Un irremediable quijotismo revolucionario

Una novela como El perpetuo exiliado, escrita por Raúl Vallejo, exuda por cualquiera de sus partes una tarea titánica. No solo por la cantidad de sus páginas (439), sino porque el autor ha decidido confeccionarla con piezas de distintos registros que encajen a la perfección, para entregarnos así un documento literario que ofrezca las pieles de quienes fueron el presidente del Ecuador por cinco ocasiones, José María Velasco Ibarra, y su esposa, la poeta argentina Corina Parral.

No es una historia de amor, aunque por momentos se pretenda resaltar aquello. Tampoco es únicamente la historia del presidente José María Velasco Ibarra. Hay algunas intenciones que se entrecruzan en todo este libro dejando como resultado una novela híbrida. Tenemos, por ejemplo, la voz del narrador que reconstruye momentos de los golpes de Estado perpetrados contra Velasco Ibarra y sus respectivos retornos a la patria; los fragmentos de un diario de su esposa, Corina Parral, hallado por el autor en un puesto de libros de San Telmo; y las cartas entre el presidente y su esposa. Materiales a los que posteriormente se sumarán los escritos del abuelo del autor (entregados en el lecho de muerte); las memorias de un exagente homosexual de la CIA; y los episodios titulados ‘Interludios’.

La novela comienza estupendamente, con la pausa que antecede al accidente mortal de la esposa del presidente. Y el espacio que ocupa la figura de Corina Parral, en las primeras cincuenta o sesenta páginas, hace pensar al lector que el libro nos mostrará la faceta de la mujer detrás del presidente Velasco Ibarra (como ocurre en la película Jackie de Pablo Larraín). Pero esto no sucede. La novela comienza a cobrar el rigor de un documento histórico y político de tal magnitud, que por momentos pareciera que estamos frente a un texto enciclopédico y no una novela experimental. Es así como todos los soportes ofrecidos por la ficción (diario, cartas, interludios, etc.) son puestos al servicio del verdadero protagonista de la novela que es, a mi parecer, el mapa político de un Ecuador secuestrado por las conspiraciones y los arribismos, durante los cuarenta años en los que Velasco Ibarra participó activamente. La información, incluso con datos estadísticos sobre votantes por regiones, dentro de las cartas personales entre Velasco Ibarra y Corina Parral, se convierte en un recurso del autor para seguir dándole cuerpo a su intención real: plasmar un retrato sobre nuestro pasado político, el que por momentos genera comparaciones con el panorama actual.

Novela de autoficción. Novela histórica. Novela epistolar (El abrecartas de Vicente Molina Foix sigue siendo fundamental en este género). Novela de ficción, o mejor dicho: de ciertos episodios de historia ficcionada; donde José María Velasco Ibarra deambulará convertido en títere de las oligarquías y leyenda de su “chusma querida” —como él mismo dice en algunas líneas. La habilidad de Raúl Vallejo al entrelazar estos géneros lo ubica como uno de los mejores narradores de este país. Porque dejando de lado lo tendenciosa que —a niveles ideológicos— puede tornarse por momentos la novela, la osadía con la que ha sido elaborada es inmejorable. Sin embargo, una novela no es únicamente su forma —su argumento estético— sino también su fondo. Me parece que una novela es, sobre todo, un punto de vista.

Por El perpetuo exiliado desfilan múltiples personajes de la historia de nuestro país y de Latinoamérica. Por citar algunos: Alejandro Carrión, Pedro Jorge Vera, Carlos Guevara Moreno, Carlos Arroyo del Río, Jorge Enrique Adoum, Jorge Luis Borges, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, entre otros. Me animo a corregir dos imprecisiones (pg. 284): Ernesto Che Guevara no vivió en la casa de Fortunato Safadi y Ana Moreno cuando pasó por Guayaquil. Y tampoco conoció a Carlos Guevara Moreno en esta ciudad. Ambos se conocieron en Panamá, durante el exilio al que precisamente Velasco Ibarra envió a Carlos Guevara Moreno, hacia finales de 1953. Información que está en el segundo diario del Che Guevara titulado Otra vez. De hecho, Ernesto Che Guevara y su amigo de infancia Carlos ‘Calica’ Ferrer fueron a buscar a Velasco Ibarra cuando este pasó por Guayaquil, para solicitarle un salvoconducto para salir del país y continuar su viaje a Venezuela (Corina Parral y Celia de la Serna, madre del Che, tenían una amiga en común), pero el edecán no los dejó pasar porque Ernesto Che Guevara olvidó por completo las señas de la amiga de su madre.

Debo decir que disfruté mucho del ‘Interludio Primero’. Palpitante relato sobre el abuelo del autor, gobernador de la provincia de Manabí durante uno de los gobiernos de Velasco. Historia de pinceladas bíblicas y costumbristas. Una pequeña pieza de western montuvio (al mejor estilo de los westerns mexicanos de Hilario Peña), que esconde la historia de amor entre un cabo y una prostituta asesinada.

Por otro lado, el autor ha sido muy cauteloso al momento de retratar al personaje de Velasco Ibarra. Sobre todo en el aspecto romántico. Si precisamos la información, y la que nos entrega el libro, Velasco Ibarra se enamora de Corina Parral cuando aún estaba casado con Esther Silva. Luego tiene un romance con una guayaquileña (María T.), mientras deambula entre Corina Parral y la anulación de su primer matrimonio. Incluso en la novela se relata un momento en el que, durante su visita al gobernador de Manabí, Velasco Ibarra galantea a la madre del autor (con 29 años), delante de Corina Parral. Por lo que me parece que su retrato podría acercarse más al de un donjuán que al de un esposo devoto.

La mirada de un Velasco Ibarra exento de culpas sobre todo lo malo que sucedía en el país, a sus espaldas, se siente en cada página. Es cierto que estamos ante el fantasma del liberal del siglo XIX paseando como un caballero andante en una tierra de políticos inconsecuentes, banqueros usureros, burócratas corruptos, periodistas asalariados por la derecha y comunistas radicales del siglo XX; sin embargo no es verosímil adjudicarle ingenuidad a un hombre que fue capaz de hacerse con el amor del pueblo y el poder político múltiples veces, a través del magnetismo de su palabra. Lo que no contradice su probidad. Además, la idea del mesías populista a lo largo de toda la novela es, valga la redundancia, más populismo.

El final es otro de los mejores momentos de El perpetuo exiliado. Es, de hecho, un momento necesario: el cuerpo débil del presidente atormentado por las voces de los golpeados y asesinados durante su régimen (ese costo humano que existe en la contracara de cualquier gobierno). Escuchando incluso el martilleo del posible juicio de la Historia retumbando en su lecho de muerte.

Desbordada y audaz en su factura, esta novela, conecta décadas, episodios claves de la historia nacional, así como personajes y conjeturas acerca de nuestro pasado, logrando una observación inquietante sobre lo que implica estar en el poder en un país que por momentos parece volverse ingobernable.

Modificado por última vez en Lunes, 05 Junio 2017 12:58
Ernesto Carrión

Escritor

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