Santiago Páez, el autor de las arquitecturas delirantes

Foto: John Guevara

La puerta del ascensor que conduce al cuarto piso donde trabaja el escritor Santiago Páez, en la Facultad de Comunicación y Literatura de la Universidad Católica del Ecuador, se abre con fatiga. Son las 14:00 de un intenso día de verano y el sol ha ralentizado todo. Como una estampa, Santiago aparece erguido frente al ascensor con sus manos apoyadas sobre un bastón negro y vestido con una camisa celeste y tirantes azules. En su dedo anular izquierdo resaltan dos anillos: el de su matrimonio y otro con varias réplicas de la imagen de la chakana.

Un hombre lleno de detalles o, más precisamente, de símbolos es el autor de Crónicas del Breve Reino, una tetralogía de libros que transitan entre la novela histórica, la ciencia ficción, las narraciones de aventura y el relato policial, pero cuyo conector está en un país imaginario de nombre Ecuador, creado por otro ente imaginario, el intelectual checo Jan Vrhel.

Luego de una década de la primera publicación de esta arquitectura delirante de la narrativa ecuatoriana contemporánea, la editorial Cactus Pink ha decidido reeditar esta obra que recorre 130 años —desde la Revolución Liberal hasta el 2040— de una nación inacabada.

La historia como germen de una novela total, ¿por qué decidiste arrancar desde la época de Eloy Alfaro?

Como en un principio había estudiado antropología y había vivido en comunidades indígenas por mi trabajo de campo, me di cuenta de que el pueblo indígena tiene un gran tema para escribir y es su tragedia de estos 500 años. Si piensas en los europeos, también tienen grandes momentos como la guerra del 14 y la del 39 del anterior siglo, que son como marcas en sus historias. Nosotros, los mestizos ecuatorianos, ¿qué teníamos? No encontraba ninguna gran épica para narrar, pero preguntando a filósofos, amigos e historiadores, me di cuenta de que la gran tragedia de los mestizos, sobre todo los de la clase media ecuatoriana, fue el haber tratado de levantar una nación sobre la racionalidad del XIX, una nación que debía tener los requisitos planteados por Montesquieu para una democracia. Es decir, que debíamos buscar el equilibro, la luz y la razón. Sin embargo, esas ideas se habían chocado con una especie de fervor oscuro que desordena, que entorpece todos los procesos y que hunde la luz. Esa era realmente una gran historia y noté que la Revolución Liberal había encarnado eso con su fracaso. Tuvo su éxito, pero luego se hundió en la oscuridad.

¿No encontraste en otros momentos de la historia nacional un pico de luz?

Lo que más me angustió fue la época de Gabriel García Moreno, en la que hubo varios gobiernos simultáneos y fue cuando el Ecuador estuvo a punto de fragmentarse. Ahí surge la figura de Alfaro y se empieza a establecer esa racionalidad, que es la que nos iba a salvar. Esta racionalidad empieza a establecerse a finales del XIX e inicios del XX. Busqué ese pico y por eso empieza en ese periodo las Crónicas del breve reino. Hay cuatro historias en el libro y la primera sucede en los estertores de la Revolución Liberal, luego en el auge cacaotero, la otra en la crisis financiera que habíamos vivido a fines del siglo XX y la última está en el futuro, cuando el Ecuador se ha disgregado y casi había desaparecido.

El trabajo de archivo y de investigación debió ser descomunal...

En principio me plantee escribir una historia que fuera separándose de la realidad. Por eso los géneros cambian entre cada libro, cada uno tiene una posición más alejada del anterior, de la realidad. El primero es una especie de parodia de la novela histórica. Por eso, empecé a estudiar historia y todo lo que podía del período liberal. Encontré diarios de combatientes, de viajeros y de la prensa de la época. Uno de mis bisabuelos era impresor a principios del siglo XX y tuve mucho material que él convirtió en libros y revistas. Mi otro bisabuelo era Manuel J. Calle, así que también tenía material de su parte.

Luego seguí estudiando historia para ver el auge bananero y me enteré de que en esa época utilizaban las lanchas de desembarco de la Segunda Guerra Mundial para mover el banano entre los ríos de la Costa. La crisis financiera la viví, así que con eso fue suficiente. La última parte es ciencia ficción, por lo que solo imaginé cómo sería un Ecuador poscatástrofe.

Aunque el país que relatas es de ficción, ¿por qué elegiste llamarlo Ecuador?

Era un ajuste de cuentas y un posicionamiento ante mi país desde mi perspectiva. En la novela, el Ecuador no existe, es una invención de un intelectual checo que recoge las historias de países imaginarios y él se inventa uno que es el Ecuador. Quería que quedara claro el elemento paródico.

¿Ajuste de cuentas?

Cuando empecé a escribir me sentía alejado de lo que se hacía literariamente en el Ecuador, así que mi primer libro fue uno de cuentos en el que quería ubicar los diferentes ítems de la ciencia ficción: extraterrestres, viajes en el tiempo, y esos temas. Me apartaba de esa exigencia del realismo que ha tenido la literatura ecuatoriana, de realismo y de seriedad.

¿Por qué te generaba cierta distancia el realismo ecuatoriano?

La literatura ha tenido un realismo muy exigente, de decir cómo ha sido el país, de dar una cuenta histórica, sociológica y hasta casi geográfica de lo que ha sido el Ecuador. También se veía al país con una gran seriedad, solemnidad incluso. Plantearme la ciencia ficción como una visión distinta del país era algo que no se había hecho comúnmente. Pero sabes, luego la ciencia ficción me fue insuficiente y me pasé a la novela negra, y con ese registro escribí La reina mora, y después Los archivos de Hilarión, que es una novela negra que empieza a volverse delirante mientras avanza.

Además de no sentirte identificado con la literatura ecuatoriana, ¿tenías otro impulso que te llevara a usar la ciencia ficción para enfrentar la realidad?

No puedo estar seguro de por qué fue así. Kundera dice que el novelista que es más inteligente que sus novelas está haciendo mal su trabajo y sus novelas, por ende, son malas. Si yo tuviera una respuesta para eso sería un pendejo, no lo sé. Pero bueno, recuerdo algo. Cuando fui a estudiar a España usaba mucho los trenes. Entraba a Madrid desde Alcalá de Henares, donde vivía, en el tren que volaron los terroristas. El tren se metía por el túnel y yo viajaba por ahí hasta la estación de Nuevos Ministerios, de ahí cambiaba de metro según la facultad a donde debía ir a recibir clases. Viajaba de 45 minutos a una hora por túneles, todos los días. Eso era de ciencia ficción. Viajando por esos túneles se me ocurrió la primera idea de mi primer libro de relatos, que es Profundo en la Galaxia. Se me ocurrió crear una comunidad de místicos que viviera en una red de túneles debajo de Quito.

¿Y el cambio de la ciencia ficción hacia la novela negra a qué se debió?

Eso fue más consciente. En esa época, por los años noventa, leí Tres cuentos, de Gustave Flaubert. El primero de ellos era ‘Un corazón sencillo’, que es la historia de una criada muy pobre y vieja que vive en París, y el cuento narra la historia de sus últimos días, hasta que muere. Esa es una historia totalmente mínima. La ciencia ficción es fácil de escribir, son ideas brillantes, rutilantes y divertidas, pero me di cuenta de que en realidad lo humano estaba en esas mínimas historias. Y para poder contarlas debía pasarme a la novela negra.

En 1990 regresaste a Quito luego de haber hecho estudios de doctorado en Comunicación, en Madrid, ¿cómo fue tu vinculación con el entorno literario de la época, más allá de las estéticas con las que no te identificabas?

Nunca estuve en el mundo de los literatos. Había estudiado Derecho, Antropología y luego, en la Universidad Católica, hice un doctorado en Literatura, que lo encaré como antropólogo más que como literato, por eso mi tema de tesis fue sobre la semiótica de las coplas del carnaval de Chimborazo. Cuando regresé a Ecuador busqué trabajo y Julio Pazos me dijo que viniera a trabajar en la Católica (donde ahora es profesor). En ese momento, gracias a Julio, empecé a ver el mundo de la literatura: lanzamientos, grupos, lugares... Sin embargo, no me sentía parte de ese entorno. No tenía muchos conocidos ahí y no estaba muy identificado. Poco después me fui apartando de lo que había conocido hasta entonces. Lo que pasaba es que yo había vivido en la Sierra con los indígenas, con los mestizos artesanos, por lo que tenía otra dinámica, otra forma de relación con la realidad. Ahora, rara vez, voy a un evento literario, solo cuando son amigos muy cercanos.

¿Pero hubo lecturas locales que te llamaron la atención?

En principio, la literatura ecuatoriana no me interesó, muy pocos me han fascinado. Cuando llegué de Europa descubrí que acá había pocos escritores que eran verdaderamente escritores. Estaba (Javier) Vásconez, por ejemplo. Él era un escritor que vivía aquí, pero que podría estar en cualquier parte del mundo. Pancho Proaño Arandi era otro. En esa época Pancho estaba de misión en algún destino diplomático, y lo conocí después. Estaba Abdón (Ubidia), sus cuentos son estupendos. Eran escritores y punto, no pertenecían a sectores.

Más allá de la literatura ecuatoriana, ¿hubo libros en aquel entonces que te marcaron como escritor?

Siempre había sido un lector enfermo de lectura. Leer, leer y leer. Me acuerdo de que en esa época me impactó mucho leer a (Joseph) Conrad. Para mis inicios en los noventa fue muy importante. En ciencia ficción estaba Ursula K. Leguin.

Y ahora, ¿qué te interesa?

Ahora estoy leyendo grandes novelas porque me estoy planteando la escritura de una novela muy voluminosa a futuro. Recién me la estoy planteando, estoy pensándola. Y para este proyecto he leído novelas descomunales como Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. En octubre leeré a Marcel Proust, la totalidad de En busca del tiempo perdido.

¿Tu proyecto es hacer la novela total?

La novela total, que viene del XIX, parecería una especie de novela que asienta la falacia de que el mundo tiene sentido, pero no lo tiene. El mundo es irracional, absurdo. Por otro lado, está la novela fragmentaria, como las de Alain Robbe-Grillet —La celosía o La casa de Hong-kong—. Una obra fragmentada propone una nueva novela que no sea como la del XIX o principios del siglo XX. Así que parecería que la novela total es una falacia y que la única novela que da cuenta real de un absurdo es la novela fragmentada.

Pero si esos serían los postulados, ¿por qué elegiste el formato de la novela total para este gran proyecto?

La idea es que la novela fragmentada es la que debes hacer porque el mundo es un sinsentido, mientras que la total es una farsa porque trata de abarcar algo que no existe. Pero está (Albert) Camus, quien plantea en El hombre rebelde que uno no evita el absurdo con revelarse, pero es todo lo que uno puede hacer y eso le da sentido a tu vida y a una parte del mundo.

Entonces, tal vez, tenemos que hacer novelas totales y por eso me planteo esta novela enorme, que espero me alcance la vida para terminarla. Esta obra será como una rebeldía contra el absurdo.

Modificado por última vez en Lunes, 12 Junio 2017 10:26