Algunas voces, aún captadas por el feminismo recalcitrante de los setenta, han dicho que la obra no desmarca a la mujer del referente misógino de convertirla en objeto sexual.
El poeta cubano Severo Sarduy, una de las mentes más lúcidas de la América Latina del siglo XX, en un pequeño ensayo –comentario, más bien- titulado “Porno”, expresaba: “(…) como espectáculo que capta quien se mira en un espejo (la pornografía) es obscena; pero como fantasma que sostiene el deseo convoca, a veces libera, lo que hay de más enérgico, de más fuerte y de más singular en cada uno, esto es, su potencia sexual y, con ella, su descubrimiento secreto (jamás expresado en otras circunstancias), su creatividad”. Esta afirmación se muestra como augurio preciso, pertinente, de lo que la obra de María Gabriela Chérrez, joven artista guayaquileña, plantea este mes en la galería DPM, junto a Lorena Peña y Graciela Guerrero, en el marco de una exposición titulada “Arte de infieles”.
Chérrez, a través de un acabado técnico notable –buen manejo cromático, cabal entendimiento del uso de las viñetas gráficas/narrativas en el cómic, sobre soportes nada convencionales- activa la vieja evocación a que se exacerbe la naturaleza que se agita dentro del sujeto –lo cual la vincula, de entrada, con Sade-, un sujeto (femenino, sobre todo) generalmente reprimido por el pulso inquisitorial de los dispositivos morales de una sociedad temerosa. De allí que lo que pudo haber sido una perogrullada artística en cualquier centro urbano con mayor conciencia de la libertad del goce, se convierta en una propuesta audaz y conveniente para Guayaquil, ciudad cuyos espacios simbólicos oficiales están viciados por la pudibundez y la censura.
Lo planteado por la artista (Primer premio del Salón de Julio 2007) en “Invocaciones”, la primera obra de la muestra, es una alusión a un punto de contacto advertido por varios pensadores, especialmente Bataille: el que existe entre el arrebato sexual y el éxtasis espiritual religioso. Se trata de una obra de audio de 1’50, que se reproduce cada cinco minutos, y que incluye una sucesión de fragmentos de películas porno en las que se escucha, con distintas entonaciones, la misma expresión: Oh my God! Rodolfo Kronfle, en el folleto de la muestra, ofrece estas sensibles palabras: (…) la obra no se plantea como un vulgar subterfugio de rebeldía sino que muestra la (i)reverencia en el fondo mismo del inconciente: un desliz celestial sobre el más terrenal de los deseos”.
La analogía entre estos dos formas de paroxismo puede remontarse, por ejemplo, al lascivo rostro de Santa Teresa Bernini. Lo novedoso -¿actual?- en el trabajo de Chérrez es, además, el énfasis que hace en ese sustrato escondido –reprimido, realmente- de la sexualidad, y que de alguna forma debe sintomatizarse. Y aquello, junto a la dicotomía sacro/profano –fijarse en “El sátiro cusco”-, se expresa en toda la muestra. Otra vez en palabras de Sarduy: “Basta con ver los dibujos que hay en los mingitorios, las fotos polaroid que toman los aficionados, para constatar que ahí hay algo que escapa totalmente al control, a las leyes de la ciudad, y que esa cosa confidencial y torpe es la vida”.
Y allí están, pues, los lavabos públicos –a los que acude “una niña bien”, pero que “era buscona y pechugona”-, los asientos traseros de los taxis, los cuartos clandestinos -en donde un marido se entrega al voyeurismo: “Bueno, pos si no puedo evitarlo, vamos a disfrutarlo”-, en historietas y viñetas registradas sobre azulejos y con esmalte de uñas: un recurso lúdico e irónico en el que Chérrez toma elementos vinculados con el estereotipo de sumisión femenina, y los pone al servicio de la codificación de una voluptuosidad libre, absoluta. Conmovedoramente obscena.
Algunas voces, aún captadas por el feminismo recalcitrante de los setenta, han dicho que la obra no desmarca a la mujer del referente misógino de convertirla en objeto sexual. Habría que recordarles en qué anda el feminismo actual, también llamado “disidente”: Camilla Paglia dando entrevistas a Playboy (podría pensarse la revista más misógina del mundo), y recomendándoles a las “timoratas féminas” que dejen la victimización. La obra de María Gabriela Chérrez se presenta como una bofetada a la mojigatería. A la rancia beatitud -hipócrita-, que ha fermentado este puerto.