El clásico
El libro de arena, de Jorge Luis Borges analizado por Miguel Cabrera Plaza.
La magia y lo conciso del talento de Borges se ven desplegados en este libro en que, como es costumbre del autor, menos es más. En El Otro, por ejemplo, la posibilidad de encontrarse con un yo, más viejo (o visto desde el otro, más joven), fascina y engancha como una situación que a cualquiera gustaría vivir. Borges, que luchó durante toda su vida con una ceguera progresiva, se regodea en deliciosas descripciones que, me atrevería a decir, son en parte producto de un ejercicio de aquel que carece de este sentido. Recomendación –y no voy a ir en orden- es El disco con el argumento absurdo, pero borgeanamente posible (o posiblemente borgeano) del disco de un solo lado que condena a un hombre a la búsqueda eterna; es en su sencillez y corta longitud un aterrizaje a papel al eterno del disco mismo.
Llama mucho la atención El Congreso, un proyecto utópico que solo termina siendo real tras la chance de disolución o destrucción. Cada historia, meticulosamente escrita, en algunos casos incisiva y con un derroche de imaginación asombrosa, nos lleva a experimentar realidades paralelas, dimensiones superpuestas como cuadros de Dalí, como es el caso de Undur o el Espejo, difíciles de concebir en una realidad unidireccional.
El libro de arena está lleno de relatos, que son en realidad retos, casi acertijos que generan una atención inmediata al momento de la lectura, pero pequeños flashes, reflexiones posteriores con el paso de los días. En él cada grano es único e irrepetible, polimórfico. Y el mismo –si llegases a topártelo dos veces- seguramente cambiará de forma más adelante.
Redacción Cultura
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Guayaquil