historias truncas, emociones postizas y lágrimas de silicona: retazos desperdigados en el cajón del sastre.
Una lástima, porque llega en un momento en que el cine ecuatoriano respira bien, debido en gran medida (hay que decirlo) a las películas de Sebastián Cordero, Tania Hermida y Víctor Arregui, que trajeron un aire fresco al cine nacional, historias con otro aliento, preocupación estética por lo urbano. Y que le apostaron firmemente a retratar al Ecuador profundo, y a sus gentes, no a centrar la dirección fotográfica en lograr postales turísticas.
Que nadie se confunda: la “estética fílmica del retazo” es muy válida y la han legitimado en los últimos años directores tan dispares como Almodóvar, González Iñárritu y San Quentin Tarantino, quien convirtió las hilachas, lo pulp, el folletín, en su sello.
Pero ninguno tuvo que hacer un close-up (tan evidente por demás) a las marcas que los patrocinaban. Mala cosa esta en el cine. Poner a personajes a decir diálogos como: “Qué bonito que está Guayaquil”, o resaltar el letrero del Hilton, porque el Municipio o el hotel en cuestión, ayudaron a la financiación.
¿Por qué desaprovechar temas como el de la adicción a las drogas, el drama de los migrantes, el arribismo social, la discriminación y la fatuidad de las pasarelas en una película tan dirigida hacia el mercado, tan telenovelesca?
Viviana Cordero y Daniela Creamer (una mujer que solía hacer críticas de cine inteligentes, ahora una de las productoras) pudieron haber hecho una radiografía honesta de Guayaquil, a la que no hay que vender como postal en una película sino tan solo saber reflejar. Con sus contradicciones, sus desigualdades, su estero, su gusto por la salsa, el bullicio y el sexo, caótica y a la vez moderna.
La historia de las dos modelos (Vélez y Guerrero), y de la activista comprometida con los migrantes en Europa (Andrade) se queda en la epidermis, y no deja lucirse a otras, de más peso, como la de Rafaela, la implacable dueña de la agencia de modas; su asistente homosexual (uno de los personajes bien logrados de la película, Omar Naranjo); la abuela (impecable Marina Salvarezza) y la madre de Lisette, la inmigrante, que interpreta Azucena Mora.
En un final facilista, resuelto en blanco y negro, una de las protagonistas le pregunta a su sensible prima, en una frase que parece tomada de Vargas Llosa: ¿En qué momento se jodió todo? El espectador, sin dudarlo, tiene la respuesta en la punta de la lengua. Desde el momento mismo en que compró la entrada para ver estos Retazos.
David Sosa
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Editor-Séptimo Día