Convivencias en la poesía de Antonio Preciado

En su esencia la poesía no tiene color

Antonio Preciado1

Ocho años después de la publicación de Huasipungo (1934), novela emblemática y de culminación del indigenismo2 ecuatoriano, cuya preocupación esencial fuera el complejo drama del indio de los Andes, y luego de que aparecieran otros relatos escenificados en la ciudad que se ocuparon de la vida de personajes como el montuvio o el cholo de la Costa, apareció Juyungo (Adalberto Ortiz, 1942), novela que privilegiaba revisar la cultura afroecuatoriana: su música, su danza, su lenguaje, sus supersticiones y la imprescindible escenografía esmeraldeña, elementos ligados a una raza que encontró su arraigo en la vida y muerte de Ascensión Lastre, el protagonista. Doce años después de Juyungo, se publicó Cuando los guayacanes florecían (1954), novela del esmeraldeño Nelson Estupiñán Bass (1912-2002). Esta novela, como la de Ortiz, se proponía mirar la identidad de esas formas de subalternidad regional (como había sucedido, a través de la mirada mestiza, con el indigenismo en la Costa y la Sierra, en años precedentes). Fue así que la inquietud literaria por el negrismo3 se constituyó, también en el Ecuador, en esa manifestación narrativa que incorporaba a través de sus personajes, al negro de la Costa y su cultura, en la nueva escenografía que la literatura estaba configurando.

A propósito de lo anterior, bien vale detenerse a mirar el proyecto nacional mestizo que intentaba la articulación regional del país y que tenía su símbolo más notable en el ferrocarril que debía hilvanar las geografías de la Sierra y la Costa ecuatorianas, para proponer un diálogo tanto con el registro literario del indigenismo (que incorpora la figura del indio, como identidad que había sido invisibilizada y suscrita al margen, bajo la persistente lógica de la colonialidad4), cuanto con el negrismo, que restituye al afrodescendiente un lugar en la discusión y en el planteamiento de la reconfiguración de dicho proyecto. Acaso a partir de este diálogo podría pensarse en otra opción de mirada nacional —transformada—, en la medida en la que en ella se restituyen identidades borroneadas, tachadas, o perdidas.

En América Latina, escritores como Nicolás Guillén (Cuba); Luis Pales Matos (Puerto Rico), Adalberto Ortiz y Nelson Estupiñán Bass (Ecuador) y otros abren un espacio para sondear en la identidad de lo negro y plantear su valoración. Parecerían proponerse el levantamiento de los pasos de Candelario Obeso y de sus Cantos populares de mi tierra, puesto que trabajaron en su escritura el legado de la cultura afro, atravesando las parcelas de las tradiciones, la búsqueda de los orígenes y la manifestación de lo ancestral. En este acto de escritura, sin embargo, debe entreverse un trasfondo político, centrado en la recuperación de un rasgo de lo popular para configurar con él, una identidad nacional.

En Ecuador, Ortiz y Estupiñán Bass fueron quienes promovieron el auge de la literatura negra y, a través de ella, el rescate de los valores de la cultura afrodescendiente. Según Antonio Preciado, fue el tiempo de «la diáspora guilleneana y la vigencia» de las voces de los poetas negristas, que coincidió con ese otro tiempo que favoreció su construcción de hombre poeta: «Hombre primero, luego un hombre negro». Estos dos poetas no plantean una trayectoria que pueda dar cuenta de la evolución de la tradición de escritura negra en Ecuador —de seguro quedan nombres por fuera—, pero para efectos de esta reflexión, sí resulta un antecedente importante, pues permite contextualizar la lectura de una selección de poemas de Preciado, para luego proponer esa convivencia de lo negro con mundos otros, en el oficio y producción de un escritor cuya identidad siempre se ha afianzado en lo afro como origen y legado. En su poesía se abre un espacio entre su humanidad y su negritud, dos condiciones a las que se aferra el hombre/poeta, al tiempo que practica una confesión: «El mundo de mi poesía no se agota en mi negritud» (Blog de Antonio Preciado. Esta aseveración resulta interesante y cobra coherencia cuando se comprueba la universalidad de su poesía, es decir, de sus versos humanizados y humanizantes.

Estupiñán Bass, dice Preciado, fue algo así como su mentor y fue quien impulsó la publicación de Jolgorio (1961), su primer poemario, con la Casa de la Cultura Ecuatoriana. En este libro están latentes los motivos de la negritud. Por ejemplo, la crítica Esther Bermejo habla de la incorporación del dialecto popular y el ritmo alegre y rápido que mimetiza el sonido de los instrumentos de percusión de la música negra:

Me habéis embrujao, morena,

ya me tenés amarrao,

me tenés que causo pena,

ya me tenés de tu lao

‘Chimbo’, Antología personal

La voz poética despliega un ejercicio de decolonización al reproducir el habla popular con sus apócopes y su ritmo peculiar, pues ya no usa las formas dialectales prestigiosas, sino el dialecto propio, sonoro y particular que construye, junto con otros signos, la identidad afrodescendiente. Es un momento de liberación y de expresión de la autenticidad. La voz del poema, que siempre es una voz que cuenta, que confiesa, que algo dice, revela su estado de enamoramiento, o embrujamiento, y propone la hechicería como una lógica de la existencia que también interviene en las zonas del amor y en las formas de conjurarlo. Al mismo tiempo, se construye la identidad de la mujer que embruja con su tabaco (me habís dao tripa de gato / o tal vez me habís fumao) y la del deshacedor de embrujamientos, el colorado que ha logrado ciertas alianzas con la naturaleza («Buscaré curación, negra, / iré pa onde el Colorao, / él me dará alguna hierba / cuando le explique mi estao). En efecto, se incorpora un contacto con la naturaleza y con las posibilidades de la ritualidad y la sanación, puesto que las plantas portan, en su significado, sus poderes curativos o antídotos, que se constituyen en fundamento de la sabiduría ancestral de un pueblo.

En Jolgorio, Preciado sondea la condición de negritud y las formas en las que se construye la subjetividad afro en relación directa con el habla, los sonidos de percusión, los ritmos que consiguen las líneas versales y la cotidianeidad. Solo dos poemas de este libro aparecen en su Antología personal, de la que hago una selección de diez textos para rastrear cómo la escritura se puede convertir en el espacio donde se funde la identidad y se promueve la reconciliación entre dos mundos que, más allá de sus contradicciones, asisten y alimentan operaciones transculturantes, de intercambio y encuentro, y en las que la voz poética se configura, se perfila y se hace más como idea de lo negro que como un prejuicio arraigado en lo racista. Cada poema es una forma de apropiación estética de la realidad, y bajo esta premisa, busca promocionar otra realidad.

En ese sentido, la pregunta esencial por el origen conecta con la existencia del ancestro para reafirmar, finalmente, una condición. La pregunta por el yo poético encuentra respuesta en el otro, el prójimo, el parecido, que puede ser el José Antonio Chalá, del valle de El Chota, con quien la voz poética guarda tanto en común y celebra un intercambio solidario e inédito: un delfín para cultivarlo entre las plantas, un ciruelo para sembrarlo en la arena. Si la voz poética pregunta por el otro, el distinto, el poema responde reconociendo y convocando a ese otro como hermano, a pesar de la sangre vuelta muro. Preguntar por el yo significa preguntar por los hijos, germinación del padre y fuerza que se viene desde un tiempo situado atrás de él, hacia su presente de mar y de franqueza. Preguntar por los que le precedieron, de quienes solo queda un hueso en el que es posible reconocerse, como retornando otra vez al origen y a ese pueblo que fue en otra tierra, es mirar un hueso compartido y hacer de él, sin embargo, una flauta para tocar una canción a su asesino. Así, mientras más se pregunta la voz poética, más responde el poema, y responde la poesía.

Los ritmos y el lenguaje cambian en mi poesía en relación con los climas espirituales que supone la variedad de temas que toco. Mi poesía no se agota dentro de los necesarios temas relativos a mi gente, a nuestra historia, a nuestra cultura, a mi propia condición de hombre negro y a las introspecciones que esas ineludibles realidades generan en un mundo que ha sido y sigue siendo conflictivo para nosotros.

Preciado, en entrevista con Luis Carlos Mussó en La orilla memoriosa

Preciado acepta la complejidad de las realidades de su cultura y su condición afrodescendiente y desde ese marco sondea los temas de la naturaleza humana a la que pertenece, y que configuran su propia subjetividad de hombre negro. Así, su poesía encuentra formas de hablar sobre la experiencia de ser negro en Ecuador. De ahí que, aunque el poeta siga estableciendo asociaciones con lo negrista, la selección de poemas para su Antología personal pareciera más bien mostrar una toma de distancia con respecto a la representación del dialecto afroecuatoriano en la escritura, y al tratamiento rítmico y musical que lo caracteriza. Los textos antologados tienden a mostrar la forma en que el poeta emprende una apropiación del dialecto «otro», dialoga con el peso de su pasado y crea una forma de cultura que responde a otras especificidades, que no son más que el producto de sus negociaciones previas y por contacto, con otra cultura, distinta a la afro.

Los poemas de Preciado comienzan a escribirse en una lengua mestiza. Quiero entender lo mestizo no como una categoría de etnicidad, sino como sinónimo de mixtura, contacto y diálogo entre distintos que, como si se desplegara sobre sí mismo, termina nutriendo a esos distintos interlocutores. Los temas se tratan desde una matriz mestiza en la que pueden identificarse las tramas que invocan lo afro, desde sus motivos múltiples, y las tramas, que incorporan «lo otro», como un capital que le pertenece al hombre que ha emprendido negociaciones culturales y que, por tanto, ha alterado esa pureza imposible. En el poema ‘El muchacho negro y la muchacha blanca’, la voz poética ensambla el triunfo del amor mestizo entre blanca y negro, y lo propone como una forma de caminata con las sangres fluyentes que se han juntado, pese al inútil y amenazante grito de un necio al que reconoce de sangre lenta. En este poema, entonces, se bosqueja como celebración, una de las formas de tránsito cultural:

Desde su muro de arena / —un muro de arena blanca— / el necio de sangre lenta / les grita sus amenazas, / que no ensombrecen la luz, / la luz que se les derrama / la luz que arde con los dos / en una sola fogata

En la escritura de Preciado se ha difuminado, de alguna forma, ese ánimo de «confrontación con el blanco» del que habla Ricardo López Muñoz en ‘Tensiones y continuidades en la historicidad de la negritud: Aimé Césaire ante Frantz Fanon’. En su momento, esa confrontación resultó necesaria para Césaire, postulante del término «negritud», y era posible, únicamente, a cuenta de una estrategia de resistencia a la asimilación cultural, que debía partir de la «apropiación de las raíces africanas de los negros del Caribe como componente determinante en la recreación de su identidad» (López). Siguiendo esa estrategia, debía construirse una visión de comunidad propia, que rechazara el blanqueamiento a través del conocimiento y la difusión de la historia de su civilización, apostando orgullosamente por sus valores culturales (esta fue la convocatoria que hizo Césaire a la comunidad negra del mundo desde Cuaderno de retorno al país natal). A partir de lo anterior, es posible mirar la decisión —poética y política— de Preciado de hablar como un mestizo, como una oferta que se superpone a la colorida y sonora apropiación y puesta en escena del habla popular del negro de la Costa ecuatoriana, desde el texto poético.

La coherencia de las reflexiones y el quehacer escriturario del poeta no riñen entre sí, pues prevalece el sentido de una única humanidad. Rastreemos esto en ‘Dos solos de tambor de Cuamé Bamba’. En el texto se confirma un interés particular por el tiempo de ese caminante antiguo llamado Cuamé Bamba, que, como si se tratara de un personaje mitológico, parecería atravesar la dimensión temporal como viento o como río, para interpelar a ese que llama «Hombre de sangre azul» acerca del destino de los dos, en cada uno de sus viajes:

Comenzamos iguales la jornada, / el mismo ayer, / entre las misma aguas / yo sigo caminando, / (…) y tú has quedado atrás, / junto a ti mismo, / con una triste vena solitaria».

El poema propone el mismo hito temporal y la misma coordenada en el espacio para estos dos caminantes, que pese a todo, son la misma humanidad. Luego, la somnolencia de la voz poética en la sombra del hombre de sangre azul invoca el cromatismo de su raza, pero también la imposibilidad de ser mirado, porque ha sido marginado de las posibilidades de la oscuridad, y colocado en una situación de subalternidad. Sin embargo, la fraternidad de la voz que construye el poema emerge para reafirmar esa renuncia al enfrentamiento, al resentimiento, e inclusive a la venganza, que parecería tener un peso ancestral, y elige, por el contrario, proponer a ese hombre que tiene la sangre azul y las venas derrotadas, reanudar el viaje juntos, como auspiciando una metáfora de la existencia humana y del mundo:

Hermano, sin embargo, / la misma latitud, / el mismo mapa, / nada más que dormido / o, digamos, sonámbulo en tu sombra, / yo recuerdo ese mar que nos confunde, / aquel mismo silencio, / aquella misma paz recién inaugurada, / y te amo por sobre el muro de tu sangre, / sobre todas tus venas derrotadas, / y en realidad te quiero hace ya siglos, / desde que, como yo, / eras sólo un murmullo sobre la paz del agua; / y hoy que tenemos voces, / voces, / voces, / te digo compañero, / ¡vamos, / anda!

El poema, había anotado, es el espacio en el que el poeta pregunta, entre otras cosas, por su origen. En ‘Pescador’, la voz poética reconoce el llamado de un anzuelo mágico, la necesidad del viaje y la búsqueda, y la tristeza que la lejanía siempre instala en aquel que se va. El vacío de canastos es la metáfora del hambre y la pobreza, yuxtapuesta a ese cazador de los mares que es el pescador. Sin embargo, el pescador convoca a los suyos, a los abuelos, a todos los parientes, que habitan la dimensión de lo ancestral, a los fraternos, y a los camaradas, para decirles a todos que, aunque la canasta se encuentre vacía, en su corazón están los peces. Este poema no trabaja sobre lo negro, pero sí indaga en el asunto de la felicidad como elemento autónomo, que no depende de las posesiones, ni de las formas en las que el ego puede encontrar satisfacción, porque la felicidad recae más en el asunto del hacer por hacer, que en el hacer por tener, y en el goce que procede de la vocación que coincide con el destino, un destino que es aceptado con agrado por la voz poética.

Los pescadores tienen / una brizna de adiós / y un no sé qué de lágrima. (…) Venid parientes todos, / invadidme, / llegadme, camaradas, por las venas, / que tengo el corazón lleno de peces.

Antonio Preciado destina al territorio del poema otra preocupación humana que es aquella de las relaciones inicuas entre los patrones y sus subordinados. El negro Anselmo está enfermo, y no para de toser, pero el patrón cree que se trata de una cantaleta inventada por su flojera, debido a que no quiere trabajar:

Y el patrón dice que el negro enfermo / al fin y al cabo no gana nada / que su flojera le importa un cuerno, / que solo muere, / que no trabaja.

El poema alude a la división racial del trabajo descrita por Aníbal Quijano, que asocia la raza con la asignación del trabajo pese a que ninguno de los dos sea condicionante del otro, y conecta con la deshumanización con la que el negro se vuelve continente de estos dos elementos, que reafirman su ingrata condición frente al patrono-blanco.

Luego, en ‘Poema viento para mi hijo y su cometa’, el amor del padre se desborda. Su lucha por un lugar en la tierra ha sido ganada a besos. El hombre que es el padre es semilla en el hijo, y en él se encuentra y cobra validez el asunto del legado, la verdad y la franqueza que proviene de los mares. El contexto nos lleva a mirar nuevamente al pescador que convoca a los suyos por los peces de su corazón pese a la vacuidad de su canasta, y al hombre que se encuentra con el de la sangre azul, para reanudar juntos la marcha. Pareciera ser ese mismo hombre, que es todos los hombres, y que es el padre que se reafirma como argumento del hijo, como viento para él y su cometa. El poeta ratifica el interés de su escritura por lo sencillo, por lo humano, y por esos asuntos que le conciernen al hombre negro y al hombre blanco, al hombre indio, y a toda la clasificación étnica que termina siendo inútil y necia, frente a la única raza que es la humana, y que es aquella sobre la que también escribe el poeta afrodescendiente. De esta manera, Preciado asume su oficio como un escritor comprometido con su condición humana, a partir de la cual ha encontrado el rumbo para su escritura. Sabe bien que requiere el ritmo de la interpelación a su yo, para poder darle respuesta a las diferentes sensibilidades y a las diversas formas de practicar el mundo, activando las propias experiencias.

Soy un hombre que, como los demás, vivo las mismas circunstancias nacionales y mundiales, que inciden en mi sensibilidad y se patentizan en mi poesía. La negritud no totaliza mi obra. Los tambores de unos poemas no ocasionan un «jolgorio» que impida la atención reflexiva a que conducen otros aun en la general sencillez de mi lenguaje.

La orilla memoriosa

En ‘Mi hija, la menor’, el poeta conciliador de mundos que no renuncia a su origen negro vuelve a dialogar con el tiempo. Se trata de un tiempo que ahora mide los años de la hija, aprendiz de sus poemas. La medida de esos versos sirve para contar los años, y para que el poeta participe de la propiedad del tiempo de la hija:

Completamente sola / se ha venido aprendiendo de memoria / aquellos que, / supongo, / saben a caramelo; […] Completamente solo, / hoy estuve pensando, / entre otras cosas serias, / en Carla, / en sus siete años de mi vida / y en todo lo que dicen esos versos.

Otra pregunta fundamental de su obra es sobre la existencia de las divinidades. En ‘Desolación’, la voz poética plantea la descendencia y el parentesco con los dioses, ausentes desde hace mucho, que han dejado un estado de cosas en el que la voz del poema decide no invocarlos. En este texto se describe un abandono mutuo, consensuado, que pese a delinear dos culpas, deja para el mortal el remordimiento:

Hace mucho que no andan a pie por mis caminos, / no agitan sus colores / y no embriagan mi ser con sus fermentos; / ellos no me hablan, / tampoco yo los llamo / y nos vamos sintiendo cada día más lejos.

La soledad del hombre es puesta en evidencia, en tanto su orfandad de dios es motivo de reflexión previa a la reasignación de la culpa. La ausencia de la divinidad, su abandono, su fuga, es par del silencio del creyente, subsumido en la indiferencia diminuta de su naturaleza mortal. Esta sección de poemas de la Antología, que se ocupa de indagar en el asunto de dios, plantea un paralelismo entre la tradición judeocristiana y la africana, que se hace más evidente en la onomástica de los santos. En las primeras líneas versales de ‘Gestión’ se establecen pares de santos, y, al mismo tiempo, se propone al poema como un espacio especular en el que se refleja esta relación ascética, esta identidad entre lo occidental y lo africano, que también puede ser leída como un afán del poeta de hilvanar dos mundos contradictorios:

(…) / Ochos y San Norberto: / ya ven que nos sacrificamos / y fuimos mediadores / en el más peligroso / de todos los posibles desacuerdos.

Pero además, en ‘Sincretismo’, la voz poética ensaya una tríada identitaria, en la que Exú se corresponde con San Antonio, y este, a su vez, con el mortal Antonio, el poeta:

Y nada más que por lógica mayor, / yo vengo a ser, entonces, / la indiscutible parte que me toca / de una divinidad.

La relación que emprende el poeta muestra la intencionalidad creativa de su escritura, que siempre está trabajando las formas en las que pueda proponerse la integración del cosmos suyo (afrodescendiente) al cosmos otro, intentando quizá resolver esa problemática situación de asilar su mundo de la negritud en el mundo de los blancos (es decir, los no negros). Y consigue en sus textos lo que Marco Antonio Rodríguez definiera como negritud, o temática axial, que «abraza, desde ese núcleo, todo lo humano» ( ‘Contraportada’).

Entre los textos que trabajan la temática de las deidades, la voz poética reconoce su propia identidad en términos de «mi país», «nuestra bandera», y recuerda la presencia de los dioses en la monumentalidad de la naturaleza rabiosa e indolente, o en el más humilde de los dolores terrenales y cotidianos, y plantea una rememoración para pedir su regreso, y para reclamar el abandono sufrido por ese pueblo hecho de puñados de negros:

  

Ahora / ya no podrán hacerse los muy desentendidos: / de par en par les dejo por escrito / que aquí hemos estado / desde que ustedes / sin duda muy bien saben que vinimos / puñados de esos negros de hace mares, / de hace ya travesías / de hace lejos, / de hace una larga historia.

Su poesía transita libremente por esos dos mundos a los que el poeta pertenece. Su escritura no se resuelve como un juego de tensiones, sino como una versión en la que es posible el acto de empalme entre dos culturas, para la supervivencia pacífica de esas dos fuerzas habitantes en la subjetividad del poeta, quien dirá:

... en el Ecuador, cuando se habla de una supuesta marginalidad de la literatura de autores negros, consciente o inconscientemente se está apañando esa sedimentaria idea de una marginalidad mayor, de relegación, esa consideración de grupo humano secundario en que se ha venido teniendo a los negros. De esa forma también se aparta su literatura, se la mantiene como ‘otra’, como una especie de apéndice secundario de la que vendría a ser la ‘literatura mayor’, cuando, insisto, la literatura esencialmente no tiene color. ¿Se habla acaso de una ‘literatura blanca’ o de una literatura mestiza?

Siguiendo lo que dice Preciado5, el etiquetar a una cultura como «negra» reafirma las posibilidades de la marginación que, sin embargo, puede desplazarse, con sus efectos, hacia el espacio de la producción creativa. En este orden de cosas, una lectura alternativa a la poesía de Preciado debe considerar ciertas convivencias y rastrear en su escritura los ejercicios de pérdida y adquisición que complejizan las postulaciones de su mundo poético, paralelo al real, y practicadas desde el terreno literario como versiones nuevas e independientes, en las que se mezcla lo remoto y propio con lo que no lo es; versiones en las que aún es posible la supervivencia de una identidad entre el hombre y el negro, en ese lugar entre, que siempre es la escritura. Juyungo y Cuando los guayacanes florecían sustentaron desde la narrativa la inquietud poética de Preciado, quien asumió el desafío de mirar la identidad de lo afro, marcando una coordenada para un punto de giro, desde el cual se propuso configurar un mundo poético, uno que bosquejara una escenografía en la que fueran emplazados senderos comunicantes, que luego de configurar una actitud humana-y-poética (la de Preciado), auspiciaran difuminar esos bordes —que separan, aíslan y marginan—, a través de una propuesta poética afectada por la dinámica de las convivencias de dos mundos que se sospechaban irreconciliables.

Notas

1. Con esta frase concluye Preciado la respuesta a la pregunta sobre un particular ritmo afro, en la obra de poetas afrodescendientes y en la suya. Esta entrevista, concedida en 2010, está consignada en el blog del poeta y aparece en el libro La orilla memoriosa, recopilación de Luis Carlos Mussó.

2. Plata y bronce (Fernando Chávez, 1927) es la novela inaugural del indigenismo en nuestro país, que instauró ese esquema de personajes que se convertiría en la condición de esta narrativa en las producciones siguientes.

3. Negrismo es la categoría de los autores caribeños y sudamericanos que desde los veinte incorporaron en sus obras el lenguaje, los símbolos y demás signos de sus culturas situadas en lo africano, lo que supuso otra forma de ver los componentes étnicos de la nación y «una forma de búsqueda de la identidad de los pueblos» (Ferrada) que, según Jorge Schwartz en su estudio sobre vanguardias latinoamericanas, no se configuró como un movimiento estéticoorganizado ni articulado a manifiestos, como sí sucedió con los ismos de la época.

4. Se trata de una triste consecuencia de la colonialidad del poder, cuyo primer eje, como comenta Catherine Walsh, establece «un sistema de clasificación social basada en una jerárquica racial y sexual, y en la formación y distribución de identidades sociales de superior a inferior: blancos, mestizos, indios, negros». Lo anterior produce un conflictivo panorama de relaciones y de influjos del poder que opera actos de «control y dominación colonial», que así se legitiman y que refuerzan la perspectiva eurocéntrica y la elaboración teórica de la idea de raza, tal y como lo postula Aníbal Quijano.

5. «Primero, soy un hombre, luego soy un hombre negro, con determinadas características étnicas que no me abstraen de mi condición esencial de ser humano que comparte con sus semejantes dolores y anhelos inherentes a todas las etnias del mundo, y es dentro de esa generalidad que, dialécticamente, en particular y con sus peculiaridades cabe lo que concierne a la negritud. Mi poesía no se agota en el ámbito de la negritud, sino que entraña el aliento de todo lo humano, las realidades y las voces insustituibles de todos los hombres, que en ella pugnan por expresarse». (Blog de Antonio Preciado).

Bibliografía:

Bermejo, Esther.(1992). Estudio introductorio. Antonio Preciado de sol a sol. Quito: Libresa.

Mariátegui, José Carlos.(1979).7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Caracas: Ayacucho.

Preciado, Antonio. (2006). Antología Personal. Quito: CCE Benjamín Carrión. Quijano, Aníbal.(2000) Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander (comp.) Clacso, Buenos Aires.

Rodríguez, Marco Antonio.(2006). Contraportada, en Preciado, Antonio, Antología Personal. Quito: CCE.

Schwartz, Jorge.(2002). Las vanguardias latinoamericanas. Textos programáticos y críticos. Fondo de Cultura Económica. México.

Blog Antonio Preciado. http://antonio-preciado.blogspot.com/. Consultado: 02-08-2016.

Ferrada A., Ricardo. ‘Aíme Césaire: Acción poética y negritud’. https://goo.gl/6eooT3 (05-08-2016).

López Muñoz, Ricardo. ‘Tensiones y continuidades en la historicidad de la negritud: Aimé Césaire ante Frantz Fanon’. https://tinyurl.com/y8wo6n9p. (05-08-2016).

Walsh, Catherine. ‘Interculturalidad, plurinacionalidad y decolonialidad: las insurgencias político- epistémicas de refundar el Estado’. http://bit.ly/2rM7tZ0. (05-08-2016).

Modificado por última vez en Domingo, 11 Junio 2017 20:31
Mariagusta Correa

Escritora