Tomada de la edición impresa del 05 de septiembre del 2008

Oscura fiesta en el búnker

El actor suizo Bruno Ganz ha asegurado que el rol de Adolf Hitler es “el papel de su vida”.  | FOTO: CORTESÍA MAAC CINE

FOTO: CORTESÍA MAAC CINE

El actor suizo Bruno Ganz ha asegurado que el rol de Adolf Hitler es “el papel de su vida”.

Datos

La ficha


Año: 2004
Director: Oliver Hirschbiegel
Título original: Der untergang
Actores: Bruno Ganz (A. Hitler), Alexandra María Lara (T. Junge), Corinna Harfouch (M. Goebbels) Juliane Köhler (E. Braun)

El MAAC Cine presenta una película sobre las últimas horas de Adolfo Hitler.



Película de interiores. Hitler en el ‘panic room’, durante sus últimos días. Un monstruo sujeto a la lectura actoral, al escrutinio de un solvente intérprete de carácter, el  suizo Bruno Ganz -por su versatilidad, una suerte de Dustin Hoffman del cine europeo-, quien se decide a vulnerar el “tabú cinematográfico” en que se había convertido el Führer: ningún actor de ascendencia germana se había atrevido, antes de La caída (2004), a encarnarlo de la manera en que lo ha hecho Ganz, y ningún director a retratarlo como Oliver Hirschbiegel, quien logra una respetable adaptación del libro histórico de Joachim Fest –con ayuda del guionista Bernd Eichinger- que se inscribe, inevitablemente, en la vastísima genealogía conformada por las cintas sobre la Segunda Guerra Mundial.

El herrumbrado cielo de una ciudad en ruinas, que vemos en La caída, es el mismo que apreciamos en las distintas versiones de Los juicios de Nuremberg, o el que Rossellini mostró en su Alemania año 0 (1947). El padre del Neorrealismo ya había, en Roma, ciudad abierta, de 1946, insinuado los sibaritas excesos alcohólicos de los nazis, que Visconti exacerbó en La caída de los dioses, y que Hirschbiegel utiliza para expresar el deterioro, el caos gangrenando un sistema que el pueblo alemán creyó (y quiso) mesiánico, aséptico. Perfecto. Con el ejército rojo acercándose sin tregua, ¿qué queda? Embriagarse, obvio.

El pueblo alemán, ése del que Hitler se expresa en los siguientes términos: “Si la guerra está perdida, no me importa que sufra, no derramaré una sola lágrima por él. No merece nada mejor”. El mismo pueblo al que esta película llega como un aleccionamiento histórico, muy a la usanza de lo que la clase media de aquel país ha generado durante décadas, para filtrar algo de luz en la oscurana de culpa que la envolvió después de la Guerra. Y es que fue, precisamente, el pequeño burgués alemán el que propició el apuntalamiento del nazismo, con todas sus grandilocuentes y delirantes patrañas.

De allí que aparezca la verdadera Traudl Jung –secretaria de Hitler, interpretada en la cinta por la rumana Alexandra María Lara- imprimiéndole, con sus palabras, a través de una conclusión en registro documental, un principio de “constricción y enmienda” a la propuesta de Hirschbiegel: “Cuando supe que el mismo año en que me uní a los nazis arrestaron a Sophie Scholl, me di cuenta de que la juventud no es excusa: debí enterarme de lo que pasaba. De todos los muertos”.

Quizá los cinéfilos, al apreciar ciertos encuadres de equilibrio simétrico y la ‘grácil’ utilización del travelling (sobre todo en la primera media hora de metraje), encontrarán en La caída rezagos de Leni Reifensthal, pero expresados de manera inversa. Se diría, incluso, irónica: ya no se trata de registrar la ampulosidad del nazismo en todo su virulento esplendor -como hizo Reifensthal, cineasta oficial de dicho régimen-, sino, más bien, su degradación. Su inapelable destino de escombros. Una destrucción, sin embargo, calculada con notable escrúpulo estético: sobresalen la fotografía de Rainer Klausmann y la dirección de arte de Yelena Zhukova (directora de arte de El arca rusa. No hacen falta más referencias).

A eso se suma el trabajo de los intérpretes, en especial de las actrices: Juliane Köhler dándole vida a una Eva Braun de sonrisa vacua, parapetada detrás de la juerga para esperar a la muerte. Corinna Harfouch como Magda Goebbels, poniendo en la boca de sus hijos cápsulas de veneno. Decidiendo no dejarle nada al enemigo. Algo de la altanería aria que  subsiste entre las ruinas.
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador
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