Ser el agua y también la semilla
Las salas guayaquileñas exhiben esta semana una notable película argentina sobre un tema difícil.
“Alex nació azul, y tardó cuarenta segundos en respirar”, dice Kraken (Ricardo Darín) en XXY (2007), ópera prima de Lucía Puenzo, que obtuvo el Premio de la Semana de la Crítica en el último Festival de Cannes. Y todos los espacios registrados en la cinta –casi siempre silenciosos- conservan un tono azulado, como la indolente luz del alba que sorprende a un ebrio en la calle. Angustia pura. Zozobra, más bien. Eso es esta película. Como La naranja mecánica de Kubrick o Trainspotting de Danny Boyle, logra –aunque en temática o forma no tenga mucho que ver con las obras citadas- la consecución de un anhelo cada vez más importante para el cine actual: la supresión de los momentos en que la historia reposa. Lo que se busca -y que Puenzo consigue sin pirotecnia narrativa, más bien con la herramienta doble de la austeridad/precisión-, es sembrar en el espectador una ansiedad animal desde la escena uno.
Alex es hermafrodita. Tiene quince años. Kraken es su padre, un biólogo marino que se asienta con su mujer y su hija en un poblado uruguayo de pescadores, en función de proteger a Alex de la agresividad de la ciudad. La misma cinta se encargará de demostrar que si hay algo que existe, indefectiblemente, en cualquier parte, es una caterva de imbéciles.
La estructura narrativa de XXY constituye una especie de conciliación de opuestos. Algunos diálogos parecerían estar escritos en un registro cercano a la dramaturgia del absurdo; hay algunas escenas con una sugerente vibra surrealista (todo el trabajo con los animales, la elevación de estos al estrato de metáforas, es un recurso con un claro dejo buñueliano) y, al mismo tiempo, es una historia de una evidente connotación social, concreta, en la medida en que visibiliza, por lo menos parcialmente, la realidad de una minoría ajena –hasta ahora- a una tradición cinematográfica por momentos empalagada con el tema de la dictadura.
Los detractores de la cinta –pocos, la verdad- han dicho que ésta se regodea demasiado en la bizarra historia de amor entre Álex y Álvaro, y que descuida, casualmente, la dimensión social de la condición sexual de la primera –interpretada magistralmente por Inés Efron-, los problemas que le acarrea dicha condición en su comunidad. Lo que quizá no han visto, es que la de Puenzo es una apuesta por lo sintético. Alex es un cuerpo a operar, o como dice algún personaje, a castrar; y ese cuerpo sintetiza todo aquello que es victimizado por los dispositivos de castración -ya a nivel simbólico y psicológico- que ostenta una sociedad, una cultura entera.
La hija de Luis Puenzo (director de La historia oficial, única cinta argentina ganadora de un Óscar a mejor película extranjera) no pide favores; se ha agenciado, con XXY, un encomiable debut en la dirección. Es también una apuesta por la valentía. Lucía nos habla de un personaje que, frente a la insistencia de un centro regulador que le dice: “Decide, ¿hombre o mujer?” (y para el que el disciplinamiento sexual de los cuerpos es una obsesión), simplemente contesta: lo que soy. Y punto.
Fabián Darío Mosquera
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Coordinador